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ENTREVISTA

François Jullien: "La tensión entre Cataluña y España no se resolverá por la fuerza"

El pensador galo anima a catalanes y españoles a reflexionar sobre los "recursos culturales" que comparten antes de plantear la independencia

JUAN FERNÁNDEZ
30/12/2017

 

El título del último ensayo del filósofo francés François Jullien suena provocador –'La identidad cultural no existe' (Taurus)–, especialmente en un lugar como Catalunya, donde la cuestión de la identidad –la nacional y la cultural– es objeto de controversia. El pensador no solo no rehúye el debate de la cuestión catalana, sino que lo busca, convencido como está de que este conflicto es el reflejo de un mar de fondo mucho mayor, de escala europea, que tiene que ver con el cambio de referentes al que asistimos en los últimos tiempos y con cuentas del pasado de España que están pendientes de resolver. 

¿Cómo que no existe la identidad cultural? ¿Y la lengua, el arte, la tradición o la gastronomía del lugar donde vivo? ¿Eso no compone mi identidad cultural? El concepto de identidad cultural es un engaño porque mezcla realidades que no tienen nada que ver. La identidad es individual, subjetiva e idéntica a lo largo del tiempo, es lo que le hace a usted ser quien es y a mí ser quien soy, pero la cultura de una comunidad es algo colectivo, objetivo y variable con el paso de los años. Los que reclaman la identidad cultural como un valor que hay que proteger no solo se equivocan y nos confunden, sino que ponen a esa cultura en un grave peligro.

¿Cuál? Entender la cultura de una comunidad de forma identitaria acaba matándola porque la cierra sobre sí misma, no la deja crecer ni cambiar, y una cultura que no se transforma termina muriendo. La historia está llena de casos. Esa forma de pensar explica el resurgir del nacionalismo en Europa. Responde a una manipulación interesada.

Si no existe identidad cultural, ¿entonces qué es la cultura de un lugar? Frente a la idea de identidad cultural, que pone el acento en la diferencia y es excluyente, yo propongo el concepto de recursos culturales, que son abiertos, plurales y no pertenecen a nadie, son de quien los explora y los explota. Yo soy francés, pero la cultura francesa no me pertenece, de hecho hay extranjeros que aprovechan los recursos culturales de mi país mejor que los nativos.

¿Cuáles serían esos recursos? Todos los que componen la cultura de un lugar. La identidad cultural catalana no existe, lo que hay en Cataluña es un compendio de recursos culturales entre los que están la lengua, el paisaje, la gastronomía, la historia, la relación que aquí se da entre el mar y la montaña, Salvador Dalí y las playas de Sitges, por mencionar algunos. Esos elementos no componen ninguna identidad colectiva ni son propiedad de esa entidad política llamada Catalunya, son de quien quiera explorarlos y activarlos.

¿Y cree que se perciben así? No, por eso surgen los problemas. En el conflicto que hoy se vive en Catalunya echo en falta una reflexión, previa a la política, que atienda a los recursos culturales que hay en esta comunidad, muchos de los cuales son comunes con España y otros no, y que explore cómo activarlos mejor para obtener mayor provecho de ellos. Ese trabajo se debería haber hecho antes de plantear el dilema de la independencia, que es algo sobre lo que no tengo opinión y que deberán decidir los ciudadanos. De hecho, si se detienen a analizar esos recursos culturales, encontrarán la respuesta de si para Catalunya es mejor independizarse o seguir en España.

¿Qué percepción tiene de este conflicto? Me decepciona ver que el debate se ha cerrado sobre la cuestión identitaria y todo se ha planteado en términos de choque mediático-político. Solo se habla de la correlación de fuerzas que hay entre un bando y el otro, pero nadie se para a explorar previamente los recursos culturales que ambos tienen en común y los que distinguen a unos y a otros. Y en esa forma de actuar, el papel de los medios ha sido decisivo.

¿Los medios? ¿A qué se refiere? No nos engañemos: en la Europa de hoy los medios son el primer poder. Esto es algo que no hemos elegido los europeos, pero es así. El análisis político ha quedado superado por el espectáculo político-mediático, y el conflicto catalán no se ha librado de este signo de los tiempos. A los medios les interesa la polarización porque les da protagonismo y les aporta dinero, pero su papel no debería ser fomentar esa percepción extremista, sino introducir reflexión y poner el foco en los matices, en los territorios intermedios, en todo lo que hay en mitad de los binomios del sí o no, de independencia o unidad. 

¿Y cree que no se ha hecho? No. El conflicto se ha planteado en términos de choque entre extremos irreconciliables y la solución se ha fiado a que haya un vencedor y un vencido, pero así nunca se arreglará este problema, que tiene raíces más profundas. Podrá parecer que se ha solucionado por un tiempo, pero las aspiraciones del bando perdedor quedarán soterradas esperando el momento de volver a la superficie. La tensión entre Catalunya y España no se resolverá por la fuerza ni obligando a los ciudadanos a elegir sí o no a la independencia, sino apelando a la cultura, reflexionando sobre quién es cada cual y dónde quiere estar. 

¿Tiene idea de por qué padecemos estos problemas en este país? España arrastra la condena de no haber resuelto ciertas cuestiones de su pasado en su momento. Tras el franquismo, aquí se decidió pasar página y partir de cero, pero tengo la sensación de que quedó algo soterrado sin arreglar, y que ahora reaparece. Cuando oigo hablar de república de Catalunya no solo escucho independencia, también oigo república, y eso está diciendo algo en términos políticos e históricos.

¿Cuál es ese mensaje? No lo sé, eso tendrán que verlo ustedes. En Francia resolvimos nuestras cuentas pendientes con nuestro pasado, tanto con la segunda guerra mundial como con la Revolución. Pero hay algo claro: los conflictos históricos, si no se solucionan, con el tiempo acaban volviendo. Y el conflicto catalán está hablando de un problema del pasado que no estaba resuelto.

Para casi la mitad de los catalanes, la solución pasa por que Cataluña sea un país independiente. ¿Qué le parece esta idea, en términos de filosofía política? En los tiempos que corren, plantear la creación de un nuevo Estado es un anacronismo vinculado a una concepción de nación ya caducada. La gestión política hoy es transversal, no local. Hay tanta gente defendiendo la causa ecológica en Barcelona como en París o Madrid. Entonces, ¿cuál es la nación del ecologismo? ¿De qué independencia hablamos si hoy dependemos de los mercados de capitales más que de nuestros propios gobiernos? 

Pues en Europa van al alza los nacionalismos. El nacionalismo responde con apelaciones identitarias a los retos que plantea la globalización, pero eso equivale a dejar que nos gobierne el miedo. Frente a esto, la solución no puede ser la separación y la exclusión, sino identificar los recursos culturales que nos unen a todos los europeos y activarlos. Seguir reclamando independencias hoy en día equivale a vivir en una burbuja. Las banderas y los himnos están muy bien para el Mundial de fútbol, pero la soberanía ya descansa en otro lugar. 

Una bandera une mucho. ¿Cómo contrarrestar ese poder de atracción? La bandera apela a la emoción, pero las emociones son variables, cambian con el tiempo. Lo que ocurre ahora mismo en Cataluña está conectado con fenómenos que están sucediendo en toda Europa y que tienen que ver con los cambios de paradigmas a los que asistimos a gran velocidad. Esto no va de banderas, es algo de mayor escala. Y aunque tiene el aspecto de una crisis, también es una oportunidad. Incluso para España.

¿A qué se refiere? Creo que en España no se ha pensado aún qué significa ser español en los tiempos que corren. ¿Cuáles son los recursos culturales de lo hispánico? ¿Están solo en España? ¿Y qué pasa en América Latina? ¿Por qué no se exploran los recursos culturales hispánicos que se comparten con esa comunidad? La crisis catalana es una oportunidad para que catalanes y españoles reflexionen sobre lo que son y lo que quieren ser. Y luego vendrá debatir si lo mejor es la independencia o seguir unidos. Pero esperar que un bando cometa un error para derrotarlo solo servirá para que el problema se eternice. 

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