El presunto autor del fuego, que vivía en un habitáculo contiguo, ingresó en prisión preventiva, pero ya está en libertad
Las víctimas del incendio del José Pache de Badajoz: "Cuando vi el colchón ardiendo no me lo pensé: salimos o morimos quemados"
Los dos okupas que resultaron gravemente heridos narran la pesadilla que vivieron la madrugada del 9 de diciembre de 2023: «No se veía nada, nos asfixiábamos; sentimos pánico», aseguran

Alan Pérez y Águedo Carayol, los dos hombres que resultaron heridos de gravedad en el incendio intencionado en el viejo campo de fútbol José Pache de Badajoz. / S. GARCÍA

Saben que están vivos de milagro. Sus cicatrices y las deformidades de sus dedos son la marca visible de su combate a muerte con el fuego. La secuela emocional la llevan dentro. Águedo Carayol González y Alan Pérez Pérez son las víctimas del incendio intencionado ocurrido el 9 de diciembre de 2023 en el viejo estadio de fútbol José Pache de Badajoz. 10 meses después, ya fuera del hospital, narran a LA CRÓNICA cómo vivieron el trágico suceso.
Águedo, como si de una película se tratara, recuerda cada detalle. Hacía apenas tres meses que okupaba junto a Alan uno de los habitáculos que se mantiene en pie entre las ruinas del viejo campo de fútbol. Cuenta que esa noche su compañero dormía en un camastro y él decidió salir a dar una vuelta. A medio camino, se percató de que se le había olvidado el paquete de tabaco y regresó a buscarlo. Cuando estaba de nuevo en la estancia, al girarse, vio cómo un hombre cambiaba el colchón que les servía de puerta por otro más grueso, lo encajaba con fuerza y le prendía fuego. «¿Tío, qué haces?». Es lo poco que le de dio tiempo a gritarle antes de que las llamas comenzaran a brotar con virulencia y el humo inundara rápidamente la estancia donde estaban.
Rápidamente, tiró de Alan, que se despertó del golpe al caer de la cama. «Cuando vi el colchón ardiendo no me lo pensé: salimos o morimos», cuenta Águedo. Lo agarró para moverlo, se quemó las manos y el pecho. «No se veía nada, nos asfixiábamos; sentimos miedo, pánico...», rememora.
El autor del incendio había colocado unas tablas para dificultar la salida, que también rompió a patadas. La Policía Nacional y los bomberos estaban ya en la puerta. «Un policía me dijo que me echara para atrás, que iba a romper las tablas, pero no me esperé... Me preguntó, ¿hay alguien más dentro? Una persona». Era Alan, que ya había perdido el conocimiento.
13 días en coma
Águedo recuerda con claridad cómo fue trasladado al Hospital Universitario, cómo le cortaron las ropas que llevaba pegadas al cuerpo y, sobre todo, «los dolores de muerte» que sentía. Fue consciente de cómo decían que lo llevaban al helipuerto y cómo subieron la camilla al helicóptero que lo trasladó a la Unidad de Grandes Quemados del Hospital de Getafe (Madrid). Oía el ensordecedor sonido de las hélices. Luego fue todo silencio. Estuvo 13 días en coma.

Águedo muestra algunas de sus cicatrices. / S. GARCÍA
«Me vi los huesos calcinados», dice Águedo mientras levanta sus manos para mostrar las cicatrices. Las tiene también en los brazos y en el torso y le tuvieron que quitar piel de una pierna para hacerle injertos en las zonas afectadas.
Los recuerdos de Alan comienzan en la Unidad de Grandes Quemados de Getafe. Salió inconsciente del José Pache y cuando volvió a abrir los ojos estaba en una cama del hospital madrileño. Sufrió quemaduras en las manos y en la cara. Sabe que su amigo le salvó la vida. Tras recibir el alta en Madrid, pasaron por el hospital de Almendralejo y después por el Universitario de Badajoz. Tras una larga recuperación y muchas curas, este verano, recibieron el alta definitiva. Volvieron a la calle. Nadie contactó con ellos para interesarse por su situación y, según explican, solo la trabajadora del comedor social de Martín Cansado, a donde acuden a diario a comer, les está echando una mano.

Las manos de Alan con las marcas dejadas por el fuego. / S. GARCÍA
Ayuda
Su dolor es crónico y deberán tomar calmantes de por vida. Para poder percibir una pensión no contributiva por invalidez necesitan estar empadronados en un domicilio, que no tienen. Ahora se buscan la vida como gorrillas y siguen viviendo en la calle, pero no han vuelto al viejo campo de fútbol. «Cada vez que paso por allí y veo el cementerio y el José Pache, me entra rabia», reconoce Águedo, que cuenta los días para que desalojen y derriben de una vez por todas las ruinas que casi se convierten en su tumba.
«Cada vez que paso por allí y veo el cementerio y el José Pache, me entra rabia»
Tras el incendio, fue detenido como presunto autor del fuego otro okupa que vivía en el habitáculo contiguo al suyo. Ingresó en la cárcel de manera preventiva, pero «antes de los cuatro meses ya estaba fuera», lamentan. Tiene una orden de alejamiento, no se puede acercar a Águedo y a Alan a menos de 500 metros. Dicen que no tienen miedo a su presunto agresor y aún se preguntan por qué lo hizo. «Nos pasó sin hacer nada... nunca habíamos tenido ningún conflicto con él. Si le hubiéramos hecho daño, estando dormidos...».
«Pasé miedo en aquel momento, porque sabía que si no salíamos moriríamos, pero ahora no tengo», dice Águedo. Ni él ni Alan han pensado en marcharse de Badajoz, por ahora. El primero lleva en la calle desde 2016. El segundo media vida. Ambos quieren estar junto a los suyos en el futuro. Alan, padre de un niño de 2 años y medio, piensa en regresar a su Málaga natal, pero cuando ponga orden a su vida aquí. Águedo tiene tres hijos, uno menor de edad aún.
«La vida en la calle es muy dura, también es fuego», aseguran. Necesitan ayuda para tratar de salir adelante. Eso sí, se tienen el uno al otro. Permanecen unidos frente a las adversidades. Una amistad sólida frente al destino.
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