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Cruzando fronteras

Para volar lejos

 

Bajan de los coches junto a la facultad; unos con cara de sueño, otros tan nerviosos que desparraman los folios de apuntes en el asfalto, o los apuran hasta el último minuto. Unos pocos se abrazan como si fuesen a la guerra. Veo a dos chicas al fondo, llorando. La mayoría, sin embargo, aparentemente despreocupados, displicentes, caminan hacia la puerta entrechocando las palmas, o simplemente reconociéndose para entrar juntos, planeando qué harán después de la selectividad. La mayoría de quienes los han traído arrancan los vehículos hacia sus quehaceres, sin soslayar una mirada preocupada. Los hay que no pueden evitar comprobar que su hijo no les llama, no los necesita. Sorprendo a algunos detenidos sin apartar la vista del edificio. Quizá piensen en la presión que soportan en ese momento sus crianzas; que su futuro pende de un hilo. Y por último, probablemente quienes como yo respiren tranquilos, con la sensación de haber hecho bien un largo trabajo y sabiendo que ahora es su turno. Recordamos el primer día de colegio, tan indefensos, pequeños calimeros con ojos abismados para absorber toda la luz. O el último, despidiéndose, con gesto orgulloso, de los maestros que les ayudaron a crecer. Y sorprendidos, por lo fugaz del tiempo, intentamos, con una sonrisa de medio lado, casi incrédula, conciliar la imagen de un bebé en nuestros brazos con ese hombretón o esa joven maquillada, a los que vemos alejarse, sordos a nuestra voz por los auriculares, inmersos en su mundo. Mudos de palabras tiernas que antes hacían cosquillas al despertar, alegres, por comenzar, cogidos de nuestra mano, un nuevo día. Y las noches, acurrucados al costado para adormecerse, mientras, susurrante, les arropabas de infinito amor. Disfruto imaginándolos ya hechos, diseñando, dibujando con presteza su vida: psicólogos, juristas, médicos, ingenieros, diseñadores, empresarios, guionistas, maestros... ciudadanos independientes, fuertes y libres, que volarán lejos para regresar de vez en cuando a casa, con la certeza de saber, como un valor seguro, dónde encontrar refugio: porque aunque crezcan, siempre serán nuestros niños.

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