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la atalaya

Embajada (I)

FERNANDO VALDÉS Arqueólogo
16/04/2018

 

Desde 1453, cuando el Mehmet II conquistó Constantinopla, la capital del Imperio Romano de Oriente, la dinastía otomana prosiguió una sistemática expansión hacia Occidente, se hizo dueña de la navegación en el Mediterráneo Oriental y amenazó muy seriamente el Occidental. Y, en el Norte de África, era suyo todo el territorio hasta la actual frontera occidental de Argelia. Y las costas italianas de todos los principados y repúblicas y de los Estados Pontificios fueron objeto de sus continuas agresiones, saqueos y devastaciones. La ofensiva general era solo cuestión de tiempo y cada año, cuando la flota del sultán se hacía a la mar el 23 de abril, las monarquías enemigas –también musulmanas- se afanaban –y angustiaban– intentando saber dónde iba a operar ese año la poderosa escuadra. Y qué decir de los territorios integrados en la Corona Española, incluidos los italianos. Los reinos hispanos padecían en grado superlativo la amenaza de los piratas berberiscos, cuyas bases se hallaban a muy pocas millas náuticas de las costas ibéricas, napolitanas o sicilianas. Ni la política de presidios –enclaves fortificados en la costa africana-, ni la cesión de la isla de Malta a los caballeros de San Juan –piratas cristianos, al fin y al cabo- eran suficiente garantía para contener a lo que se veía desde este lado del Mediterráneo como un peligro inminente.

Esta situación hizo que el rey Felipe II intentara una jugada que, a pesar de haber salido mal, no deja de ser sorprendente y habla de los dilatados horizontes que por aquel entonces contemplaba la monarquía española. Intentó llegar a un acuerdo, quizás sea excesivo hablar de alianza, con el emperador safaví de Persia –el Gran Sofio de los documentos españoles- para combatir conjuntamente al Imperio Otomano, por el Este y por el Oeste. No era mala la jugada, de haber sido un éxito. Piénsese que en la rebelión de los moriscos de las Alpujarras parece que jugaron algún papel ciertos espías al servicio de la Sublime Puerta. Pues, volviendo al meollo del relato, en ese intento de altísima política jugó un papel destacadísimo un extremeño nacido en Medina de las Torres el 29 de diciembre de 1550: don García de Silva y Figueroa.

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