A la intemperie

Libros dedicados (el caso Narbona)

Allí estaba, abandonado en un anaquel, aún vivo, respirando como un perro sin dueño

Fernando Valbuena

Arrumbada en una librería de viejo. Despreciado. Fuera del tiempo, fuera de su propio tiempo.

Que Francisco Narbona leyó el libro parece probado por las dos correcciones, de puño y letra, obrantes en las páginas 55 y 56. En ambas dos, corrige al autor y donde dice banderillas al cambio tacha cambio y anota quiebro. Pulcra apostilla. Más bien pudiera ser a pluma que a bolígrafo. Tinta negra en todo caso.

Les presento a don Aquilino Duque, el autor. Aquilino, poeta y portento. Sevillanía andante de las letras. Torería esculpida en verbo. Titúlalo, el susodicho libro, ‘El Toreo y las Luces’. Hacíamos por toparnos (el libro de Aquilino y yo). Lo tenía oído y bien oído. Tenía su eco que era un eco de cante grande. Alguna que otra pesquisa, alguna andanza cibernética de por medio,… diez euros más los portes,… y llegó a mi casa. Un cartero, un paquete… y se hizo la luz.

La edición es de la mismísima Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Valencia (sic), cuatro de abril de 1997. El 29 de septiembre de ese mismo año, el autor, ya le conocen, Aquilino Duque, le dedica el ejemplar a Francisco Narbona. Y aquí, al ver la sorprendente dedicatoria, se me reviró el pensamiento. ¡Narbona! Sin duda ha de ser él. Narbona, el periodista. El taurino. Me refiero a Narbona, sevillano nacido en 1916 y muerto en Boadilla del Monte en 2005. Autor de numerosos libros de temática taurina, entre ellos sus celebradas biografías de Rafael el Gallo, Manolete, Ignacio Sánchez Mejías o el propio Juan Belmonte. Dirigió periódicos de nombres tan sonoros como Azul o FE. Y según me dicen, tuvo una hija, ministra para más señas, Cristina Narbona. Lo digo por si les cuadra.

Que, antes que yo, Francisco Narbona lo leyó con fruición parece probado porque, con gentileza de buen colega, anotó en la página 58, que donde dice toreo debiera decir torero. Gentileza la creo; por si en un futuro pudiera corregirse la minúscula errata.

Que Francisco Narbona lo leyó parece probado, también, por la leve fatiga del ejemplar y por la cicatriz de una doblez en la página dedicada al maestro Domingo Ortega. Ortega, el paleto de Borox. La trece, como si de una señal de mal fario se tratara. La trece. Esa en la que se habla de cargar la suerte.

El libro me ha crecido dentro. Es un opúsculo soberbio, sin duda. Canela en rama. Una pieza notable entre las mías, para mí al menos. Un cruce de caminos entre Aquilino Duque y Francisco Narbona. Felizmente vivo Aquilino. Más allá, Narbona. Y entre mis manos, para mi sorpresa, para la reflexión, el libro, la dedicatoria, las miradas cruzadas, las palabras intercambiadas aquel 29 de septiembre de 1997. Y, en suma, la extrema fugacidad de cuanto acontece, aconteció o pudiera acontecer.

A mi hija le tengo dicho que cuando yo muera haga lo que le plazca con mis libros. Que no le tiemble el pulso, ni cargue con remordimiento alguno. Solo una misericordia le ruego, un último deseo. Todos menos los dedicados. Por respeto a esos cruces de camino. A quien los dedicó, a quien en cualquiera de los recodos del dónde y del cuándo tuvo la amabilidad de unir –de su propio puño y letra-- su nombre al mío. Esos, si no los quiere, que los destruya, que los entregue al fuego que todo lo purifica, pero que no los condene a vagar errantes una eternidad fantasmagórica en manos ajenas, distantes, que quizá ni los respeten ni tengan motivo alguno para hacerlo. Que los queme.

Allí estaba, vejado en su ausencia, abandonado en un anaquel, aún vivo, respirando como un perro sin dueño. Los herederos de Narbona no lo tuvieron por nada de valor. Nada digno de conservarse. Nada. No sé. A estas alturas tampoco sé si tendrá demasiada importancia discurrir sobre si Antonio Carmona el Gordito cambiaba o quebrada a los toros. Pero sé que un libro dedicado a un padre merece mejor muerte.

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