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JUAN MANUEL Cardoso 07/02/2012

TItnventemos una palabra para consumo interno. A modo de contracción gramatical o licencia poética. Del sustantivo carnaval y el sufijo lepsis --que significa convulsión o ataque-- extraemos carnalepsis , ocurrencia lingüística para designar todo aquello que puede derivar en un auténtico ataque a la fiesta y, por tanto, en una convulsión. En contra de lo que algunos creen en Badajoz, el carnaval no lo ha inventado nadie de aquí, no es una fiesta originaria de nuestra ciudad y, por supuesto, no es en Badajoz donde se produce la mayor expresión y explosión de la misma. Es duro reconocerlo pero es así. No es fácil aceptar que, ni siquiera en carnaval, somos el centro del universo. Uno puede creer que vuela. Creerlo firmemente, con todas sus fuerzas. Incluso puede tener a su alrededor un grupo importante y numeroso de palmeros que también lo crean pero si prueba a tirarse de un quinto piso, lo normal es que se estampe contra el suelo. La realidad es así de recalcitrante.

El carnaval de Badajoz no es de nadie y arrogarse protagonismo, autoridad o liderazgo sobre la fiesta no conduce más que a la melancolía o al ridículo. Las candelas, el entierro de la sardina, el desfile o el concurso de murgas, son de la ciudad, que lo paga, lo vive y lo sufre y no de barrios en particular, presidentes de asociaciones de vecinos o representantes sociales que como mucho son un pequeño asteroide en el rincón de una inmensa galaxia. Si un barrio o alguien no quiere, no puede o no sabe hacer lo que tiene que hacer, no valen excusas ni chantajes, que lo haga otro y en paz. La ciudad no merece a quienes no muestran un mínimo de solidaridad con la fiesta y su historia que no es, por cierto, tampoco de los hosteleros, los políticos, los comentaristas o los carnavaleros. Se puede exigir seguridad, control, el cumplimiento de las normas pero nunca desde la intransigencia y, menos aún, desde la ignorancia. La culpabilidad del botellón de San Atón, que a nadie gusta, empieza en los hogares y termina en los altos precios pasando por una cultura del beber que debieron ser los padres los primeros en atajar. Y las colas para las entradas de las murgas es ya más una ficción y una tradición de noctívagos que difiere de una taquilla donde hay entradas veinticuatro horas después de abrirse.

El carnaval de Badajoz puede que necesite una catarsis pero empiezan a aburrir los discursos quejicosos de siempre.

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