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Disidencias

Vacío

Juan Manuel Cardoso Juan Manuel Cardoso
09/01/2018

 

De vez en cuando, me intereso por la actualidad. No demasiado, porque las noticias ya no son lo que eran y hay un exceso de postureo, de envoltura fétida y de locuaz sinsentido que da la sensación de que, en vez de noticias, recibimos encargos, retahílas o instrucciones. Por no hablar de los discursos hueros o las bobadas a tutiplén que, fundamentalmente, forman parte del argumentario del politiqués y del tertulianés, geniales creaciones de Amando de Miguel y Antonio Burgos.

Esa capacidad que tienen políticos y tertulianos para hablar de todo sin decir nada. ¿Han oído alguna vez a algún político aplaudir, apoyar o seguir alguna propuesta, idea o proyecto de otro político que pertenezca a un partido distinto al suyo? ¿Han oído alguna vez a algún tertuliano que hable de algo que no sea política o los políticos, que reconozca desconocer parte o el todo de una cuestión o que aporte una solución más allá de los lugares comunes de sus afinidades ideológicas, partidistas, personales o empresariales? ¿Han escuchado con atención a un responsable político hablar, se han fijado bien en la construcción de sus frases, en la vacuidad de su discurso, en lo repetitivo de sus expresiones, en lo limitado que son sus recursos para hablar claro? ¿Han escuchado a un tertuliano pontificar, hablar como si la verdad les perteneciera?

El empobrecimiento de la sociedad se debe a muchas circunstancias, pero, probablemente, la más terrible de todas ellas sea nuestra incapacidad para entendernos. Estamos condenados a creer solo en lo que creemos nosotros, nuestro clan, nuestra secta, nuestro partido. Fuera de ese círculo vicioso de insensatez y servidumbre, coloreamos de caos el aire fresco y vendemos como cadenas la libertad. No hay que ir muy lejos en el Quijote, solo en el primer capítulo: las intrincadas razones de Feliciano de Silva que le parecían perlas: «la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura… los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza». ¿Hay algo más vacío que las palabras de un charlatán?

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