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Cruzando fronteras

En busca del tiempo perdido

 

El calor es húmedo. La anfitriona recibe con leche fresca y un cuenco con dátiles. Abre su casa y sus brazos. Bienvenidos. Se sienta y acomoda a los invitados a cada lado mientras pregunta sobre su salud y la familia. Despaciosamente hunde su mirada en tus ojos y guarda silencios diminutos, pero densos, entre las manos. La calma blanca de la tarde suena a chicharra y pide recogimiento y sombra. Adivinándolo, tamiza la luz, anima a descalzarse, y a recostar el cuerpo un poco más en el diván. Mientras, escancia el té: Amargo como la vida, dulce como el amor y suave como la muerte. Platitos dorados con dulces de almendras, miel y pistachos horneados de madrugada para honrar al que llega. La sala ya está umbría. La piel se estremece con las historias que, como las cuentas del rosario, ella desliza, una a una, bajando la voz, animando al sueño, sin que casi se advierta que ha desplegado la alfombra y se arrodilla para rezar. El rictus parece, después, suave, descansado, las pestañas muy lentamente se alzan desvelando una mirada satisfecha, serena, con la opulenta belleza que solo la paz otorga. Los hijos la miran con un respeto antiguo, olvidado en nuestro mundo, queriendo enjugar con su amor el dolor de huesos que crujen por toda una vida de trabajo. La admiración se derrocha; ensimismados escuchan, extrayendo como el azúcar de la caña, enseñanzas que nunca encontraran en ningún libro. Y que saben allanarán su camino. Los padres, los abuelos, las tías, han tejido una tupida red durante décadas para sostenerles. Han tamizado la tierra por la que deberán caminar, extrayendo los guijarros más agudos que pudieran lastimarles. Marcaron con señales la existencia de barrancos por donde pudieran caer. Pasean con ellos, a cambio, sirviendo de bastón, asistiéndoles solícitos, pidiendo opinión sobre cuitas y proyectos. Por el zoco las madres, las abuelas y las jóvenes caminan del brazo. Y ríen, y se cuentan, y se escuchan. La nieta se adelanta para tocar las berenjenas que antes de comprar somete al juicio de las mayores. Saludan al vecino que avanza lento, viejo, con dos muletas, al que todos van preguntando por sus dolencias. El día cae. La noche nos sorprende envidiando aquella luz que perdimos en el camino.

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