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La región afronta el verano con el riesgo más alto de fuegos de los últimos años

Temperaturas extremas, la falta de lluvias y la acumulación de biomasa en los montes disparan el nivel de peligro

REDACCIÓN
03/07/2017

 

Las altas temperaturas, la acumulación de biomasa en el campo y el déficit de lluvias forman un cóctel que hace de este verano uno de los de mayor riesgo de incendios forestales de los últimos años. El peligro se ha disparado en buena parte del territorio peninsular, incluido el extremeño, y se ha hecho realidad ya en los devastadores fuegos de Portugal, Doñana y Sierra Calderona (Comunidad Valenciana) registrados en las dos últimas semanas.

«Climatológicamente, nunca ha existido un riesgo tan elevado como el que tenemos este año. Es cierto que ha habido años muy malos de incendios, como 1994 o el 2006, pero las circunstancias eran totalmente diferentes. En ese caso no fue tanto el riesgo existente, como el componente de intencionalidad que había, que fue muy alto», explica Raúl de la Calle, secretario general del Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales y Graduados en Ingeniería Forestal y del Medio Natural.

Aunque junio se despidió con algunas lluvias que dieron una ligera tregua, el año hidrometeorológico (desde septiembre hasta mayo pasados) puede calificarse como seco. De acuerdo a los datos de la Delegación Territorial en Extremadura de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), durante estos nueve meses en promedio se han registrado en la región precipitaciones de 451,5 litros por metro cuadrado, un valor que es un 79,8% de lo que es habitual para este mes, que son 565,9 litros por metro cuadrado.

En cuanto a las temperaturas, se han movido en valores sensiblemente superiores a lo habitual. Su promedio calculado para todos los puntos de Extremadura fue en mayo de 19,8 grados centígrados, 2,2 por encima del valor medio (17,6 grados). Y eso hasta mayo, sin contabilizar la ola de calor que se ha sufrido en junio. En el conjunto del país, la primavera de este año ha sido la más cálida de la que se tiene constancia (los registros unificados para el conjunto del país comienzan en 1965). Así las cosas, el verano ha comenzado con los embalses españoles al 54,8% de su capacidad, lo que sitúa al 2017 como el año del siglo XXI con menos agua embalsada en esta época y el noveno de los últimos 41 años.

Las previsiones de la Aemet para lo que resta de estío no son mucho más halagüeñas. En Extremadura, vaticinan un verano cálido, con una temperatura entre 0,5 y un grados por encima del nivel de referencia.

MAYOR COMBUSTIBILIDAD / «El año está siendo muy malo en cuanto a precipitaciones, posiblemente el más seco de las últimas décadas. Eso ha provocado que la vegetación tenga un estrés hídrico importante. La combustibilidad aumenta exponencialmente, con lo cual la propagación de un incendio forestal va a ser mucho más veloz», esgrime Raúl de la Calle, quien agrega que «el año viene adelantado. El tiempo que hemos tenido en junio es más propio de finales del mes de julio. Y eso provoca, junto con la nula actuación que se hace en nuestro monte, que cuando haya cualquier chispa, sea por la causa que sea, esta se convierta en un gran incendio forestal».

A juicio del colegio de ingenieros técnicos forestales, el abandono de la actividad agrícola extensiva por su escasa rentabilidad y el de otros usos tradicionales del monte como son la recogida de leña y el pastoreo extensivo, han derivado en la falta de los cuidados necesarios en las zonas rurales. Estas están aquejadas, además, de un importante problema de despoblación y envejecimiento. Una circunstancia que conlleva pérdida de capacidad de detección y extinción inmediata o que muchos caminos rurales sean invadidos por la maleza. «En los últimos treinta años se ha duplicado la biomasa forestal que existe en nuestros montes», precisa el responsable de esta entidad colegial. Y todo ello en un contexto de calentamiento global, que trae consigo mayores y más frecuentes olas de calor y una pluviometría cada vez más errática.

«Nos tenemos que ir adaptando a lo que nos viene si no queremos tener catástrofes cada verano o incluso antes, porque ya se van adelantando», apunta de la Calle en alusión a los graves fuegos registrados en Pedrógão Grande (Portugal) y en Doñana.

MENOS VIRULENCIA / «Lo que tenemos que tener en cuenta es que con los incendios no vamos a acabar, por la situación y el clima geográfico que tenemos», sostiene este experto. Eso sí, apostilla, «lo que podemos hacer es que esos incendios se queden en conatos, sean menos virulentos, de menor proporción y no hagan tanto daño».

En los últimos diez años, se han contabilizado en la región casi ocho mil incendios forestales (7.969), de acuerdo a los datos facilitados por la Consejería de Medio Ambiente y Rural, Políticas Agrarias y Territorio de la Junta de Extremadura. La cifra anual de fuegos oscila entre los 550 del 2010 y los 1.072 del 2012, prácticamente el doble. En esta década, han ardido 52.258,6 hectáreas, un 1,3% de la superficie extremeña. En este caso, el peor año fue el 2015, el del incendio que asoló la sierra de Gata, cuando se quemaron 12.789 hectáreas, dos tercios de ellas en esta comarca cacereña.

Desde el Colegio de Ingenieros Técnicos Forestales se hace hincapié en la falta de gestión forestal que hay en España, al tiempo que considera graves errores tratar el problema de los incendios solamente bajo el punto de vista de la extinción o establecer una disyuntiva entre esta y la prevención. «Se trata de política forestal, de planificación y ejecución de proyectos, con inversiones continuadas e importantes en la gestión de los montes, lo cual implica, en unas ocasiones, mayor gasto en prevención y en otras mayor gasto en medios y profesionalización en extinción», se arguye.

GESTIÓN «EN MAYÚSCULAS» / «Nuestra receta es la gestión forestal sostenible en mayúsculas. No tendría que existir ninguna superficie forestal que no cuente con un instrumento de gestión que permita determinar qué riesgos hay en cada monte concreto y programe una serie de actuaciones según sean sus objetivos» (productivos, recreativos, ganaderos, etcétera...), afirma de la Calle. También subraya la necesidad de que municipios y urbanizaciones cuenten con planes de autoprotección y que los instrumentos de prevención no sean meros «documentos en un armario, sino que se ejecuten», con el fin de que sea más fácil atajar los incendios si estos se producen.

Estas son, no obstante, actuaciones encaminadas al medio y largo plazo. Llegados a estas alturas del año, incide en que lo que queda hacer ya «es mucha concienciación social, decir a la gente que en cuanto vea algún conato de incendio llame al 112, porque es vital atajarlo en los primeros minutos. Una vez que coge cierto tamaño y dada la biomasa que existe en nuestros montes, resulta ya muy complicado hacerlo».

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