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A la intemperie

El secreto del agua

Magnífica la última novela de Martín Tamayo, añoranza de los pueblos perdidos

Fernando Valbuena Fernando Valbuena
15/05/2017

 

Con Tomás Martín Tamayo he cruzado palabras una sola vez, hubo mantel de por medio y en el aire quedó la promesa de repetir. Fue un encuentro amable que propició un buen amigo común, el gran Tony Méndez. De Tomás, hombre público, en el mejor sentido de la palabra, conozco su trayectoria en política y, evidentemente, su día a día como articulista. Ahora también, ‘El Secreto del Agua’; novela que tuvo a bien regalarme, hacerme llegar y dedicarme. Ninguna de los tres gentilezas anteriores, todas los agradezco, turba mi opinión. Se trata de una magnífica novela, que he leído del tirón, cosa que, al menos en mi caso, rara vez sucede. Han bastado dos o tres sentadas para rematar la faena. Es, sin duda, una obra bien construida, que mantiene la intriga de cabo a rabo, entretenidísima, repito, y, por encima de todo, que enseña a mirar con cierta benevolencia las miserias de los hombres.

‘El Secreto del Agua’ es la vieja historia del Conde de Montecristo traída a Extremadura. Las mismas pasiones, que en su eterno retorno, arrastran a los seres humanos, lo mismo en Marsella que en Alange. Blas Godoy, nuestro particular Edmundo Dantés, se da por misión el ejecutar una justicia que las autoridades de este mundo le niegan. Es el caciquismo de siempre, el que cambia de orilla, pero no desaparece. Y como en la obra de Dumas, años después de cometido el atropello, los muchos atropellos, como venido de otro mundo, el protagonista se reencuentra con sus propios miedos y, por andanzas más o menos fabulosas, más o menos fabuladas, da muerte al fantasma que le atormenta.

Si me permiten destacar algo, diría que Martín Tamayo cuenta como nadie la muerte. Tan majestuoso, tan tenebroso, como un pintor barroco. «Prendido en la hoja superior de un ficus, un ojo se balanceaba». Momentos dignos de antología, como cuando cuenta la peripecia del cadáver, «con las larvas a flor de piel», de Juan Pitera, arrastrado por las aguas de la riada desde su camastro hasta la puerta del cementerio de Campillo de Llerena. Campillejos los dos, Tomás y Juan.

Pero también cuenta la vida. «No hay pueblo sin monigote». Hay ocasión, incluso, para hallazgos magníficos: «Se conocen de la soledad». Y para el humor, pongamos por caso el absurdo periplo de los informes policiales sobre el crimen que abre la novela. Sin que falte tampoco el plato estrella de la casa, la crítica ácida a quienes se enfangan de poder, «necio abizcochado enamorado de sí mismo», y a sus muchos lacayos de baba. Tomás en estado puro.

En ‘El Secreto del Agua’ está toda la Extremadura que le ha tocado vivir a Tomás. De antes de los pantanos a los tres diputados de IU. Está el eco del pasado rural, la añoranza de los pueblos perdidos, los señoritos de más vino que entendederas, los bocadillos de calamares a la salida del Instituto Zurbarán, los jornaleros condenados a escupir sangre, la cárcel, donde a más de uno podía atravesarle el corazón «una cuchara afilada», los obispos monteros, los curitas de canana y bendición urgente y, por supuesto, la otra Extremadura, la que tuvo que irse con mejor o peor fortuna. Pero también está el limpio deseo de volver a la tierra: «El mundo también se puede ver desde aquí». Extremadura al fin y al cabo. Si en algo valoran mi consejo, no pierdan la oportunidad de leer a un escritor en paz consigo mismo. Si vuelvo a comer con Tomás, a él le preguntaré por la camisa vieja de Eulogio, la del Teatro Cinema Norba, y a ustedes prometo contárselo.

Tony,… ¿para cuándo más mesa y mantel? Leer abre el apetito. De volar.