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Del insulto y el miedo al respaldo de la ley

Dos testimonios de distintas generaciones explican cómo han vivido su homosexualidad en el contexto que les ha tocado

 

Lo peor es que estás decepcionando a tu padre. Y que aunque te diga que a él no le importa lo que piense la gente, sabes que siente una gran tristeza, porque no es lo que esperaba de ti. Tanto él como mi madre hicieron un gran esfuerzo por aceptarlo, pero no podían evitar pensar que eran una familia de segunda», expresa María José García Trancón, que ahora tiene 53 años. «En mi caso fue bastante natural, desde muy pequeño mi madre me compraba muñecas que yo llevaba al colegio y ella veía que me gustaba vestirme con ropa de niña. Así que cuando ya era adolescente y le dije que venía un amigo a casa a pasar unos días, me preguntó con una sonrisa cómplice: ¿Pero es solo una amistad o algo más?», recuerda Daniel Aparicio González, de 24 años.

Ella procede de la localidad cacereña de Rosalejo (no llega a 1.500 habitantes) y él es de Badajoz. Ambos forman parte de generaciones distintas y el relato de su propia historia refleja cómo ha cambiado el contexto, la sociedad y las leyes en Extremadura en materia de respeto y derechos para las personas homosexuales. Las casi tres décadas que los separan suponen que, por ejemplo, cuando Daniel nació la OMS (Organización Mundial de la Salud) ya había retirado la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales. Fue el 17 de mayo de 1990 -hace solo 27 años-, de manera desde entonces esa fecha se convirtió en el Día Internacional contra la Homofobia (que se ha celebrado esta semana).

Negación constante / María José cuenta su historia: «Era algo que me negaba siempre a mí misma. Me intentaba convencer de que lo que yo sentía por determinadas chicas era una profunda amistad...». Lo cierto es que tenía miedo al rechazo y a las complicaciones que se le podían presentar. «Hasta que llegó la mujer con la que me casé después y ya no quise ocultarlo». Con ella -de la que ahora está separada- tiene dos hijas (una fue por adopción nacional y la otra por acogimiento familiar que luego se convirtió en adopción).

Fue en ese momento cuando tuvo que contarlo a su familia. Ya había pasado los 30 años. «En el fondo a ellos tampoco les cogió del todo por sorpresa, pero siempre habíamos mirado hacia otro lado y no recibí ninguna palabra con la que me pudiera sentir respaldada», recuerda. «No quería que sufrieran ni que llorasen, entendía su miedo, pero necesitaba ser yo misma».

Hubo miradas, suspiros y frases que le costó digerir. Parte de su historia tuvo que seguir siendo a escondidas. «Nunca dejé de sentirme muy querida por mis padres, pero los inicios fueron bastante difíciles».

Uno de los momentos más complicados ocurrió cuando comunicó que iba a contraer matrimonio. «¿Y vas a hacer una fiesta?, me preguntaron. Tenían miedo a que hiciera el ridículo. Yo lo comparaba con los anuncios de las bodas de mis hermanos, que todo suponía alegría y claro, la situación era dura...», relata. «No obstante -continua- el día de la celebración, fue todo tan bonito, que vi a padre muy orgulloso de mí, y eso me produjo una emoción inmensa después de todo el camino que habíamos tenido que recorrer».

Otra de las situaciones hostiles que recuerda se produjo con su segunda hija. El expediente de preadopción estuvo paralizado seis años sin ningún motivo real. «No hay pruebas para decir que fue un caso de homofobia, pero es algo que tengo muy claro».

A sus niñas, asegura, les ha dado las herramientas necesarias para que sepan defenderse con personalidad. «Porque claro que hay ataques. Adoptadas y con dos mamás... Hay comentarios como: ‘Pobrecitas...’ ¿Pobrecitas por qué?».

En este sentido quiere agradecer la labor de entidades como la Fundación Triángulo, que permite que las familias aprendan claves con las que poder afrontar situaciones de desigualdad. «Se han creado espacios que favorecen el empoderamiento de nuestros hijos», afirma.

María José, que trabaja en la dirección de Infancia y Familia de la Junta, no duda en subrayar que la sociedad ha dado pasos hacia adelante, como el matrimonio homosexual, que tuvo luz verde en junio de 2005 (más de 300 personas del mismo sexo han pasado por el juzgado o el ayuntamiento en la comunidad). O, a nivel regional, ley extremeña LGTBI que, entre otros avances, recoge que los formularios para la admisión en los centros escolares tengan una nomenclatura que permita ser rellenada por dos madres o dos padres y obliga a los centros a dirigirse al alumnado transexual por el nombre elegido por éste, aunque en el DNI o los documentos oficiales figure otro. «Ahora tenemos las leyes de nuestra parte, de manera que nos sentimos con fuerza para defendernos, para contestar ante un ataque en la calle, porque sigue habiendo quien te suelta un ‘qué asco’».

AGRESIONES / «Yo desde muy pequeño jugaba con muñecas Barbies, me gustaba el color rosa y nunca me sentí diferente ni extraño. Pero a los nueve años me cambié de colegio, donde nadie me conocía, y me apunté a gimnasia rítmica. Y ahí empezaron los problemas», relata Daniel. Recuerda insultos y agresiones. «Había veces que llegaba a casa sangrando. Fue muy duro, muy doloroso, porque no entendía muy bien qué pasaba», expresa este joven que, aunque lo tuvo más fácil, también carga con su propia mochila. «En ese momento decidí que lo mejor era esconderme porque sentí miedo y rechazo. De manera que dejó de gustarme el rosa y las muñecas y me apunté a clase de fútbol y de balonmano», asegura. Y añade que cree que su madre (que está separada de su padre) no se dio cuenta de ese cambio. «Quizá porque en casa yo seguía siendo el mismo».

Cuando llegó la adolescencia, a los 15 ó 16 años, empezó a entender mejor por qué había sufrido ese acoso escolar y por qué lo habían obligado a sentirse distinto. Comenzó a conocerse mejor, a entender su realidad, pero prefirió permanecer en su escondite. El miedo seguía estando muy presente.

Pero un día su mejor amiga le confesó que era bisexual. Entonces él se armó de valor y le contó su historia. A partir de ahí, en el momento en que usó las palabras adecuadas sin ningún tabú, se rompieron muchos muros, se reconcilió consigo mismo y pudo salir a la vida con más libertad.

Ahora Daniel, que acaba de terminar los estudios de Educación Primaria, no siente rechazo y puede hablar con normalidad de su experiencia, pero es consciente de que aún queda camino por recorrer porque sigue llamando la atención que dos chicos o dos chicas se besen en público. Tiene claro que la clave está en la educación: tanto la que se recibe en casa como la que se imparte en los colegios, «donde se debe hablar de estos temas con naturalidad y explicar bien las distintas realidades que existen».

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