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Desgranando el callejero

¿Quién fue Martín Arredondo y por qué tiene una calle en Badajoz?

Considerado el veterinario español que revolucionó la ciencia animal, este extremeño se ganó un lugar en el callejero pacense

La calle Martín Arredondo, en Badajoz.

La calle Martín Arredondo, en Badajoz. / S. GARCIA

Irene Rangel

Irene Rangel

Badajoz

Es una calle pequeña pero coqueta. En pleno Pardaleras tiene su placa de azulejos amarilla Martín Arredondo. A simple vista podría parecer un homenaje convencional más en el callejero urbano, pero al detenernos en su figura descubrimos una historia que atraviesa siglos, disci­plinas y territorios. ¿Quién fue Martín Arredondo y por qué se le concede un espacio físico en la ciudad?

Definido por su profesión

Martín Arredondo nació en la villa de Almaraz (Cáceres) hacia finales del siglo XVI —una fecha aproximada, ya que las fuentes no siempre coinciden— y desarrolló su carrera principalmente como 'albeitar' o herrador-tratante de caballos, oficio precursor de lo que hoy entendemos como veterinaria.

Durante un tiempo tuvo su residencia en Talavera de la Reina, lugar donde ya alcanzó un alto prestigio profesional en su campo. Sim embargo, lo que distingue a este veterinario no es su oficio sino sus estudios: los registros aseguran que fue el prime 'albeitar' hispano que supo incorporar una mirada "erudita y casi filosófica sobre el conocimiento de los animales de tiro o de monta", en especial, el caballo.

Su obra más conocida, titulada 'Flores de Albeytería' (1661), funcionó como manual de consulta para los profesionales de su tiempo y fue reeditada en varias ocasiones (1677, 1706, 1723 y 1728), siendo posiblemente el primer formulario terapéutico veterinario en lengua castellana. De él se llegó a decir que era "el albéitar más culto del siglo XVII".

Sus aportes científicos

Arredondo introdujo en su obra elementos que hasta ese momento eran poco habituales entre los albeitares: historia del oficio, formulación de fármacos, descripción de enfermedades, e incluso especificó que dedicar-se al estudio era indispensable para el buen albeitar. Por ejemplo, su obra aborda heridas producidas por arcabuz (un tipo de arma antigua) en los animales de guerra, un tema hasta entonces marginal.

También dedicó un capítulo íntegro a las “condiciones generales y costumbres particulares que el buen albeitar ha de tener”, en el que señala que el oficio requiere: “ser agudo, leído en Teoría, experimentado, muy ingenioso y con firme memoria… temeroso en las peligrosas, y cauto en el pronosticar, templado, y misericordioso con los pobres, y no sea codicioso del dinero”.

Todo ello revela que Arredondo quiso dignificar un oficio que en su tiempo se consideraba muchas veces de baja estopa, y le dio un marco casi universitario-profesional.

Obra de Martín Arredondo.

Obra de Martín Arredondo. / Museo de veterinaria

¿Qué vínculo tiene con la ciudad?

Arredondo no nació, vivió ni ejerció permanentemente en Badajoz, si bien sí que menciona la ciudad en su obra puesto que atendió aquí un caso que consideró de interés para ser publicado. Así, está documentado “un caso de lamparones en unos caballos sustraídos a los portugueses que trató en Badajoz”, así como “una receta obtenida de un cirujano del ejército residente en la misma población”. La ciudad fue, por tanto, lugar de actuación profesional y de difusión del saber de este experto.

Que una vía pública lleve su nombre es, además del reconocimiento a una figura relevante del mundo de la veterinaria, muestra del orgullo que la ciudad siente por este extremeño puesto que su figura refuerza la identidad cultural de Extremadura. En pleno siglo XXI, siendo la veterinaria una disciplina universitaria, quizá no se piense en los trabajadores de este ámbito que en el siglo XVI y XVII luchaban por dignificar la profesión.

No fue un gobernante, un hombre de armas o de letras convencionales. Tampoco una figura eclesiástica. Martín Arredondo fue un profesional que combinó oficio, estudio, curiosidad científica y vocación de servicio hacia los animales. Pasear por la calle Martín Arredondo debería invitar a imaginar al hombre del siglo XVII que, con herraduras, bisturí y pluma, contribuyó a que el mundo animal y el humano se entiendan mejor.

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