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CASO NIDIA: HUESOS DE MUJER

Huérfanos por un crimen machista que resuelve el azar con 20 años de retraso

Un error telefónico reactiva y permite detener al asesino de una mujer de 32 años que llevaba huído de Barcelona desde 1997

EL PERIÓDICO
08/06/2018

 

Juan descolgó el teléfono del interfono y escuchó la voz de Rafael, el exnovio de su madre. Le preguntó si le había traído un huevo Kinder y Rafael respondió que sí, que bajara a buscarlo. Pero Nidia, su madre, se lo impidió sujetándolo por el brazo y le ordenó que se quedara en casa junto a Jennifer, su hermana mayor. Nidia sí bajó, a ver qué quería Rafael. Esa escena, la de su madre regañándole y descendiendo en solitario las escaleras del piso del barrio de Gràcia, Juan no iba a olvidarla jamás. Se iba a convertir en una secuencia que recordaría en bucle y que solo llenaría de significado con el paso del tiempo. Pero aquella tarde del 5 de octubre de 1997 no entendió nada, porque tenía 5 años y porque todavía ignoraba que esa era la última vez que iba a ver a su madre. 

Huesos de mujer en el Delta del Llobregat
En mayo de 1998, dos agentes del Grupo de Homicidios de la Policía Nacional, un hombre y una mujer, recibieron el encargo de investigar la aparición de unos huesos humanos, ocultos bajo ramas y malas hierbas, cerca del kilómetro 11 de la autovía de Castelldefels. Veinte años después, los dos policías hacen un esfuerzo para desenterrar de la memoria aquel caso. "El esqueleto estaba muy deteriorado por la acción de roedores. La autopsia concluyó que era una mujer joven, quizá americana, que llevaba muerta más de seis meses y que había fallecido violentamente. Existían hendiduras de arma blanca, incluso en el cráneo, muy cerca del ojo.

Junto a los huesos hallados en el Delta del Llobregat, aparecieron dos piezas de ropa de andar por casa: un top y unos 'shorts' de color amarillo. Para los policías acabó resultando de gran ayuda que la víctima usara una prótesis dental, que entregaron a un dentista. "Es mala -concluyó el odontólogo al verla-, han dejado de usarse en España pero todavía las llevan algunos ciudadanos de América del Sur", aventuró. Con aquella pista, los agentes se pusieron a buscar denuncias de personas desaparecidas en Barcelona de origen sudamericano. Encontraron una que encajaba: Nidia Rodríguez, con domicilio cerca de la plaza de la Llibertat.

La familia de esta mujer guardaba un vídeo doméstico en el que Nidia miraba a la cámara y sonreía. En comisaría congelaron aquella sonrisa, ampliaron la imagen y superpusieron la prótesis dental. "Coincidía al 100%", recuerdan. Los huesos eran los de Nidia, que llevaba desaparecida desde hacía ocho meses, cuando su exnovio, Rafael Alberto Burgos, ciudadano de la República Dominicana residente en Barcelona, camarero del desaparecido La Maison du Languedoc Roussillon, se presentó en casa y la engatusó para que le acompañara para entregarle los papeles del permiso de residencia que había negociado su gestor. La mujer picó y se marchó con él vistiendo solo lo que llevaba puesto encima: el top y los 'shorts' amarillos.

El pegamento de la familia 
Nidia Rodríguez nació el 23 de octubre de 1965 en Colombia. Emigró a Barcelona a comienzos de los noventa para reunirse con sus cuatro hermanas y sus padres, ya afincados en Catalunya. Llegó sin su marido, pero con un hijo en cada mano: Jennifer, la mayor, y Juan, el pequeño. Con formación de maestra de danza, encontró un trabajo cuidando a ancianos en una residencia ya desaparecida que estaba junto el puente de Vallcarca. El consulado colombiano la nombró responsable de las coreografías de las fiestas comunitarias. "Era tenaz, capaz de lograr todo lo que se propusiera", la recuerda Jennifer, su hija, que conserva más recuerdos de ella que Juan. "Muy protectora con nosotros, no podía ser más cariñosa. Cuando enfermábamos nos llevaba a la residencia para cuidarnos durante la noche", explica con una sonrisa mientras Juan la observa con la cara de quien ha escuchado esa historia decenas de veces y sigue dudando si forma parte de ella. "Era el pegamento que unía a toda la familia", la bautiza Jennifer.

Cuando Nidia desapareció, Jennifer tenía 8 años y Juan solo 5. Su familia puso una denuncia y se cansó de esperar a que alguien se tomara en serio la tarea de encontrarla. Acabaron contratando a un detective privado que los enredó. Al final, llamaron al programa Quién Sabe Dónde y eso despertó la atención de los medios de comunicación. "Venían cámaras al colegio y mis abuelos pensaron que sería mejor que regresáramos con ellos a Colombia", cree recordar Jennifer.

El crimen 
La investigación de Homicidios, tras identificar el cadáver de Nidia, concluyó que la había asesinado su exnovio Rafael. Él fue también quien abandonó su cuerpo de madrugada en la cuneta de la carretera. Después, Rafael, regresó a Barcelona y se curó en el CAP de Drassanes una herida en la mano que se hizo al acuchillar a Nidia enloquecido. A las 08.00 horas entró en la agencia Viajes Interaméricas S.A., en la calle de la Diputació, compró un billete de avión que se imprimió a las 08.16 horas y, ese mismo día, 6 de octubre de 1997, voló a Estados Unidos.

Rafael se esfumó sin avisar a nadie. Incluso dejó su coche, un Seat 1200, mal aparcado en la calle de Muntaner ni avisar en el restaurante. Y cuando la policía comenzó a buscarlo, ya llevaba un año fugado. En el 2001 se interpuso una orden de detención internacional contra él y la causa, abierta en un juzgado de Gavà, cayó en un sueño profundo.

Fantasmas del pasado
Tras algunos años en Colombia junto a sus abuelos, Juan y Jennifer volvieron a Barcelona. Y su custodia saltó de una hermana de Nidia a otra, como un sobrepeso molesto que caía encima de familias completas que mantenían el asesinato de Nidia como un tabú del que estaba prohibido hablar. "Intentaron hacerlo tan bien como supieron", les reconocen ellos. Aunque no era lo mismo que estar con Nidia.

"Un padre, a un hijo le repite las cosas tres veces, cuatro, las que hagan falta hasta que las entiende. Pero un familiar solo tiene tiempo de aclarárselas una a dos", explica Juan, para resumir qué supuso crecer sin su madre. "A los 17 años, me enfadé con mis tías y me fui a una oficina de la DGAIA en avenida Paral·lel", cuenta Jennifer. "Me buscaron un centro, me trataron muy bien, regularizaron mi situación legal en España y gracias a eso yo sí tengo todos los papeles en regla". Juan, sin embargo, cuando cumplió 16 años fue expulsado por última vez del colegio y comenzó a vivir con un primo. Con la inconsciencia propia de la edad, trabajó en negro y se olvidó de renovar los permisos, una combinación que le dejó en el limbo legal. Años atrás, fue citado a un juicio porque fue identificado durmiendo en una propiedad ocupada, pero olvidó presentarse a la cita y el juez colgó una orden de búsqueda y captura. Identificado poco después en un control policial, acabó en el calabozo, del que salió con una orden de expulsión del Estado -que sigue vigente- bajo el brazo.

"He confundido muchas veces a una mujer por la calle con mi madre", confiesa Jennifer. "A mí también me ha pasado", añade Juan. Ninguno de los dos presenció como enterraban los restos de Nidia porque estaban en Colombia. Tampoco hubo ningún asesino detenido por su muerte. Para ellos, la ausencia de su madre y la huida de Rafael formaban parte únicamente de un relato oral que los adultos les transmitían a regañadientes. Había lagunas de sobras que, a su edad, les permitían soñar que ella seguía viva. También para temer que un día se toparan con Rafael en un bar y para preguntarse cómo reaccionarían. "De más pequeño, fantaseaba con vengar a mi madre como hacen los superhéroes", explica Juan. Pero ni su madre era ninguna de esas mujeres por la calle ni se toparon jamás con Rafael. Y con el paso de los años, los dos hermanos asumieron que el ladrón de su madre se había escapado para siempre. 

El azar
En agosto del 2016 una llamada de la Policía Nacional a los juzgados de Gavà, que pretendía aclarar qué órdenes de detención internacionales seguían activas, preguntó por la de Rafael Alberto Burgos. La pregunta, que saltó de funcionario en funcionario durante el mes de vacaciones, llegó a quien correspondía alterada y formulada en clave de enunciado erróneo: "Han detenido a Rafael Alberto Burgos". El malentendido forzó la reapertura de la causa y a la familia de Nidia se le asignó un abogado de oficio, Ignacio Pérez, que abrió el sumario y se quedó absorto leyendo la historia de aquel crimen. Meses después, el letrado coincidió en un congreso con un diplomático de la República Dominicana -Rafael era dominicano- y le explicó el caso de Nidia. Este, tras escucharle, facilitó el contacto del enlace dominicano con la Interpol. A petición de Pérez, el juzgado de Gavà solicitó al trabajador de Interpol información sobre Rafael. Funcionó. En la embajada dominicana de Nueva York constaba una dirección del exnovio de Nidia, que trabajaba como ayudante de cocina en un restaurante de la Quinta Avenida, junto a la torre Trump. El juez de Gavá ordenó que lo arrestaran. La policía americana se presentó en su casa y lo encontró. Rafael fue extraditado a España el pasado verano. De haberse cumplido los 20 años desde que murió Nidia, Rafael hubiera sido intocable. 

Actualmente, Rafael espera en prisión preventiva la celebración del juicio por el asesinato de Nidia, del que se declara inocente y culpa a unos proxenetas colombianos. Jennifer y Juan comparten piso en el centro de Barcelona. Ella ha encontrado trabajo de administradora en una inmobiliaria. Él cuida a ancianos. Como hacía su madre.

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