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cruzando fronteras

Las niñas sin nombre

 

Le golpeó la cara con el puño cerrado y la tiró al suelo. El ojo comenzó a sangrar y ya no vio nada más. Llegan en bote a los barcos donde, desde arriba, las jalean gritando obscenidades, palmean sus nalgas y soban sus pechos, pequeños, de niña, secándose después las manos en los mandiles sucios de la pesca. Y ellas esperan su turno mientras el encargado regatea el precio, la sonrisa forzada intentando imitar une femme fatale de película. Las hacen girar entre coros y silbidos. Para calibrar su valor, les pellizcan la carne prieta, les introducen los dedos en la boca, como si fueran tratantes en la feria de ganado. El carmín sobresale de los bordes de sus labios, bocas grandes y carnosas que deberían sorber helados y dar besos, dulces, a sus madres, y que, sin embargo, acaban borradas a mordiscos. Cuando llevan muchos días en la mar, los hombres inventan «juegos» que son grabados con sus móviles. A veces no las miran, solo lo hacen a las pantallas, dándose codazos mientras una baila desnuda en el centro de un corro, atendiendo los requerimientos de todos. Tiene trece años. Aún no tiene vello púbico y eso la convierte en la estrella de la tarde.

Las otras complacen al capitán en su camarote. Vigila la puerta esperando verlas aparecer, que sus miradas la sostengan un poco más. Gira para recluirse dentro de sí, lejos de ellos, al borde del trance sufí de los derviches. Todo acaba por hoy, bajan y comienza la lucha con el barquero que reclama más dinero, rebuscado entre sus ropas. Huelen primero la lluvia y después inmediatamente comienza a caer con fuerza, como si se vaciara un depósito sobre sus cabezas. El chamizo ni siquiera las protege, cuajado de agujeros e impotencia, tanta, agotada de intentar repararlos. El sueño roto las inmuniza contra las ratas que chillan y acampan en las letrinas. Las agarran por el cuello para romperles la médula y tirarlas fuera. Siempre alerta, sin descanso. Solo se tienen las unas a otras para protegerse de la humedad que precede la fiebre, de las avalanchas de barro, de los robos de lo poco que consiguen reunir, de las palizas, de la vida.

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