Cotidianidades

Fiesta de Fin de curso en Badajoz

El día de la fiesta los niños bailan en el patio una coreografía conjunta y cada padre graba con el móvil a su hijo

Fachada del colegio de Los Maristas en Badajoz.

Fachada del colegio de Los Maristas en Badajoz. / LCB

Diego Algaba Mansilla

Diego Algaba Mansilla

Voy en el coche, en la radio suena el programa de Pilar Boyero ‘Soy lo prohibido’ y el ‘granaino’ Carlos Cano canta ‘María la portuguesa’. Paso por San Andrés, el suelo es blanco y negro, un empedrado portugués que parece pintado por Eduardo Naranjo. Desde su pedestal, Zurbarán me mira con los pinceles en la mano como si quisiera pintarme. Esta es una de las plazas que más me gusta de Badajoz. Estamos a mitad de junio, una fecha rara donde hay acontecimientos cercanos que no acaban de llegar: las vacaciones escolares, la feria de San Juan, el calor de verano. Un junio en el que los niños en la escuela soportan la subida de temperatura después de un año de estudios y los maestros también aguantan el calor. Las aulas no tienen aire acondicionado, es más difícil rendir con calor, ¿por qué? No lo sé, estoy seguro de que hay alguna respuesta científica. 

Quedan los últimos días, los últimos exámenes, el último empujón para niños, padres y maestros. Luego vienen las vacaciones, ¿qué se hace con los niños en vacaciones? Esa es otra historia en la que ya pensaremos luego. Ahora vienen las fiestas de fin de curso. En el colegio de mi hija se celebran en el patio, un patio inmenso con partes asfaltadas y partes de tierra. Hay pistas de balonmano, voleibol, fútbol sala, un pabellón de baloncesto y un frontón. En mi colegio solo había un aro en la pared para encestar el balón.

Plaza de Cervantes, con la estatua de Zurbarán, en Badajoz.

Plaza de Cervantes, con la estatua de Zurbarán, en Badajoz. / DAM

Cada curso ha preparado una coreografía ensayada con sus maestros. Los maestros valen para todo, también para el baile. En el colegio lo primero que les enseñaron fueron las letras y la lectura, luego cada uno emplea esta herramienta como quiere. La mayor fortuna que puede tener el ser humano es saber leer. Leer es lo más necesario para llegar donde cada uno quiera. A leer enseñan los maestros. Los niños bailan en el patio, los padres los vemos en directo. No, eso no es cierto, cada padre mira a través de la pantalla del móvil, cada uno graba al suyo perdiéndose la actuación del grupo, no apreciamos la coreografía en su conjunto. Cuando no había móvil, disfrutábamos de los espectáculos en directo y al completo, como mucho alterábamos la emoción encendiendo la llama de un mechero. 

Como les digo, yo iba a un colegio de patio chico que tenía un aro en la pared para jugar a baloncesto. De mi colegio no salió ningún baloncestista, aunque hubo ingenieros, arquitectos, profesores, médicos, aventureros, electricistas, carpinteros, políticos y hasta un churrero. Los sábados y domingos íbamos a los Maristas. Los Maristas abrían sus puertas y los niños de las escuelas sin patio jugábamos al fútbol en sus instalaciones. Siempre estaban por allí el padre Daniel y el padre Paco que nos trataban como si fuéramos alumnos, aunque no eran nuestros maestros. Aquel no era nuestro colegio pero pasábamos el fin de semana en sus campos jugando al fútbol. Por entonces había pocas instalaciones deportivas en Badajoz. El padre Paco tenía una potente voz ronca, creo que era maño, de un pueblo de Zaragoza. Jugaba con nosotros a fútbol y a frontón, vivía cada partido con pasión, como si fuera una final importante. Todo lo que corrí por la tierra de los Maristas cuando no era de los Maristas, es lo que no corre ahora mi hija que si es de los Maristas. A ella no le gusta correr y menos jugar al fútbol. 

Grabaciones

El día de la fiesta los niños bailan en el patio una coreografía conjunta y cada padre graba a su hijo. La maestra ha elegido un baile sacado de Youtube, ‘Mamma mia!’. La maestra de mi hija se jubila este año al finalizar el curso. Sé que los niños le han cogido cariño y ella a los niños también. Yo no la conozco mucho, no voy por allí, no soy de esos padres «guay» que están todo el día participando en actividades del colegio y preguntando cómo van los niños, sé que la mía está bien, saca buenas notas y le gusta ir a clase, con eso me conformo. El día de la fiesta, Marcelina, la maestra, está al borde del escenario, no sé si de la lágrima, es su último baile como maestra. Marcelina mira con emoción los movimientos de sus niños. Hoy viste de forma juvenil con pantalones vaqueros y camiseta, este es su último curso. ¿Qué estará pensando? ¿Cuántas generaciones habrán aprendido con ella a dividir con decimales, analizar frases, hallar el volumen y la superficie de figuras geométricas, a ser educados, respetuosos, a ser mayores.

El último curso de una maestra es igual de emotivo que ilusionante el primero. Nosotros cuando teníamos doce años no bailábamos, no celebrábamos el final de curso, nos daban las notas y salíamos corriendo. Mi hija tiene un patio grande y compañeros y compañeras de clase y de baile, nosotros éramos solo compañeros y no hacíamos bailes. 

Catedral de Badajoz, en plaza de España, entrando por López Prudencio.

Catedral de Badajoz, en plaza de España, entrando por López Prudencio. / LCB

López Prudencio

Subo por la calle López Prudencio, paso por el club taurino, que está cerrado. El semáforo me para en el convento de las Carmelitas, monjas de clausura que no sé si seguirán vendiendo los recortes de hostias consagradas que comprábamos cuando éramos niños. Monjas de clausura, mujeres que se encierran voluntariamente de por vida en un convento. Alguna vez las he visto en un hospital con el hábito marrón y la cofia negra, cuando han tenido que hacerse alguna prueba, tanto la enferma como la acompañante. Me han llamado la atención por sus rostros de sosiego y paz, aunque a mí me entre claustrofobia solo de pensar que están en el convento de por vida. 

El semáforo se pone verde. Sigo, paso por el Ayuntamiento, avanzó. Frente a la puerta principal de la Catedral, en lo alto de lo que siempre fue la Ría de Vigo y ahora es una cervecería Gambrinus, lucen los carteles de este periódico ‘La Crónica de Badajoz’, siempre que paso veo detrás de la ventana una periodista con un ordenador encendido. En la crónica siempre hay alguien trabajando, empapándose de la actualidad local y nacional. La actualidad siempre es inmediata, dentro de diez minutos ya no es actualidad. Luego, nosotros, en casa, sentados en el sillón miramos el móvil para enterarnos casi en tiempo real de lo que pasa en la ciudad. 

El trabajo de un periodista es como el de las urgencias sanitarias, siempre hay que estar alerta, en cualquier momento puede surgir una emergencia/noticia. Es bonito y a la vez duro estar al día de las cosas que pasan, muchos viven mejor en la ignorancia. Sigo, en la sala Vaquero Poblador hay otra exposición. La puerta de la Diputación está abierta, no entro, eso no me corresponde a mí, esas cosas las dejo para otros.