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Cruzando Fronteras

Aquellos mundos sutiles

 

Se ha ido el curso. Sin darme cuenta, hasta que hoy he subido la calle detrás de un niño que en otras fechas debería haber estado en el colegio. Se entretenía parloteando con un perro que pasaba. Su abuelo le mostraba la catedral, sin advertir, que sus lenguajes no se cruzaban, que discurrían en paralelo, ajenos el uno al otro, solo unidos por la palma de sus manos.

Recordé en un horizonte menguante, las servilletas arrugadas, junto con cáscaras de cacahuetes, y, sobrecitos de azúcar, en el suelo de la Marina y de Mervic, donde mi abuelo Fidel iba a tomar el aperitivo. Caminaba a su lado, enjuto, con abrigo cruzado de paño y un discreto sombrero tirolés. Siguiendo el humo perfumado de su pipa si me despistaba. Sola, me intentaba aupar sobre la barra de metal que circundaba los bajos de la barra, pero solo podía ver gabardinas dobladas sobre los brazos que, al moverse, despeinaban mis coletas, y un techo inexpugnable de hojas desplegadas de periódico. Imaginaba aventuras como una Alicia de provincias, en aquellos ratos que percibo divididos en estratos: Uno silencioso, como un dedo índice sobre los labios, y otro, más arriba, con un bullicio ininteligible de vasos de vermut o cerveza.

Intermitentemente se hacía la luz, como cuando en Nueva York atisbas el azul entre los rascacielos. Mi historieta se detenía, el sonido se abría paso cuando alguien le saludaba y señalaba a la que por entonces era su única nieta. Agachaban la cabeza, y, como, si se hubiera pulsado un interruptor, yo alzaba la vista y sonreía con un buenos días perfecto que hacia las delicias de todos por un instante. El coloquio volvía a reanudarse y el ruido se tejía espeso como el humo de los cigarros sobre mí. Aprendí mucho de zapatos entonces, de los de mi abuelo, siempre impolutos, de aquellos que con su puntera parecían bailar apuntalando la muerte de su colilla, de los que sacaba brillo el limpiabotas, escupiendo y frotándolos, mientras hablaba de toros. Y pese a lo que pueda parecer, no hay en mi memoria sentimiento de abandono, ni de soledad. Me gustaba compartir, aunque fuera de lejos, su mundo, grande, como intuyo le ocurre al niño que ahora, al entrar en el café Lisboa, se vuelve sin que nadie más se dé cuenta para decirme adiós, sonriendo, cómplice, cuando le guiño un ojo.

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