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MEMORIAS DE ÉXITO

Virginia Vallejo: "Amé a Pablo Escobar, pero eso no me convierte en su cómplice"

La revista 'Mujer hoy' entrevista a la periodista que mantuvo un romance con el narco colombiano

MARIELA MICHELENA
14/01/2018

 

La psicoanalista y escritora Mariela Michelena entrevista para 'Mujer hoy' a la mujer que amó al monstruo. Un romance digno de telenovela, entre la presentadora más famosa de Colombia y el líder del cartel de Medellín, que ha sido llevada al cine por Javier Bardem y Penélope Cruz.

Una mujer inteligente y hermosa triunfa en televisión. Un hombre poderoso queda subyugado a través de la pantalla y organiza un encuentro para conocerla en persona. No es la única historia de amor que empieza así, pero hoy hablamos de la que unió a la periodista colombiana Virginia Vallejo (Cartago, 1949) y el más mediático de los narcos de la historia: Pablo Escobar. Ella le regala un reportaje que ensalza sus obras benéficas y le sitúa, por primera vez, en la escena pública. Él corresponde con una cantidad indecente de rosas rojas y una oferta difícil de rechazar. El resto de la historia se extiende durante los cinco años más sangrientos del narcotráfico en Colombia y está recogida en 'Amando a Pablo, odiando a Escobar' (Planeta), las memorias Virginia Vallejo, que, tras su lanzamiento, han sido el libro en español más vendido de Estados Unidos y ahora se publican aquí.

ESCRITORA, PERSONAJE, MUJER

Virginia vive en Miami desde que en el 2006 la DEA (la agencia que lucha contra el narcotráfico en EEUU) le ofreció asilo como testigo protegido. Y en persona, como en su libro, se revela como un personaje lleno de matices y, difícil de encasillar. Una mujer amable, de una educación exquisita, culta, inteligente y rápida, que sigue siendo guapa y cuida con mimo los detalles: el mismo tono coral en los labios y en las uñas, un traje de chaqueta impecable, unos pendientes importantes y un perfume caro. Domina el oficio periodístico como si lo hubiera inventado y, a lo largo del encuentro, se mantiene fiel a los consejos que ella misma le daba a Pablo Escobar para enfrentarse a una entrevista: “Ten siempre un mensaje importante, no contestes a lo que el periodista te pregunta y di solo lo que quieres decir”.

Frente a mí tengo a una escritora, a un personaje y, sobre todo, a una mujer. La escritora me habla del estilo directo que ha decidido utilizar en el libro: “Hablo en primera persona y en presente porque cuento con la vena vouyeurista del lector y le obligo a ver de cerca las emociones, la felicidad, y el horror.” En efecto, su prosa atrapa desde el primer aliento, la sangre te salpica y la crónica rosa te empalaga, en la misma medida en que la corrupción generalizada te acaba asfixiando.

Antes de 'Loving Pablo', [adaptación de su libro al cine por Fernando León de Aranoa, protagonizada por Penélope Cruz y Javier Bardem, que se estrena el 8 de marzo], su historia ha ocupado un lugar estelar en otras ficciones de éxito, como 'Narcos', y 'Pablo Escobar el patrón del mal'. ¿Se ha sentido indentificada?

"Yo era el trofeo máximo: bella, inteligente y famosa. Él solo tenía dinero y necesitaba poseerme"
“Mi libro es riguroso, se ve crecer a Pablo como una bola de nieve, de ser un hombre humilde… ¡No! –se corrige– humilde nunca fue. De ser un hombre de clase baja, muy apoyado por su madre desde pequeño en sus picardías, pasando por su vena filantrópica, cuando reparte dinero entre los pobres, hasta convertirse en un animal, en un monstruo. Mis abogados me han prohibido que hable de 'Narcos'. Pero esas series son unas porquerías. Son ficción, pura ficción. La protagonista de Narcos no se parece a mí en nada. Es una mulata, interesada, que además muere en la serie y ya ves, yo sigo bien viva… En 'Narcos' no hay amor; en la historia que yo cuento, en la historia que yo viví, sí. Pablo me trataba como a una reina y me adoró. Esas historias mal contadas solo dan la imagen de un Pablo delincuente. En mi libro hay una historia de amor”.

Es inevitable preguntarse qué buscaba una mujer como Virginia Vallejo, que tenía el mundo a sus pies, en un hombre como Pablo Escobar. Y la respuesta podríamos encontrarla en esta frase del libro: “Nada hace latir más a un ego que encontrarse con otro del mismo tamaño (…) y dominarlo.” En sus páginas asistimos a un encuentro entre titanes. Pablo llega a comparar a Virginia con Manuela Sáenz, la amante de Bolívar, y ella encarna gustosa ese papel: libertadora del libertador, dueña del dueño. Desde ese lugar, vemos a Virginia desplegar sus superpoderes: belleza, inteligencia y contactos.

Su relación está llena de contrastes. Ella venera, teme y obedece a Pablo como una sierva a un dios, y simultáneamente lo trata con condescendencia, como una madre a un niño. “Sí, cuando conocí a Pablo era como un niño grande al que yo quería cuidar y proteger. Yo había salido con los hombres más ricos y cultos de Colombia, de quienes tenía mucho que aprender. Pablo solo tenía dinero y poder. Así que intenté enseñarle modales para que se manejara mejor con la prensa, pero no aprendió nada.”

"MIJITO, HAGA PLATA"

El vínculo paradójico, y la inclinación a disminuir los defectos del amado es común a muchísimas relaciones; sin embargo, en el caso de Virginia y Pablo es más punzante. “El amor nos hace buenos”, dice Virginia. Y ciegos, añado yo. En el libro, la vemos justificar a su amante, perdonarlo, pasar por alto al asesino despiadado que era “Escobar”, para seguir amando al “Pablo” bueno que estaba en su cabeza. “Sí, yo me enamoré de un hombre generoso, que repartía su dinero entre los pobres. Pablo siempre fue un pequeño delincuente. Su madre le perdonaba todo y lo alentaba a delinquir: “Mijito, haga plata como sea”.

De niño robaba lápidas, las lijaba y las revendía para los mismos muertos. Cuando se obsesionó con el tratado de extradición con EE.UU., quiso arrodillar al Estado a cualquier precio, y se convirtió en un terrorista”. Virginia describe en el libro cómo “Pablo” se transforma en “Escobar”, a pesar de que ella intenta persuadirlo: “Zapatero a tus zapatos. –le dice–. Tú no eres un terrorista, tú eres un narcotraficante”. ¿Y cuál sería la diferencia?, le pregunto: “La diferencia es la dinamita –dice con convicción–. El narcotraficante mata al enemigo y el terrorista mata indiscriminadamente. Mi propósito no era enderezarlo, sino salvarle la vida. Con Pablo no podía usar los argumentos de una esposa convencional, o de un cura. Tenía que usar argumentos criminales, que eran los únicos que él entendía. Me preocupaba su supervivencia, no sus cualidades morales. Pablo y yo teníamos códigos éticos muy diferentes. Compartir los códigos éticos sería lo ideal, pero en la vida las cosas casi nunca son ideales... Yo lo amaba. Pero amarlo no me convierte en su cómplice. Las cárceles están llenas de delincuentes que tienen amigas, amantes, mujeres que los aman. Esas diferencias éticas fueron cada vez más evidentes y Pablo empezó a asustarme. Era un tren desbocado que solo podía estrellarse. Yo empecé a vislumbrar su destino. Y él también. Era un hombre despiadado. Creo que no me mató porque necesitaba que yo escribiera su biografía”.

Esta historia de amor que produce a la vez náuseas y fascinación, queda reflejada en una escena escalofriante:Pablo despliega un juego erótico con una pistola como protagonista. A continuación, le confiesa a Virginia que ha matado a más de 200 personas, y entonces ella, conmovida, le entrega las llaves de su casa y se ofrece a salvar- De cerca le la vida. Virginia se justifica con una frase contundente: “La danza de la vida y de la muerte es la más voluptuosa y erótica de todas”. La banda sonora de esta historia solo podía ser una ranchera.

PUNTO FINAL

Para cualquier observador imparcial, Pablo Escobar llevaba tiempo siendo cada vez más “Escobar” y menos “Pablo”. También el amor de Virginia tuvo un punto final. Y ese límite no tuvo nada que ver con la transformación del delincuente a escala humana, en ese monstruo de dimensiones inabarcables que era Pablo Escobar. La línea roja fue otra. Virginia dejó definitivamente a Pablo cuando supo que había comprado un collar de esmeraldas para otra mujer. “A mí no me interesaban las joyas –nos cuenta–. Pero, ¿cómo no me va a doler que le regale joyas a otra mujer? ¡A una reinita de corona de hojalata! Los mafiosos coleccionan reinas de belleza como si fueran caballos de raza. La mujer es un trofeo para exhibir delante de otros capos. Regalar un collar de esmeraldas no es amor. Es un premio de fin de semana. En cambio, a mí nunca me regaló una joya. Puede que hubiera algo de resentimiento social en esa diferencia.

Cuando Pablo me conoció, yo era una mujer autosuficiente, con una carrera de presentadora, y de buena familia. Me codeaba con los hombres más ricos e importantes del país. Él sabía de dónde venía yo, y sabía de dónde venía él. Yo era el trofeo máximo: bella, inteligente y famosa. Él era un desconocido y necesitaba poseerme y dominarme. Quería saber si yo lo amaba. Y sí, lo amaba y nunca le pedí nada. Cuando le pedí que me salvara de sus enemigos y me ayudara a escapar de Colombia, no me dejó salir. Me dijo: “Tienes que mirar el horror que viene ahora.”

Virginia no solo presenció el espectáculo sangriento generado por Escobar, sino que fue perseguida, amenazada de muerte por él y por sus enemigos y se quedó sin trabajo. Pagó precios muy altos. Sin embargo, apenas menciona en el libro a su familia. “No tengo familia –confiesa, en un tono distinto al que ha mantenido a lo largo de la entrevista–. Por supuesto que a mis padres nunca les conté de mi relación con Pablo. ¡Por Dios, qué vergüenza! Mis padres eran unos beatos, fanáticos religiosos. Mi padre era un tipo muy raro. Muy frío. Creo que no me quiso nunca. Dejó de hablarme porque no me había casado por la iglesia y me había divorciado, y eso en Colombia era un escándalo. Antes de conocer a Pablo, ya me trataban como si no fuera parte de la familia. Yo era la mayor y mis tres hermanos aprendieron a no quererme. Hoy, no tengo ni sus teléfonos. Ni siquiera me avisaron cuando murió mi madre. Me enteré porque soñé con ella, miré en internet y supe que había muerto meses antes”.

Extrañada por el tono personal que adquiere la entrevista, se interrumpe y me pregunta: “¿Estás escribiendo mi biografía? ¿Tú eres psicóloga o qué?”. Tras reconocer lo acertado de su intuición, continúa su confidencia: “Ya ves, no fue una buena infancia. No recuerdo ni un beso de mis padres. No sé si es que en esa época y con ese modelo de educación tan estricto el amor no existía o no se expresaba. No nos faltaba de nada. Supongo que nos querían, pero no lo demostraban.” 

El tiempo se agota y no me resisto a hacer una última pregunta: una mujer tan compleja debe de venir de un saga femenina muy robusta. ¿En qué se parece a su madre? “Mi madre era de una belleza extraordinaria –cuenta–. Cuidadosa con la ropa y con la casa. Volvía locas a las modistas. ¡Los dobladillos y las costuras, tenían que estar perfectos! Yo cuido lo que me pongo, eso lo he heredado de ella. He tenido muchas casas y todas han tenido el toque de perfección de mi madre. En cuanto a la belleza, no tengo cirugía. Primero, no tenía nada que estirarme, y después no tenía dinero. Las mujeres se obsesionan con la belleza. La juventud es muy corta y la vida muy larga. Con el tiempo se pierde la frescura, no la belleza. La belleza evoluciona”.

“Hoy vivo sola, acompañada por los objetos que quiero. No necesito a un marido. ¡Soy libre! Mi madre fue esclava de mi padre. Creo que por eso soy tan rebelde. Esa libertad para usar mi tiempo como quiero es un privilegio que me he ganado”.

Tenemos que despedirnos; pero, como habría hecho con Pablo, ahora que sabe que no soy periodista, me da un último consejo. ¿O fue una orden?: “Una buena entrevista tiene que acompañarse de una buena foto. Dile a tu editor que ponga esa en la que estoy con una chaqueta blanca de Armani y pendientes largos”. La huella indeleble de su madre. También en una entrevista “los dobladillos y las costuras tienen que estar perfectos”. Aunque no siempre se le haga caso.

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