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La atalaya

Casablanca (II)

Fernando Valdés Fernando Valdés
04/06/2018

 

Hablando de Casablanca. La emigración interior ha dado lugar a enormes masas de desposeídos, viviendo en “bidonville”, agrupaciones de chabolas míseras a las que se rodea con un muro para ocultarlas a la vista de los visitantes. Con todo y con eso, en los barrios de esa ciudad anida todo lo mejor y lo peor de Marruecos. Todo lo que es y representa la cultura marroquí, una parte de la cual fue la árabe de Al-Andalus y, en una cierta proporción, de la española contemporánea, aunque la francesa sea abrumadora. La burguesía del Fez precolonial se trasladó allí, abandonando sus viejas moradas en la ciudad más simbólica del país. Hoy permanecen cerradas o abandonadas. O habitadas por gentes llegadas del campo, sin cultura urbana y, lo que es peor, sin medios para restaurarlas y sin discernimiento para apreciar sus valores. Sus antiguos moradores forman entre la clase pija –y odiosa- de Casablanca. Prepotentes, esnobs, ostentando siempre un lujo ofensivo para el común de los badawíes, que sobreviven gracias a trabajos mal pagados.

Pero la gracia de esta población no está en las lujosas y horteras residencia del barrio de Anfa –la Vaguadas a lo grande-, sino en el populoso Darb Assultán o en Maarif o en la preciosa ciudad colonial francesa, Argel en pequeño. O en la Medina Nueva. Si alguien quiere estudiar arquitectura colonial de los años 30 y 40 del siglo XX que vaya a Casablanca. En muchos aspectos esa arquitectura recuerda a alguna de la edificada en Badajoz durante los primeros del siglo pasado. La burguesía emergente quería parecer moderna y encargaba, a arquitectos europeos, unos inmuebles ostentosos, con su gota de “Bauhaus” y su chorro de atavismo mudejarista. Algo parecido a lo ocurrido aquí, con más sabor moro y menos chirimbolo modernista. Y con una idéntica dejadez en su conservación.

En eso Casablanca y Badajoz son hermanas. Descuidadas, muy descuidadas, con unas autoridades perplejas, preocupadas e impotentes. Acaso poco diligentes. Al gobernador badawí le costó el puesto una vez que el Rey se presentó de improviso y a pie. Por eso, precisamente. Una nota diferencial: la población marroquí tiene un espléndido mercado de abastos de estilo andalusí. Aquí lo quisiéramos.

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