Almendralejo
Antonio Alcántara: "Mi Universidad ha sido el campo"
Con más de seis décadas trabajando la tierra en Almendralejo, Antonio Alcántara ha sido elegido por el Foro Agrario como el agricultor del año y recibirá un homenaje en el Acto Central de las Fiestas de la Piedad el próximo 14 de agosto

Antonio Alcántara entre viñedos de Tierra de Barros / cedida
Hoy en día se lleva mucho eso de acumular títulos en las paredes, pero hubo una generación que aprendió mirando al cielo, leyendo la tierra y escuchando a quienes les precedieron. Antonio Alcántara Barrera pertenece a esa escuela. A sus 78 años, después de toda una vida entre viñas, cereales y vendimias, sigue acudiendo cada mañana a sus fincas con la misma ilusión que aquel niño que, con apenas once años, decidió que su futuro no estaría en las clases, sino en el campo. “Lo que soy hoy lo he conseguido en las tierras, igual que un médico tiene su carrera, la mía ha sido esta”, resume con orgullo. Una carrera de vida que este 2026 continúa al ser galardonado como Agricultor del Año por su ciudad natal.
Su historia comienza en una familia donde la agricultura era el motor del día a día. Nacido en Almendralejo en septiembre de 1947, creció rodeado de agricultores por ambas ramas familiares. Cuando terminó la escuela, su padre le dio a elegir entre continuar estudiando o incorporarse al trabajo. La respuesta la tenía clara desde hacía tiempo. “Tenía vocación y con once años empecé a trabajar en el campo”, recuerda.
Aquella agricultura poco tiene que ver con la actual. Antonio recuerda jornadas interminables en las que el trayecto hasta la finca se hacía sobre una mula. “Tardábamos una o dos horas en llegar y allí pasábamos todo el día, tanto en invierno como en verano”. El trabajo era completamente manual y los ritmos los marcaban la naturaleza y las estaciones. Entre aquellas tareas, una de las imágenes que conserva con más cariño es la de acompañar a su padre a la era cuando se trabajaban los cereales. “Para mí era una ilusión de niño”, recuerda.
La vendimia también ocupó muy pronto un lugar protagonista en su vida. Su familia contaba con una pequeña bodega y él era el encargado de transportar la uva hasta allí. Después llegaba el momento de elaborar el mosto con una modesta maquinaria que, con los años, fue modernizándose. “Primero teníamos una máquina muy pequeña, luego compramos una continua y, cuando tenía unos veinte años, entramos en una cooperativa por primera vez”.
Y es que Antonio ha sido ojos de una evolución que considera casi inimaginable. “El cambio del campo ha sido a pasos agigantados”, afirma. De aquellas jornadas a lomos de una mula a la mecanización actual han pasado décadas de avances que han cambiado la forma de trabajar. También la viña ha evolucionado. “Antes se criaba durante dos o tres años hasta que empezaba a dar uvas”, explica, recordando una forma de cultivar muy distinta a la que conocen hoy las nuevas generaciones.
Sin embargo, no todo ha cambiado para mejor. Antonio observa con preocupación el presente del sector. Los costes de producción aumentan mientras el precio que reciben los agricultores disminuye. A ello se suma otra dificultad que considera decisiva. “La gente no quiere trabajar en el campo”. Una situación que, en su opinión, pone en riesgo el futuro de una actividad imprescindible y que cada vez encuentra más dificultades para encontrar relevo.
Ese relevo tampoco llegó a su propia familia. Ninguna de sus dos hijas continuó con la explotación agrícola. Lo cuenta con serenidad, aunque reconoce que le habría hecho ilusión mantener viva la tradición familiar. “Aquí, conmigo, se acaba la saga”, dice. Aun así, encuentra esperanza en algunos de sus sobrinos, que sí mantienen ese vínculo con la agricultura y continúan trabajando la tierra.
Pese a su edad, Antonio sigue sin entender la vida lejos de la tierra. En unos días comenzará una nueva vendimia y, aunque ya no participa físicamente en la recogida de la uva, continúa supervisando cada detalle. “Ya no voy a vendimiar, pero voy allí, veo cómo hacen las cosas y estoy pendiente de todo”. Porque, asegura, esa sigue siendo su mayor ilusión. Además, Antonio es zahorí y todavía hoy son muchas las personas que recurren a él para localizar aguas subterráneas en sus fincas.
Toda esa trayectoria es la que ahora ha querido reconocer el Foro Agrario con un reconocimiento que Antonio ha recibido “con muchísima ilusión”. Un tributo a toda una vida dedicada a la tierra, pero también a una manera única de entender el trabajo y la agricultura., porque además, continúa colaborando en la organización del tradicional Concurso de Melones y Sandías de las fiestas de Almendralejo, dejando ver así que, aunque los años pasen, su compromiso y su amor con el campo permanece como el primer día.
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