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La atalaya

Impresiones

Fernando Valdés Fernando Valdés
08/01/2018

 

Imagino, al pie de la Kutubiya de Marraqués, cómo eran las muchas torres que levantaron los almohades por todo su imperio, también en al-Andalus. Cómo era su aspecto, cómo destacaban del caserío de las poblaciones y contribuían a darle a las ciudades un aspecto particular. La Giralda fue una de ellas, aunque la cúspide se modificó después. En su estado original la torre sevillana se me antoja más elegante y mejor resuelta en sentido arquitectónico que la marroquí. No menos bella ni armoniosa. Me impresiona el efecto que todavía, a pesar de los nuevos rascacielos, produce ésta en el perfil de la ciudad. También en Sevilla ocurría lo mismo, sobre todo llegando por la carretera de Mérida, hasta que se edificó esa torre infame y cateta que vemos hoy. También nosotros hemos imitado a la capital andaluza con otro engendro semejante, que rompe, con la de Simago, la línea del cielo de Badajoz. ¿Qué necesidad había? ¡Cuánta prepontencia! Su escasez de uso es un justo castigo a la arrogancia.

En al-Andalus los alminares no tuvieron ningún carácter simbólico antes del siglo X, como pretendía un autor norteamericano. De hecho, la altura de los conservados es bastante modesta. Servían para llamar a la oración y quizás como observatorio astronómico o militar. La primera aljama de Qurtuba no tenía alminar. Se llamaba al rezo desde la torre del Alcázar, que estaba al otro lado de la calle. Antes sirvió para tal fin, con bastante certeza, una de los campanarios de la Basílica de San Vicente, que compartieron las comunidades musulmana y cristiana desde el 711 a fines del gobierno de Abd al-Rahman I, el Halcón de Quraish (785). El valor simbólico de estas torres sólo lo inició el califa Abd al-Rahman III, quien, en el marco de su feroz enfrentamiento con sus enemigos fatimíes del otro lado del Estrecho, pretendía demostrar por vía monumental que era el único califa con derecho. Levantó el, para entonces, gigantesco alminar de la Mezquita mayor. Tanto más grande, cuanto que al edificio le faltaban aún dos ampliaciones y era de dimensiones modestas. Hoy no se ve de él más que una pequeña proporción, porque se envolvió por entero con la torre de la catedral. El abrigo fue eficaz, pero soso.

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