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A la intemperie

¿Era Miguel Hernández fascista?

Tengas lo que tengas entre las piernas, un poco más arriba todos tenemos corazón

Fernando Valbuena Fernando Valbuena
06/03/2017

 

Pudiera ser. «Como el toro he nacido para el luto / y el dolor, como el toro estoy marcado / por un hierro infernal en el costado / y por varón en la ingle con un fruto.» ¿Se precipita el poeta? Varón o baronesa. Puede que en aquella España atrabiliaria, seca y violenta, derechas e izquierdas coincidieran tan solo en dos cosas, una, la pasión por los toros y otra, la abominación de la homosexualidad. Tiempos oscuros. Vamos y venimos. En la Rusia del último zar se toleraban los locales en que hombres amaban a otros hombres. Luego vino el Terror Rojo (con perdón) y a la tortilla (sin segundas) le dieron media vuelta. Eran los años en que Máximo Gorki dijo aquello de «Exterminad a todos los homosexuales y el fascismo desaparecerá». A la postre, para el padre del realismo socialista la homosexualidad era un vicio burgués, una perversión fascista. «En los países fascistas, la homosexualidad, azote de la juventud, florece sin el menor castigo; en el país donde el proletariado ha alcanzado el poder social, la homosexualidad ha sido declarada un delito social y es severamente castigada». Era una manera de verlo,… ¿Militaba Miguel en la ortodoxia socialista? A juzgar por la reciedumbre de sus versos pudiera parecerlo.

Vamos y venimos. Como las olas. Ahora, descabalgados de lo rancio, como San Pablo, hemos visto la luz. Ahora ya sabemos que, varón o baronesa, tanto monta, monta tanto a la hora de dar (fruto la ingle). ¿Era Miguel Hernández fascista? ¿Protofascista al menos? Sea como fuere, y dejando en la paz de los justos al de Orihuela, lo relevante ahora sería preguntarnos si sus textos deben expurgarse de las librerías públicas (y privadas). Imaginen, severos censores, que más de un inocente pudiera verse turbado por afirmaciones tan contrarias al sano raciocinio. Y puestos a expurgar, ¿la obra entera o bastaría con hojas sueltas?

Carlos Arniches, otro que tal bailaba, escribió un sainete cómico para zarzuela titulado «El pobre Valbuena». Era este tal Valbuena un hombre entrado en años que solía fingir desmayos si tenía hembra placentera – sicum dixit Hita-- a la que agarrarse. Evidentemente era un caradura, pero, ¿de qué sexo? Ahí está la pregunta. Bien pudiera el pobre Valbuena argumentar ser hembra. Y de ser hembra ¿habría engaño, engaño punible al menos, en tales desmayos? ¿Tenía pene Valbuena? Cipote, que diría Cela. Estos temas no se los planteaba Arniches, pero no son en modo alguno cuestiones baladíes. ¿Sacamos también de las bibliotecas al bueno de Arniches? ¿Y a Cela? Cela seguro, pero no tanto por decir cipote como por decir maricón, que ya es decir.

Ahora que sabemos que los penes y las vulvas van y vienen ad libitum convendría repasar conceptos. En Estados Unidos, Obama ya tuvo a bien permitir el uso de los urinarios a conveniencia. Medida loable, especialmente cuando hay riesgo de incontinencia,… pero cicatera. Quizá lo verdaderamente progresista hubiera sido suprimir los muy infamantes aseos separados por sexos. Así el pobre Valbuena podría desmayarse a conveniencia. Lo que quizá no sepa Valbuena es si las hembras placenteras que abraza con desesperada carnalidad, tienen lo que hay que tener o lo contrario. ¡Pobre Valbuena!

No se enfaden. Creo, tan íntima como sinceramente, que no era el propósito de Miguel Hernández ofender. Tampoco el mío. Como puede que tampoco las reinonas del carnaval canario quisieran ofender a nadie. Puede. Quizá no vieran más allá del rimmel. Puede. Todo va y viene. Tiempos piadosos, tiempos oscuros. Solo sé que, tengas lo que tengas entre las piernas, un poco más arriba todos tenemos corazón. Y en la cara dos ojos para ver de no ser mucha la niebla. Convendría no olvidarlo. Eso sí, prometo borrar de mi lenguaje sexista aquel axioma del mus que dice (decía), vistos los cojones, macho.

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