Almendralejo
Alemania, Palma de Mallorca y Lupe Cano
Guadalupe Cano y Juampe Gragera trasladan todo lo aprendido de pastelerías alemanas y baleares de Palma de Mallorca hasta Almendralejo, donde la Pastelería Lupe Cano, en apenas un año, ha logrado convertirse en referencia gracias a su especialidad en tartas de queso y tartas personalizadas

Juampe Gragera y Lupe Cano en su obrador. / R. Morán
Hay decisiones que se van amasando poco a poco, como una masa que necesita reposo antes de entrar al horno. La de Lupe Cano empezó hace años, cuando todavía trabajaba para otros y sentía que, aunque aprendía, le faltaba libertad para crear, para innovar, para hacer exactamente el producto que a ella le apetecía vender. “Yo había trabajado para otros, pero quería montar mi propia empresa, innovar y no tener un patrón establecido”, explica. No quería limitarse a repetir recetas; quería construir su propia idea de pastelería, y esa idea terminó tomando forma en Almendralejo.
Natural de Navalvillar de Pela, Cano estudió Restauración en Cáceres, una etapa que recuerda como el punto de partida real de todo lo que vino después. Ya en sus primeras Navidades estaba metida en un obrador, probando lo que significaba la campaña y confirmando que aquello era lo suyo. “En cuanto acabé de estudiar probé en una pastelería y luego volví a otra tradicional de Cáceres”, señala. Allí aprendió la base del oficio, pero pronto sintió que necesitaba ampliar horizontes, salir de su zona conocida y enfrentarse a otras formas de trabajar.
Ese impulso la llevó hasta Mallorca, como a tantos jóvenes que buscan oportunidades fuera de Extremadura, y lo que en principio iba a ser una temporada terminó convirtiéndose en ocho años de aprendizaje. Allí entró en una pastelería alemana que poco tenía que ver con el concepto clásico de dulce. “No tenía nada que ver con los dulces que yo conocía”, reconoce, pero precisamente por eso le permitió abrir la mente, perfeccionar técnica y entender que la pastelería también podía ser innovación, precisión y detalle. En ese mismo periodo conoció a Juanpe, su marido, quien trabajaba en una pastelería mallorquina especializada en productos típicos de la isla, con una fuerte base artesanal y tradición consolidada.
Con el paso del tiempo formaron una familia y, tras el nacimiento de su hija, decidieron regresar a la península y establecerse en Almendralejo, localidad natal de Juanpe. Para Cano era prácticamente empezar de cero en una ciudad donde quería seguir vinculada a su oficio. “Yo quería seguir en la pastelería, pero no encontraba ningún sitio que me gustara”, afirma. Fue entonces cuando comenzó a plantearse seriamente la idea de montar su propio negocio.
Una aventura
El proceso no fue sencillo. Desde enero hasta agosto de 2024 estuvieron estudiando opciones, buscando financiación y enfrentándose a una realidad que, según reconoce, no siempre facilita las cosas a quienes quieren emprender siendo jóvenes y sin grandes avales detrás. “Esa búsqueda fue muy larga, no había grandes facilidades”, resume. Aun así, insistieron. Y el 10 de agosto de 2024, coincidiendo con la Feria de la Piedad, Pastelería Lupe Cano abrió sus puertas en Almendralejo. La respuesta fue inmediata. “Se agotaban las existencias, la acogida fue espléndida”, recuerda satisfecha.
El proyecto no nació al azar, sino desde la observación. “Tú miras alrededor y ves qué hace falta, qué no hay, y así orientas el negocio”, explica. Lupe es una auténtica apasionada de las tartas de queso y comprobó que no existía una especialización clara en ese producto en Almendralejo, así que decidió convertirlo en uno de los pilares del negocio. A esa idea sumaron las especialidades mallorquinas, creando así una combinación que une tradición y novedad en el mismo mostrador.
En Pastelería Lupe Cano se puede encontrar lo clásico, porque hay un público fiel a los sabores de siempre, pero el enfoque está claramente orientado a un modelo más innovador. “Buscábamos un público al que le atraigan las novedades, gente quizá más joven que tira más por lo nuevo”, señala, aunque sin dejar de ofrecer los productos tradicionales que siguen teniendo su espacio. Entre los más demandados menciona los fosquitos artesanos, el cremadillo mallorquín, la ensaimada mallorquina, los bollitos rellenos estilo pantera rosa o las palmeras de chocolate, aunque reconoce que “lo que más se vende son las tartas de queso y los bollicaos de los de toda la vida”.
Progresión
El crecimiento, además, no se limita al cliente que entra cada día en la tienda. Cada vez son más los bares y restaurantes de Almendralejo que confían en su obrador para ofrecer postres exclusivos. “Intentamos que cada restaurante tenga su propia tarta de queso hecha con nuestras manos, les damos esa exclusividad”, explica.
La personalización de tartas es otra de las señas de identidad del negocio. Trabajan con distintos tamaños y sabores, pero también diseñan tartas temáticas, con formas especiales y rellenos al gusto del cliente. “Las hacemos totalmente personalizadas según lo que nos pidan”, afirma, consciente de que en muchas ocasiones no se trata solo de un postre, sino de una parte importante de una celebración.
Cuando se le pregunta qué le diría a alguien que duda si emprender o no, Lupe no duda. “Todo hay que intentarlo. Puede salir bien o mal, pero nunca te quedes con la duda de algo que quieres hacer realidad”, asegura. En su caso, el salto fue arriesgado, pero hoy reconoce que son “muy felices y muy satisfechos haciendo lo que nos gusta”. Y quizá ahí está la clave de su historia, no es solo la apertura de una pastelería, sino el recorrido de una mujer que decidió dejar de trabajar bajo el patrón de otros para diseñar el suyo propio.
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