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Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer

25N, la voz de una víctima: «Me desperté en el hospital con la cara rota»

Tuvo que salir corriendo de casa con lo puesto tras varias amenazas de muerte e infinitas heridas de maltrato físico y psicológico. Hace dos años que la cantante pacense Monik de Salas volvió a Badajoz tras dejar su vida en Mallorca. «Todavía no me siento aliviada, quiero justicia», asegura

La cantante pacense Monik de Salas en el Hospital Centro Vivo de Badajoz, donde la semana pasada le puso voz al acto de los premios ‘Meninas 2024’.

La cantante pacense Monik de Salas en el Hospital Centro Vivo de Badajoz, donde la semana pasada le puso voz al acto de los premios ‘Meninas 2024’. / SANTI GARCIA

Rocío Sánchez Rodríguez

Rocío Sánchez Rodríguez

Badajoz

Intenta no dejar de sonreír con la mirada. «Era un tío con mucha cultura, hablaba seis idiomas...», dice. «Aún no tengo claro si he aprendido o desaprendido de la vida». Quien se expresa es Mónica o Monik de Salas, una cantante pacense que todavía no había cumplido los 18 cuando se marchó a Mallorca a hacer lo que siempre quiso: estar en un escenario. Lo logró. Era feliz con su carrera musical. Pero hace dos años tuvo que dejarlo todo y salir corriendo con lo puesto por amenazas de muerte de quien entonces era su pareja. Volvió a Badajoz, donde se ha reencontrado con su adolescencia y donde, a sus 50, busca un nuevo camino.

Los primeros meses tras su regreso estuvo «escondida». Poco a poco ha ido encontrando algo de luz y ahora su cuerpo le pide gritar. Es ahora cuando está preparada para contar qué le pasó. Lo hace con motivo del 25N, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Esta es su historia.

Los celos

La primera vez que le pegó ni siquiera fue consciente. «Me desperté en un hospital con la cara rota, con un golpe en la boca y otro en la cabeza. Me dijo que me había emborrachado y me había caído. Estábamos en Alemania, él era de allí. Ni siquiera pasó en una fiesta entre amigos, era una cena familiar».

«Yo sabía que había bebido varios chupitos de vodka y perdí el conocimiento. El paso del tiempo y su hermana me ayudaron a recordar».

Lo que ocurrió es que él le dio un puñetazo porque estaba celoso. «Yo era la única española y llamaba la atención. Todo el mundo quería conocerme y oírme cantar. Empezó a tratarme muy mal y terminé llorando».  

Mientras va poniendo en pie su relato, Monik es consciente de que el maltrato existió desde siempre: «Celos porque canto muy bien, porque voy guapa...». «Él se puede acercar a quien le dé la gana pero tú no, todas tus amigas son unas putas... Todo lo que está a tu alrededor es malo, solo lo suyo es bueno. Entonces tú te vas adaptando porque no quieres que se enfade. Porque entonces rompe cosas: la tele, los móviles, cristales que se te clavan... Luego vas al médico y le dices que has tenido un accidente. Al día siguiente te compra flores y te saca de paseo, y eres la mujer de su vida. Te quiere tanto que tú vuelves a enamorarte como el primer día. Entonces te dices a ti misma: un día malo lo tiene cualquiera». Fueron 14 años de relación.

Recuerda que intentaba contarle momentos felices en el trabajo pero «nunca escuchaba». «Me interrumpía para hablar de sus cosas. Yo he ganado mucho más dinero que él y eso le cabreaba».

Vivió noches de horas y horas de reproches e insultos. Sin parar. «Me llamaba puta, zorra... Lo tengo grabado en el móvil porque yo quería enseñárselo a algún médico, porque creía que él tenía algún problema de bipolaridad».

El engaño

Todo se precipitó el último año de relación porque, más allá de las «faltas de respeto habituales», Monik empezó a notar que había algo más. «Me volví una maniática, le registraba todo, y notaba que pasaban cosas. Él me hacía pensar que yo era una celosa, una desquiciada, una manipuladora». Había otra y otras. Cuando salió del infierno descubrió que además de tener una relación paralela era un putero. Cuando llegó a Badajoz tuvo que hacerse varias pruebas médicas para saber si le había contagiado algo. «Tú lo aguantas todo porque piensas que eres la única», lamenta.

Ya con esa sospecha de infidelidad hubo otra agresión. Le rompió una costilla. Una noche en que se hacía tarde y él no llegaba a casa. Fue a buscarlo y lo encontró con dos chicas. Monik llamó en ese momento a su hermana y se lo contó todo. «Ella me aseguró que había visto cosas raras cuando vino de vacaciones, pero no se atrevía a decírmelo».

Pero tras esa fatídica noche, al día siguiente, él le organizó una fiesta sorpresa en casa con amigos y una paella. Lo volvió a perdonar. «Tampoco sabía cómo salir».

La Navidad

Poco después de aquel episodio llegó la Navidad. «Si te enseño fotos... la mejor de mi vida. Hasta le escribí una canción».

Cuando pasaron las fiestas viajó a Badajoz para estar con su madre. Una vacaciones de 15 días. Él se quedó en Mallorca. «En ese tiempo todo mi mundo se cayó».

«Cuando hablaba con él por videollamada cada vez lo notaba más raro. Además, veía que estaba destrozando la casa. Él me decía que eran obras de mejora...».

Se había dedicado a organizar fiestas salvajes y había cavado un agujero en el patio. «Un vecino me avisó de que iba diciendo que me iba a matar a mí y a mis animales, nos iba a meter ahí dentro y después se iba a suicidar». Le aconsejaron que no volviera a Mallorca. Pero ella regresó.  

Él no apareció por el aeropuerto. Cuando Monik llegó a su casa le costó entender qué estaba pasando. De nuevo gritos, insultos... «Pretendía irse al día siguiente a Alemania y dejarme la vivienda así. Es que ni el váter estaba en su sitio. Y me llamaba desagradecida». Se refugió con una amiga. «Solo le dije: cuando estés más tranquilo, vuelvo y vemos qué hacemos». Salió con el bolso y lo puesto. No volvió más. Allí tuvo que dejar todas sus cosas. Toda su vida.

«Él estaba acostumbrado a que yo regresara. Esa vez no lo hice. Fue porque mi amiga me lo impidió. Yo estaba dispuesta».

¿Las consecuencias? Él la llamó sin parar al móvil hasta que la encontró. De nuevo voces en la calle, golpes en la puerta. «Me gritó que nunca me había querido, que no había sido feliz conmigo, que no servía ni para ser madre». Monik no puede evitar llorar cuando recuerda estas palabras. Se había quedado dos veces embarazada de él. Dos abortos naturales. «Yo era 13 años mayor que él, pero ese nunca fue el problema», afirma.

Fue el novio de su amiga quien llamó a la Guardia Civil. Desde ese momento se sintió arropada, sobre todo porque acudió una mujer agente que ya la conocía.

Es ahora cuando Monik cuenta que esa mujer guardia civil era una de las que había aparecido en casa en numerosas ocasiones alertada por los vecinos, que oían con frecuencia golpes y gritos. Pero ella siempre trataba de quitarle importancia cuando abría la puerta y los agentes hacían preguntas. «Pero esa mujer me llamaba una vez al mes a mi móvil para saber cómo estaba». Una conversación muy escueta, con respuestas de monosílabos, sobre todo si él estaba presente.

El regreso

En su viaje de vuelta a Badajoz Monik tuvo escolta. Su riesgo era alto. «Todo muy raro, parecía yo la delincuente».

Cuando recuerda el apoyo que recibió en su llegada, repite una y otra vez el nombre de Puri -«no sé su apellido»-, agente de la Guardia Civil pacense que se convirtió en su luz. A ella no tuvo que explicarle nada porque ya había leído informes de Mallorca de su compañera de allí, aquella mujer que llamaba por teléfono a Monik. Había escrito frases como: «Asegura que está bien pero sé que miente».

«Puri me dijo que no hacía falta que yo denunciara». Ya se había actuado de oficio. Él se dio a la fuga. Tiene una orden de busca y captura. Está en Alemania. Se fue dejándole una gran deuda de alquiler, agua y luz.

El puzzle

Ahora Monik sabe que esas señales previas que vivió desde siempre y que achacaba a días malos tenían sentido: «De repente las piezas del puzzle de mi cabeza encajan».

Ahora es consciente de la de veces que se quedó paralizada. «Cuando una persona está detrás de ti y te hace una pregunta en uno de esos días raros, y tienes que tener mucho cuidado de lo que vas a contestar para que él no se altere... Tienes que decir lo que él quiere oír...», recuerda.

En Badajoz ha encontrado también apoyo en la asociación Victoria Kent. Va superando miedos: «Me aterraba ir a Portugal, de repente me temblaban las manos, me había llenado de temores, de inseguridades».

Y la pérdida de vida laboral. «Ha sido como retroceder en el tiempo. Vuelvo a vivir con mi madre porque con lo que gano aquí no me llega para otra cosa».

Piensa en el presente y el futuro cercano y reflexiona: «Tengo 50, mi padre murió con 60 y pocos. Debo calcular los años que me quedan de voz y de aguantar encima de un escenario, de estar sana mentalmente... Otro oficio no he hecho».

A lo largo de su relato se culpa muchas veces: «Estoy aprendiendo a no hacerlo», asegura. Pero «me enamoré de la persona equivocada», «no he sabido poner límites», «he sido permisiva» o «me he callado cosas» son algunas de las frases que usa.

«Yo no estoy bien, pero ya he visto una puerta. Al principio no veía ninguna. Quería suicidarme, morir con mi historia antes de admitir todo lo que me había pasado. Ahora me arrepiento de haber pensado así. Te juzgas más que nadie», expresa.

Reconoce que le hubiera gustado que todo hubiera sido más rápido, que la ayuda hubiera llegado antes. «Pero ya vuelvo a ser yo, aunque de otra manera. Y hay que quererse. Me ha costado mucho volver a pronunciar esas palabras».

-¿Y te sientes aliviada?

-Me siento engañada, aliviada todavía no. Aún no se ha hecho justicia.

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