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Cruzando fronteras

Un cuarto propio

 

A Virginia Wolf le encargaron una conferencia para la National Society for Women’s Service, en enero de 1931. Habló de la exclusión de las mujeres de lugares, actividades, profesiones, porque se esperaba de ellas una vida de renuncia a favor de la familia.

Mujeres a las que se les vedaba la entrada a ciertos espacios y se les limitaban los movimientos. Para Wolf, la independencia económica y un espacio personal, «quinientas libras y un cuarto propio», donde poder ser ella sin la mirada censuradora de nadie, sin atender a otros menesteres más que a sí misma, eran necesarios para crear y para ser. Reivindicaba, desde este reducto metafórico y real, la autonomía para participar y para decidir. Otras, antes y después, pagaron peajes, se sacrificaron o buscaron mediante el ardid del disfraz y el seudónimo, entrar en esos mundos cerrados. No les consolaba «la certeza de la libertad interior» ni podían esperar a que el cambio llegara espontáneamente. Como los cuerpos de los primeros soldados que desembarcaron en Calais, que sirvieron de parapeto para permitir el avance de los que les seguían, ellas nos abrieron paso.

Volver ahora a esconderse, a confinarse tras un velo impuesto para, por ejemplo, jugar al ajedrez, es renunciar al «cuarto propio». Una sola voz alzada, denunciando a Arabia Saudí y el sometimiento de las mujeres ante leyes discriminatorias, consiguió de nuevo el cambio. Allanó el camino para las que viven en aquel país. Sabían de los abusos sexuales en la industria del cine, mirando a otro lado, asumiéndose, por algunos, como parte del coste que debían pagar las mujeres por triunfar. La noche antes de denunciar a un poderoso productor, aquella actriz estaba sola. Por eso es sencillo ahora lanzar discursos cuando ya está desbrozado el terreno, expedito, para que luzcan en la pasarela sus vestidos negros. Fue para las famosas y las anónimas, esas que tienen que ser forzosamente valientes en las ruedas de prensa, en los dormitorios, en las fabricas, en los juzgados, en sus pequeños pueblos, para las que construyó Virginia Wolf un cuarto propio; un lugar donde guarecerse, crecer, crear, armarse para salir al mundo, y ya en él, plenamente, sin limites, vivir.

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