El barrio florece
Joaquín Sama quiere ser 'la calle de las flores' de Badajoz
Los vecinos han pedido permiso al ayuntamiento para colocar jardineras con el objetivo de «dar color» a esta vía del Casco Antiguo
En apenas un mes, una veintena de macetas con plantas y flores decoran ya el tramo

Fernanda, Lali, Choni, Mari Carmen, Marisa y Pepi, vecinas de Joaquín Sama que participan en la iniciativa. / Santi García

A Marisa Sánchez le gustaría que algún día la calle Joaquín Sama fuese conocida como «la calle de las flores». De momento aún no lo es, pero empieza a parecerlo. En apenas un mes, este tramo estrecho junto a la biblioteca de Santa Ana —hasta hace poco de un tono monótono— se ha llenado de color: los vecinos han colocado una veintena de macetas con suculentas, aloes, margaritas y otras plantas que se van incorporando poco a poco a ambos lados de la vía, cada una aportada y cuidada por quien vive en la puerta más cercana. La iniciativa, nacida de un comentario entre residentes, ha terminado convirtiéndose en un pequeño proyecto común que ya ha cambiado la imagen de la calle.
La idea empezó de la forma más sencilla: una conversación entre vecinas sobre que la calle necesitaba algo de vida. «Era demasiado cemento», recuerda Marisa, una de las primeras en plantear que hacía falta «poner un poco de verde». A partir de ahí, todo fue encajando. Ella y Rosario —residentes de la parte alta y baja de la calle— colocaron una primera maceta para «darle algo de alegría», y ese pequeño gesto empezó a correr de casa en casa. Las vecinas se avisaron, preguntaron quién quería sumarse y fueron decidiendo juntas qué tipo de jardineras poner. «¿Tú tienes inconveniente en que coloquemos una aquí?», se preguntaba esos días. Casi todos dijeron que no. Una ofreció comprar las macetas, otra se encargó de buscar plantas resistentes, otra propuso que todas siguieran un estilo similar. Y así, sin más organización que la voluntad de colaborar, las primeras dos macetas se convirtieron en una hilera de color que recorre el adoquinado casi de punta a punta, con algunos huecos aún vacíos en la zona donde los vecinos son más reticentes, pero con la misma intención compartida: seguir añadiendo color.

Algunas de las jardineras que ya decoran la calle. / Santi García
La convivencia también florece
La iniciativa terminó de materializarse cuando los vecinos entregaron un escrito al ayuntamiento con firmas de apoyo. El consistorio dio el visto bueno y, a partir de ahí, cada residente comenzó a colocar en la puerta de su casa la planta que quiso. Fernanda Amaya, por ejemplo, apostó por unas margaritas blancas y amarillas; otras vecinas, como Rosario, optaron por las conocidas plantas del dinero, más resistentes. El objetivo es claro: llenar de verde la vía. «Las plantas dan vida», resume Marisa, que celebra que el barrio vuelva a moverse por algo común: «Nos ha servido incluso para hablar más entre nosotras».

Fernanda Amaya ha optado por colocar margaritas. / Santi García
Pero lo que más ha cambiado en Joaquín Sama no ha sido la estética de la calle, sino la convivencia de sus residentes. Las macetas han servido de excusa para que las vecinas —muchas de ellas de edad avanzada— pasen más tiempo en la puerta, hablen más entre sí y recuperen una relación que antes apenas existía. «Ha aportado comunicación entre nosotros, y eso es lo más bonito», reconoce Marisa, que asegura que la iniciativa les ha permitido «conocerse un poquito mejor» después de años viviendo puerta con puerta. Ahora hablan más, dialogan en común sobre sus plantas, preguntan por quien no ha bajado ese día y hasta se coordinan para decidir si una jardinera necesita agua o si es mejor moverla un poco para que no se queme con el sol.
«Para ellos es un incentivo. Les encanta salir, mirar cómo van las plantas, regarlas o quitarles el agua cuando llueve demasiado», comenta Choni Gutiérrez. Ella se ha criado en esta calle y, a pesar de vivir en otro barrio, ahora vuelve a ver a sus padres cada semana. Choni expresa que para muchas personas mayores, estas pequeñas tareas son una forma de mantenerse activas, de sentirse útiles y de tener una «motivación diaria» más allá de la rutina. «Es que se animan entre ellas», dice. «Si una ve que la otra está poniendo una maceta, sale y comenta, o pregunta qué flor es, o si deberían poner otra más arriba». Esa interacción diaria ha creado actualmente una especie de «microcomunidad» que antes no existía.
Temor al vandalismo
Aunque los vecinos están contentos porque la calle luce ahora más viva, también hay sentimientos de incertidumbre. Entre las vecinas también hay un miedo compartido: que las macetas no duren. Las residentes de Joaquín Sama han manifestado su preocupación de que algún fin de semana alguien las tire, las arranque o simplemente las estropee como acto de vandalismo. «Es el temor que tenemos… que las destrocen», admite.
A esa inquietud se suma otro factor natural: el agua. Los sumideros de Joaquín Sama han dado problemas durante años y muchas vecinas recuerdan perfectamente las veces que el barrio se ha inundado. «Aquí sacábamos fusca a palas», explica Choni. Por eso ahora vigilan constantemente que las bandejas de las macetas no se encharquen y que la tierra drene bien. La borrasca Claudia ha mantenido atentas a las vecinas. «Le metemos el dedito para ver si tiene demasiada agua», cuentan entre risas.

Pepi observa las jardineras que se encuentran en el tramo final de la calle, llegando a Joaquín Costa. / Santi García
Cabe destacar que pese al gran éxito de participación de la iniciativa, no todos los residentes se han sumado con el mismo entusiasmo. Hay un tramo donde algunos vecinos siguen siendo reticentes, y de ahí que la hilera de plantas tenga pequeños huecos. Aun así, quienes participan confían en que sea cuestión de tiempo. Como dice Marisa, «esto va poco a poco… pero va».
Esto es tan solo un paso más. Marisa también promovió la plantación de árboles en el entorno, donde, a través de una artista conocida como Candela, colocó carteles pidiendo «cuidado».
Ahora, con las macetas ya asentadas, las ideas no se detienen. Los residentes hablan de proyectos de futuro. Rosario, vecina pionera de la iniciativa, sugiere ya poner más plantas en la zona alta de la calle; otras vecinas piensan en extender las jardineras hasta el final del adoquinado; y Marisa, que fue la primera en soñarlo, no oculta su ilusión: que Joaquín Sama llegue a ser conocida, algún día, como «la calle de las flores».
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