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FUTURO EN FEMENINO

¿Qué tienen las niñas en la cabeza?

Aunque algunas ya han planeado cómo será su boda y cuántos hijos tendrán, no están dispuestas a aceptar las mismas reglas que sus madres o abuelas

EVA MELÚS
30/12/2017

 

Nacieron entre el 2005 y el 2009. Han crecido, por tanto, con una de las crisis económicas más apabullantes de las últimas décadas como omnipresente referencia y con la cifra del 25% de paro, la que en muchos casos acabó con las aspiraciones sociales de sus padres para atracarlos en el ir tirando y «Virgencita, virgencita, que me quede como estoy». 

Desde que pueden recordarlo, en la Moncloa siempre ha estado Mariano Rajoy. «Debería saber hablar inglés», le recomiendan. Instagram y Snapchat siempre estuvieron ahí para ellas, junto a los 'smartphones' que les muestran un mundo donde conviven 'youtubers' como Paula Gonu, las Sweet California, Ariana Grande, el reggaeton, Mr. Wonderful o los libros de El Club de las Zapatillas Rojas. Fuera, otro mundo más extraño se ha ido transformando, de una forma u otra, por el efecto del 15-M, los movimientos de indignados, el cambio climático o el auge del terrorismo islámico. Son, hasta que alguien les invente un nuevo apodo, las chicas más jóvenes de la Generación Z, las 'posmillennials'. 


Claudia. / ROBERT RAMOS

Rita estudia en un colegio público en un populoso barrio de Barcelona y Laia S. vive con su hermana y su madre en un pisito del área metropolitana. Claudia, que estudia en una escuela concertada, reside en un chalet cerca de Barcelona. Laia L. ha crecido en el Eixample, a varias paradas de metro de donde vive Nayla, mientras que Luana se levanta todos los días en una casita con vistas al mar antes de acudir cada día a un colegio plurilingüe. Con esa cierta sensación de omnipotencia de la infancia, nos hablan de los chicos y de las chicas, de políticos y de fútbol, de futuro y de sueños. 

La boda
Paula fue el nombre de niña más socorrido en Catalunya durante los años 2005, 2008 y 2009, aunque entre las nacidas en esta época abundan también las Laias, el nombre más puesto en el 2006, las Julias o Júlies y las Carlas. Carla, precisamente, es el nombre con el que Rita (9) planea bautizar a su hija, que para más señas será la gemela de Pau. «Más adelante quizá cambie», advierte. «Me gustaría casarme a los 20 o a los 21 años y tener hijos para que sientan la felicidad que yo siento por estar viva», explica. Tal cual. Por ahora, Rita tiene previsto casarse en una iglesia. «Una donde no haya tumbas, porque soy un poco supersticiosa y creo que da mala suerte pisar donde hay muertos», confiesa la pequeña. Y no piensa irse de Barcelona si eso implica dejar atrás a su pareja y a su prole: «No me apetece viajar, porque no soportaría estar separada de ellos».

Las dos Laias, de 10 y 12 años, también tienen planificada la ceremonia matrimonial ideal. La mayor, Laia L., que se debate entre la peluquería aprendida entre Nancys y el periodismo, sueña con un vaporoso e inmaculado vestido de princesa. «Porque siempre me ha gustado mucho Disney», argumenta. Su viaje de novios, por otra parte, será a París, Venecia o Viena. «Son las tres ciudades que me gustan más, aparte de Barcelona», señala. 

«Mi boda será en la playa, por la noche, cuando se vayan las luces, que es un momento muy bonito. Mi vestido será blanco, con una cola muy larga y el novio será moreno, alto, con los ojos azules. También tiene que saber cocinar, para que podamos hacer platos en familia, todos juntos, en la cocina», explica Laia S., la pequeña.

Ella, que quiere ser cocinera y es hija de padres divorciados, apunta después que esto de casarse hay que pensarlo muy bien: «Tienes que tener la confianza de que la persona que elijas va a estar contigo siempre que lo necesites. Si al final no vas a estar cómodo con esa persona pues es mejor que cada uno siga su camino». 


Nayla. / JOAN PUIG

A Nayla (10), por su parte, solo la idea del banquete ya la agobia. «Viviría en pareja, pero no me casaría. Nunca voy a bodas. No me gustan, porque hay demasiada gente», confiesa. Aspirante a pediatra, tiene claro que no quiere tener hijos propios. «Me gustan los niños de los demás. En el colegio, por las mañanas, voy al aula de acogida y juego con los niños más pequeños. Me lo paso bien. Pero los niños dan mucho trabajo», explica. Su padre, que no se pierde la entrevista aunque simula que está preparando la cena, asiente: «Yo le digo que quizá un día cambie de opinión, pero lo ha dicho siempre». 

Feminismo
Desde el extrarradio más tranquilo del área metropolitana, Claudia (11), que está en sexto de primaria y quiere ser jueza, también tiene sus pegas a la perspectiva de ser esposa y madre en el futuro. «Depende», reflexiona. «Por una parte, no me apetece, por lo que veo por la televisión, porque algunos maridos pegan o matan a sus mujeres y no me gusta. Hay hombres que piensan que son más que las mujeres, que nosotras solo servimos para estar en la cocina. Si yo tengo una pareja será para estar con alguien que me trate bien, como a una reina. Sobre todo, lo que más, que no sea machista», señala. «No puede ser que los hombres manden sobre las mujeres y que haya mujeres que mueran por eso», remata su hermana María, que acaba de cumplir los 13 años, desde otro rincón de la habitación. 

«Yo soy feminista», continúa Claudia, menuda pero firme. «Hay que defender los derechos de las mujeres. Me molesta, por ejemplo, cuando oigo eso de Mercadona… ¿Y por qué no Mercahome? ¿O es que son solo las mujeres las que tienen que ir a comprar? A veces vas al súper y casi todo son mujeres. ¡Solo algún hombre!», señala con retranca, pero con una indignación que es real. 

Claudia, que este año ha empezado a jugar a tenis, explica que «en todos los deportes, en general, hay una parte de machismo» y ser profesional del deporte es mucho más difícil para una mujer que para un hombre: «Los partidos de los hombres son los que se llevan la fama y los que salen en la televisión. Las chicas están muy lejos de tener esa atención». 

«Ser mujer o ser hombre no determina ser mejor o peor, como que tus padres sean de un país o de otro o de una raza u otra», apunta Rita, que insiste en que la igualdad de oportunidades tiene que ser incuestionable para todo el mundo: «Yo, por ejemplo, dibujo mejor que un niño. Todos tenemos nuestras dificultades y nuestras habilidades seamos chicos o chicas, y no por eso unos deben tener más derechos que otros. Debemos vivir en paz». Amén. Rita, con un mundo interior desbordante y un vocabulario que ya quisiera algún universitario, quiere ser pintora como su padre y anda todo el día dibujando personajes de anime y manga. «Aún no he vendido ningún cuadro. No sé si los venderé o me los quedaré todos», desvela, por cierto.


Rita. / JORDI COTRINA

Laia L. añade que los estereotipos machistas encorsetan tanto a las mujeres como a los hombres. «Mis padres se reparten bastante el trabajo de casa, pero sé que no es igual en todas partes. Parece que las mujeres y los hombres tienen que ser de una determinada manera, pero puede haber padres a los que les guste mucho cuidar de sus hijos y madres a las que les guste ser mecánicas», explica. Ella, que estudia danza clásica desde muy pequeña, recuerda que por su antigua academia solo pasó un chico y que solo aguantó un trimestre. «En mi nueva academia hay un chico que lleva más tiempo bailando, pero ellos no suelen bailar ballet. Quizás piensan que es una cosa de chicas, pero les diría que eso no es verdad», explica. 

Laia S. asegura que ser mujer u hombre no afecta a la carrera profesional hoy día. «Antes, sí. Pero ahora, si un hombre o una mujer dedica el tiempo suficiente a estudiar puede hacer lo que quiera», afirma. «Yo también lo creo», dice su hermana mayor, Paula, que tiene 13 años y está en 2º de la ESO. «Aunque pocas veces he visto mujeres conduciendo camiones, como mi padre. Todavía hay trabajos que son más habituales en hombres y otros en mujeres».  

Los chicos
Hay consenso, por otra parte, en que chicos y chicas son distintos. «Las chicas suelen ser más obedientes. Hay algunos un pelín loquillos», afirma Luana (8), la benjamina. Claudia asegura que «ellos son más impertinentes. Se portan mal con las chicas, con las profesoras… Se hacen los chulitos y siguen siendo muy infantiles», afirma. «Son muy brutos. Los de sexto aún no han madurado», apostilla su hermana mayor, Maria, que está en 2º de la ESO. «En mi clase algunos niños han cambiado y hablan con nosotras. Otros siguen siendo infantiles y solo piensan en videojuegos y en fútbol», añade. 


Laia S. / ROBERT RAMOS

La pequeña, futura jueza y que ya hace sus pinitos como mediadora en los conflictos de la clase, afirma que si dos niños se enfadan, al día siguiente están bien, pero las niñas acostumbran a ser más rencorosas. «Eso es lo que suele pasar en sexto. Antes no ocurría», puntualiza. «Aunque si dos chicos se enfadan, lo más probable es que acaben pegándose. No pasa mucho, pero pasa. Las niñas se hacen más daño verbalmente», explica. 
Rita señala que todos tenemos una idea definida de lo que es un niño y lo que es una niña. Seguramente demasiado, apunta. «Una chica que es más más movida y juega al futbol diría que parece que es más como un chico, y un chico que es más tranquilo, que no juega al fútbol y que no molesta a los otros, es más como una chica», asegura. 

El patio
«Ellos a veces creen que son mejores que nosotras porque son más fuertes y creen que te pueden hacer daño, pero una chica puede tener una fuerza que ni te imaginas y ser más fuerte que un chico», asegura Laia S. El recreo hace más evidentes las diferencias que se intuyen en la clase. «Yo juego a veces con niños en el patio, pero acabo juntándome con las chicas. Tenemos un sitio que es más para nosotras, aunque a veces viene algún chico. Nos ponemos por ahí y hablamos de las colonias, de las vacaciones o de sueños. El mío sería viajar a Nueva York o a Inglaterra, para aprender mucho inglés. Ellos juegan más al fútbol», comenta. «La mayoría de los de mi clase piensan que el rosa es solo de chicas, y el fútbol, solo de chicos, pero no es verdad. Yo no lo pienso, aunque no me guste el fútbol porque no me gusta», añade.

Nayla, que ahora está en quinto, es una de las dos o tres niñas de su clase que prefiere jugar al fútbol en lugar de ir al rincón de las chicas. «A las niñas les gusta más hablar de lo que pasó ayer o de lo que hicieron en verano. No les gusta jugar a fútbol porque dicen que los niños pegan patadas. Es verdad que a veces las dan, pero es sin querer», dice. Por una u otra razón, ella confiesa que casi siempre juega de portera. 

Para Nayla, la familia y los amigos son la definición de la felicidad. «Son lo más importante del mundo. Me hacen sentir bien, porque me hacen feliz», explica. Encontrar el círculo de confort no siempre es fácil. Laia S. opina que «hay niñas que al ser más gorditas, por ejemplo, no son aceptadas». A ella misma, afirma, le gustaría estar un poquito más delgada «por salud y por estética», pero apunta que hay que mirar más allá. «Pienso que la amistad es mucho más que como eres por fuera», reflexiona. 

Políticos
Laia S., precisamente, es popular en su clase y este curso ha sido elegida por sus compañeros para representar a su colegio en el Consell d’Infants, un órgano de gobierno municipal de carácter consultivo en el que participan todas las escuelas del municipio. «Está bien –explica– porque recoges las ideas de los demás niños para saber lo que piensan e intentas mejorar la vida de la gente», dice. «Creo que los políticos, muchas veces, en lugar de escuchar las opiniones, hacen las cosas según su criterio y por eso no va bien», reflexiona. 

«Yo no creo en los políticos. Los políticos me están decepcionando muchísimo», añade Rita, visiblemente apenada. «Dicen una cosa y después hacen otra. Nos están llevando a guerras, que estropean el medioambiente y no son capaces de solucionar los problemas», prosigue. 

Rita tenía 3 años en el 2011, cuando comenzaron las sentadas del 15-M en Puerta del Sol de Madrid y posteriormente las de la plaza de Catalunya en Barcelona. Las acampadas fueron un catalizador del desencanto con los políticos y las demandas de sistemas de toma de decisiones más horizontales, de algo distinto a las estructuras tradicionales de partidos. 


Luana. / ALBERT BERTRAN

Laia L., por su parte, también participa de cierto desencanto. El año pasado, en quinto, ganó el concurso de los Jocs Florals de su colegio con un trabajo sobre los refugiados de la guerra de Siria, un tema con el que está muy concienciada: «Considero que es bastante injusto. Hay mucha gente que está sufriendo sin tener ninguna culpa. ¿Qué haría cualquiera si estuvieran bombardeando su casa y lo estuvieran perdiendo todo? Los políticos no han sabido responder a esto», señala.  

Cambio climático
El cambio climático preocupa especialmente a una generación que ha crecido oyendo las alertas científicas en cada telediario y hereda un planeta en situación de máxima fragilidad. La mayoría tiene una idea bastante exacta del presente. «Hay más gases que se acumulan en la atmósfera, generando calor y un cambio en la temperatura general», explica Claudia. «Sé que los polos se están deshaciendo y eso está subiendo el nivel del mar, provocando inundaciones», señala Laia L.. 

También tienen en mente ideas para el mañana. «Espero que en el futuro haya solo coches eléctricos. El otro día estuve en Madrid y casi no se podía ver el cielo porque había mucho humo, porque muchos coches usan gasolina», dice Luana. «Yo me imagino que en el futuro todos los coches irán volando y creo que funcionarán con agua. O quizás con limón, porque es ácido», apunta Nayla.

Rita, de nuevo, va al meollo de la cuestión. «Solo tenemos un planeta y hay que cuidarlo bien. Pero si unos lo hacen y otros no, no solucionaremos nada. Tenemos el mundo plagado de basura. Yo he visto en televisión las islas de basura que hay en el mar. ¿Tú eres de las que reciclan, no?», interpela, de repente. 


Laia L. / JOAN PUIG

«En el cole hay algunas papeleras de diferente color para separar la basura, pero nosotros no reciclamos en casa, porque los contenedores para plástico o papel están muy lejos», explica Claudia. «Yo le digo a mi madre que tenemos que reciclar y poner la basura en cubos diferentes. El año pasado intenté crear una estructura con trozos de madera como separadores y diferenciados por colores, pero al final se rompió», explica bajando la cabeza con pesadumbre. 

Luana, en cambio, no recicla en el cole pero sí en casa. «Es importante, porque con el orgánico se puede hacer compost para las plantas, y con las latas se pueden hacer otras latas o cosas diferentes», argumenta. Luana, que habla perfectamente castellano, catalán, inglés, italiano y algo de ruso, está ansiosa por disfrutar de un planeta lleno de vida: «Me gustaría mucho viajar por el mundo. Desde que cumplí 6 años quiero ser veterinaria. Por eso voy a leer mucho y mucho, para aprender a cuidar a los animales. Me encantaría viajar a Australia, que está lleno de animales». ¿Y casarse o tener una familia? «Eso todavía no lo he pensado», contesta. Para lo que sea, tiene tiempo.  

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