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La atalaya

Gourmet

Fernando Valdés Fernando Valdés
17/04/2017

 

La promesa del presidente de la Diputación de Badajoz, que no es un regalo gracioso, sino un derecho de los ciudadanos, de colgar en la web institucional el proyecto de rehabilitación --¿o debiera decir de castración?– del Hospital Provincial ha requerido algunos días. Hay decisiones laboriosas de llevar a la práctica. Pero resuelto el impedimento, finalizado el lapso, todos nos felicitamos por la claridad expositiva.

Siempre he comentado mi relativa dificultad para opinar sobre el uso definitivo del edificio, pero hay algunas cuestiones previas que me resultan, cuando menos, sorprendentes. Se quiere reunir allí la Biblioteca de Extremadura, la Escuela de Idiomas, un mercado «gourmet» --¿y eso qué es?– y no sé cuántas cosas más. ¿Es posible la convivencia de cosas tan dispares en un mismo espacio arquitectónico? A mí me parece difícil compatibilizar la lectura reposada exigida por la biblioteca –y no hablo de la seguridad precisa-- con la algarabía de un mercado, por muy «pijo» que sea.

En mi cortedad, es eso lo que se entiende por “gourmet”, aceptando la rara falta en Badajoz de uno de abastos donde vaya el común. Y me inquieta que un comercio de tan refinadas perspectivas acabe como muchas cosas en Badajoz. Porque en mi experiencia aquí, que es ya muy larga, he visto no pocos locales cuyo comienzo y propósito eran mejorar la oferta gastronómica, habida cuenta de la sensacional oferta en materias primas de la región, y han ido languideciendo, so capa de adaptación, al corto horizonte gustativo que aparenta tener la ciudad. Aquí el monocultivo porcino lo sumerge todo. Y, a veces, con una dudosa apariencia de «productos regionales».

Parecería bufo que un exquisito espacio arquitectónico abrigase una oferta donde acabemos por tomar Boletus Edulis –de arraigada tradición local--, carne con tomate, prueba de cerdo o ese infumable, quiero decir incomestible, «bacalhau dourado» que se oferta en el 99 % de los figones. O que algún ilustrado abra un local donde se confunda el término sabor con el nombre Sabur del primer rey taifa árabe. Porque los caminos del mal gusto –literal-- son inescrutables. Veremos a ver si lectores o alumnos no salen del inmueble oliendo a calamares fritos.