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Historia de una noche de teatro

'La Loboneta': 3.150 kilómetros al año para ensayar con la murga

Salir de casa para ensayar en las noches de invierno es duro... y más aún si tu casa está separada del local por 35 kilómetros. Así es la rutina de estos cuatro miembros de la murga Yo No Salgo

De izquierda a derecha: Román, Torres, Rodríguez, Labrador y Macho, antes de cantar en semifinales con Yo No Salgo.

De izquierda a derecha: Román, Torres, Rodríguez, Labrador y Macho, antes de cantar en semifinales con Yo No Salgo. / ANDRÉS RODRÍGUEZ

Irene Rangel

Irene Rangel

Badajoz

La rutina de casi todos los murgueros suele ser la misma: salir de trabajar, cena, un beso a la familia y coche hasta el local de ensayo. Este ritual se repite en centenares de hogares al llegar las noches de septiembre y se intensifica en enero, cuando las murgas aprietan su ritmo para llegar al 100 % al López de Ayala. Un día a día que se vuelve complicado a medida que pasan os años y crecen las obligaciones, y que puede llegar a ser agobiante.

Esta es la historia de cuatro ‘fiebres’ del Carnaval de Badajoz, de gente ‘muy de su murga’. Ellos son Lucas Román, Pablo Torres, Álex Rodríguez y Juanma Labrador, componentes de Yo No Salgo y miembros de lo que ellos cariñosamente llaman ‘La Loboneta’. 

Tres de ellos viven en Lobón. Su casa está separada del local de ensayo por, exactamente, 35’8 kilómetros de distancia. El cuarto, Rodríguez, es de Talavera la Real. Todos ellos recorren diariamente ese camino para cumplir con el calendario establecido de ensayos, a pesar de que en sus localidades de origen también existen las murgas. «Es que mi grupo es este», dice uno de ellos.

El cómo llegaron a la murga es una carambola del destino. En el año 2009 Roberto Macho, de Lobón pero afincado en Badajoz, decide formar parte de una murga y elige esta. Poco a poco fue tirando de sus amigos.

«Yo llegué hace 8 años», explica Labrador, el siguiente en entrar. Lleva ya casi una década en esta situación. Tras él llegó Rodríguez, que confiesa que se acercaba a la murga en Carnaval porque ahí tenía a dos amigos ya acabó conquistado. De eso hace cuatro inviernos.

Román hizo de figurante estrella en 2022 y se quedó, y Torres afronta ya su segundo año. «Les comí la cabeza para entrar y aquí estoy». Tiene hasta un mote, ‘Pincelete’, aunque la explicación a por qué decidieron llamarle así no debe ser compartida, dicen sus compañeros. «Este grupo es el número 1, estar con ellos motiva a hacer estas cosas». 

Turnos para conducir

Cada noche, salen de casa 45 minutos antes que los demás. Se organizan para llevar el coche en turnos rotatorios. «Ensayamos a las diez así que quedamos a las nueve, pero siempre hay alguno que llega tarde o con la cena en la boca. Lo suelo organizar yo», dice ‘Pincelete’. En Talavera recogen a Rodríguez y siguen hasta Badajoz. 

Al terminar el ensayo, siempre después de media noche, emprenden el camino de vuelta y otros tres cuartos de hora después, llegan a casa. «A mí me merece la pena solo por los nervios que tengo por cantar en el López», confiesa Torres. 

En sus hogares soportan la situacion a base de organización y amor. «A mí quien me animó a estar en la murga fue mi mujer», explica Román, que además de una niña de 7 años, este año ha tenido una preciosa bebé. «Ella es partícipe». 

Se muestran rotundos al afirmar que esta situación es «sostenible en el tiempo», aunque agradecerían tener una sucursal de la murga en Lobón. «Cada vez somos más de allí. Quizá llegue el año en el que decidan alterner los ensayos: un día en Badajoz y otro en el pueblo». 

Por lo pronto, estos cuatro murgueros se hacen cada año 3.150 kilómetros para cumplir con sus obligaciones. Como de Badajoz a Cracovia.

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