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PRIMEROS 365 DÍAS DE MANDATO

Trump, año uno

La políticas del magnate neoyorquino, que llegó al poder gracias a la ola populista, están diseñadas por y para los millonarios

RICARDO MIR DE FRANCIA
19/01/2018

 

Ha pasado un año desde que Donald Trump juró el cargo en las escaleras del Capitolio proclamando que “la carnicería americana se acaba aquí y se acaba ahora”. Aquella fue la primera salva de la que está siendo una presidencia única. Un continuo vendaval de sobresaltos, en forma de tuits incendiarios, relevos en la Casa Blanca, beligerancia en la escena internacional y una larga lista de grandes y pequeñas crisis, generalmente de facturación propia. Las sospechas de la trama rusa han encapotado los primeros meses de su mandato. Pero el año ha dejado mucho más que ruido, caos y confusión. Los cambios están tomando forma y no son como se vendieron. El candidato populista que prometió gobernar para los “olvidados de América” está gobernando como un plutócrata al servicio de los intereses económicos. El champán corre por el pantano.

Trump es un hombre anciano. Tiene 71 años, y ha hecho de la idealización del pasado su referente para moldear el futuro. “Hagamos América grande otra vez”, repite un día sí y otra también. El eslogan se ha traducido en una regresión a actitudes y planteamientos que se creían superados, como si las páginas del calendario retrocedieran borrachas en un arrebato de nostalgia. Siempre ansioso de proyectar fortaleza, Trump ha desplegado maneras de autócrata en el terreno personal, promoviendo el culto a la personalidad, atacando a los jueces, intentando silenciar a la prensa o desdeñando la verdad. Y lo ha hecho a la vez que coqueteaba con la extrema derecha racista. Pocos han olvidado aquí sus palabras tras la marcha neonazi de Charlottesville, cuando dijo que, entre los supremacistas blancos y neoconfederados de la manifestación, había “alguna gente estupenda”. Aquí los fantasmas del pasado siguen abiertos y Trump no ha dejado de azuzarlos.

La separación de poderes ha mantenido a raya hasta ahora sus ínfulas napoleónicas. Pero entre el constante barullo de ocurrencias y cortinas de humo que dominan el relato mediático, Trump está haciendo más de lo que parece. Está pasando a rodillo el legado de Barack Obama, y por legado entiéndanse los valores y prioridades que su predecesor insufló en las agencias gubernamentales. La desregulación es masiva. En el sector financiero, en medioambiente, en las reglas que garantizaban la equidad en el acceso a Internet o en las licencias para la exportación de armas.

Su Administración ha abierto casi la totalidad de las aguas costeras de Estados Unidos a la exploración de gas y petróleo, incluyendo varias zonas protegidas del Ártico y el Atlántico. Ha derogado la ley para reducir progresivamente las emisiones contaminantes de la industria. Ha dado vía libre al metano y ha acabado con el intento de obligar a las compañías de ‘fracking’ a hacer públicos los químicos que utilizan al perforar la tierra. Su objetivo declarado es restablecer el “dominio energético” de EEUU, que en su opinión pasa por revitalizar los combustibles fósiles, principales responsables del cambio climático.

Por eso también se ha retirado del Acuerdo del Clima de París y ha puesto a un negacionista al servicio de la industria al frente de la Agencia de Protección Medioambiental. “Lo que estamos viendo con la Administración Trump es el triunfo del movimiento anti-medioambiental”, dice la la periodista del ‘New Yorker’, Jane Mayer, en un documental de la PBS. “Están ocurriendo cosas realmente radicales y la gente no está prestando atención”.

Alienado con intereses empresariales
Aunque Trump dice admirar al populista Andrew Jackson, no hay granjeros, ni maestros ni sindicalistas en su gabinete. Su Gobierno es el más rico de la historia, un compendio de multimillonarios sin experiencia gubernamental como Wilbur Ross, Betsy de Vos, Elaine Chao, Steve Mnuchin o Gary Cohn. Y Trump está gobernando como Ronald Reagan, en un pretendido regreso a la época dorada del liberalismo económico. En palabras del Wall Street Journal, “es el presidente más estrechamente alineado con los intereses empresariales de las últimas décadas”.

Su reforma fiscal, el mayor éxito de su presidencia hasta la fecha, es ilustrativa. Rebaja considerablemente los impuestos, principalmente para las grandes empresas y las grandes fortunas. Mientras que la familia media se ahorrará 360 dólares anuales, el recorte para el 0.1% más rico será de 321.000 dólares. La teoría es que servirá para espolear la inversión y el gasto desde la cúspide, que poco a poco beneficiará a la clase media en forma de mejores empleos y mejores salarios. Pero el ‘trickle-down economics’, como llaman aquí a la doctrina neoliberal, raramente ha funcionado como se esperaba. Tras la segunda rebaja fiscal de Reagan, cayeron los salarios; y las dos de Bush hijo dieron pie a una de las recuperaciones más débiles de la historia estadounidense, cerrada con la crisis del 2008.

Por el momento, todo es celebración entre los círculos empresariales de EEUU. Las bolsas no han dejado de batir récords desde que Trump llegó al poder. La confianza empresarial está en niveles históricos, y empresas como Apple aprovecharán la amnistía parcial de la reforma fiscal para repatriar sus beneficios aparcados en el extranjero, principalmente en paraísos fiscales.  

Sin colchón económico
Trump es el presidente más impopular desde que comenzaron las encuestas, pero el optimismo económico es notable. Los economistas discuten si el mérito es suyo o de Obama. Lo cierto es que la economía lleva tres trimestres creciendo por encima del 3% y el paro está en el nivel más bajo de los últimos 17 años. Pero la cuestión es hasta cuándo. EEUU atraviesa el tercer período más largo de expansión económica desde que comenzaron los registros hace más de un siglo. Y si se prolonga hasta 2019 será el más longevo. Eso quiere decir que la próxima recesión no debería estar muy lejos y que sus estragos dependerán en gran medida del colchón que se haya construido. Y Trump lo está dejando sin muelles y sin relleno.

Su América está regresando a aquel pasado de los Rockefeller, Vanderbilt y Morgan. La brecha económica es similar, pero ahora hay una amenaza nueva, el cambio climático. Lejos de entender su poder destructivo, Trump lo está precipitando.