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La atalaya

Incendios

Fernando Valdés Fernando Valdés
17/07/2017

 

Hace ya más de cuarenta años que llevo viniendo a o residiendo en Badajoz. Una de las primeras imágenes que tengo grabadas de esta ciudad es la de parte de la ladera de la Alcazaba con el pasto completamente quemado. Quienes, amablemente, me acompañaban intentaron darme una explicación de circunstancias: - Ha sido un accidente. Nadie, ni yo mismo, podía suponer por aquel entonces que mis visitas se iban a repetir hasta convertir esta ciudad en algo así como una segunda residencia. Y que, año tras año, aquella primera y, quizás, casual imagen de la ladera quemada se iba a repetir, no ya como un recuerdo, sino como una realidad anual. No pienso que en esos más de cuarenta años haya pasado ni uno solo en el que la ladera, alguna ladera, quemada haya venido a recordarme no sólo el pasado militar de la plaza, sino la desidia general. Del Ayuntamiento y de la gente.

Ahora ya se como ¿funciona?, esto. Cómo las lamentaciones –quizás por influjo del flamenco- son la música popular más interpretada por estos pagos y la dejadez –a veces abulia- es uno de los rasgos locales más aparentes. Ahora el incendio de alguna zona no edificada, de la falda de algún cerro, ha dejado de ser para mí un incidente, una casualidad, un accidente, para convertirse en un tópico. He llegado a utilizar alguna foto ad hoc para ilustrar a mis alumnos sobre la apariencia de una ciudad sitiada. Cuando era esencial, como primera providencia, suprimirle camuflajes al adversario. No voy a ser yo quien descubra que aquí el pasto crece a muy buen ritmo en cuanto caen dos gotas, de otoño a primavera, y que, cuando se agosta, se convierte en un peligro por su capacidad de arder. ¿Es tan difícil segar la hierba a fines de mayo para evitar esos incidentes que, amén de muy peligrosos dan una espantosa imagen a la ciudad? ¿Para qué tanto gasto en campañas de imagen si la primera que llega al visitante es la de unas laderas renegridas? ¿Cómo vamos a mejorar la valoración propia, y la ajena? Lo dicho, desidia. Del Ayuntamiento y de todos cuantos protestan, que los hay, pero no votan otra cosa. Cuarenta años llevo esperando una siega oportuna. Cuarenta años en vano.

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