Se creó a raíz del Plan Badajoz
La última toponimia franquista de Extremadura: Villafranco del Guadiana sigue dividiendo opiniones
Medio siglo después de la muerte de Franco, la pedanía pacense no pretende cambiar su denominación, decisión que continúa generando controversia entre sus habitantes

Santi García

Un día como hoy, hace 50 años, murió Francisco Franco. Con la muerte del 'Generalísimo' se puso fin a una dictadura de casi cuatro décadas y comenzó una etapa de cambios políticos, sociales y administrativos que, poco a poco, llegó a todos los rincones del país. También al mapa. Durante el franquismo se crearon o renombraron numerosas localidades y, con la llegada de la democracia, la mayoría recuperó sus denominaciones originales, especialmente tras la aprobación de la Ley de Memoria Histórica de 2007 y, más tarde, la de Memoria Democrática en 2022.
Pero en el país quedan excepciones, seis en total. Una de ellas en Extremadura: Villafranco del Guadiana, pedanía de Badajoz, que medio siglo después sigue conservando el nombre que recibió en su fundación.
Para muchos vecinos, hablar del nombre es todavía “un tema sensible”. Y es que la localidad pedánea ha vivido varios episodios en los que la denominación del pueblo ha vuelto al centro del debate. El más reciente fue en 2018, cuando una recogida de firmas pidió mantener el nombre tal y como está. Aquella iniciativa frenó cualquier intento de cambio y dejó claro que, al menos entonces, la mayoría de los residentes no veía necesario revisarlo.

Cartel a la entrada de Villafranco del Guadiana. / Santi García
Pero hay vecinos que creen que mantener el nombre es "como si en Alemania existiera una 'Villa Hitler'”. Josefa Morato, una de las residentes que se opuso entonces y que aún mantiene su postura, defiende la modificación. Ella llegó a Villafranco hace 45 años y, en su opinión, el nombre sigue inevitablemente ligado al origen que tuvo. La pedanía nació en pleno franquismo, en la década los 50, dentro del Plan Badajoz, el proyecto colonizador impulsado por el régimen para poblar nuevas zonas agrícolas mediante la creación de pueblos enteros.
Para Chefi —como la conocen sus vecinas— aquella denominación fue un gesto de homenaje político, y así se ha mantenido durante décadas. Esta vecina recuerda que otras localidades creadas en el mismo periodo ya recuperaron sus nombres tras la Ley de Memoria Histórica de 2007 y la de 2022. “Negar la mayor no tiene sentido”, resume. Otras localidades y pedanías ya han tomado el ejemplo anteriormente, entre ellas, Gévora o Guadiana, que hasta hace un par de años, se apellidaban Del Caudillo. Perdieron el topónimo alusivo al franquismo tras su aprobación por parte de los vecinos. “La gente joven quizá no lo asocia, pero yo sí sé lo que significa”.

Chefi cree que se debería modificar el nombre. / Santi García
A su juicio, cambiarlo no supondría ningún problema práctico, a diferencia de lo que argumentan quienes se oponen. “No hay que modificar escrituras ni nada, eso va por ley”, explica. Por eso, cuando en 2018 el debate volvió a reactivarse con la recogida de firmas, defendió que adoptar un nombre más acorde al pueblo de hoy —como Villa Blanca del Guadiana— habría sido lo lógico. Aun así, asume que la decisión final debe responder a la voluntad de la mayoría. “Si el pueblo quiere seguir llamándose Villafranco, pues seguirá llamándose Villafranco”.
Pero también hay vecinos que defienden justo lo contrario. Para muchos de ellos, el nombre no despierta asociaciones políticas, sino algo mucho más cotidiano como un sentimiento de pertenencia. Luciano González, que ha vivido aquí “toda la vida”, asegura que nunca lo ha vinculado a Franco. Para él, Villafranco del Guadiana es simplemente el lugar donde han nacido y crecido varias generaciones de su familia. “Es un pueblo donde nos hemos criado todos… está toda nuestra historia aquí”, explica.
Su postura coincide con la de quienes, como él, recuerdan las primeras décadas del pueblo cuando apenas había unas cuantas casas, la iglesia, el cine y la cooperativa. Para ellos, el nombre forma parte de esa memoria, no de un posicionamiento político. Por eso, cuando años atrás surgió la posibilidad de cambiarlo, muchos lo vivieron como una amenaza a esa identidad. Luciano recuerda aquellas movilizaciones vecinales como un gesto de defensa del lugar, no del pasado franquista: “A mí no me molesta que se llame Villafranco… es mi vida entera”.

Luciano cree que no debería modificarse el nombre de la pedanía. / Santi García
Diego Antelo lo ve igual. Él lo explica con una metáfora sencilla: “¿Por qué hay que quitarle el nombre al pueblo? Yo no lo veo correcto… es como si me cambiaran el mío”. En su caso, el vínculo es emocional: ha visto crecer el pueblo desde que solo tenía cuatro calles y siente que tocar el nombre sería tocar parte de su biografía. “¿Ahora cómo se va a llamar? ¿Por qué tenemos que destruir lo que es nuestro?”, comenta.
Quienes defienden mantener la denominación insisten en algo más: el paso del tiempo ha diluido la carga simbólica del nombre. Lo que para unos es una referencia histórica, para otros ya es únicamente geografía, costumbre y recuerdos. Y ahí, en esa diferencia de percepciones, es donde sigue vivo el debate.

Diego Antelo prefiere mantener la denominación de Villafranco del Guadiana. / Santi García
“No es un debate que esté en la calle”
La otra mirada la aporta la administración local. Juan Daniel Sánchez, delegado del alcalde en Villafranco del Guadiana, insiste en que, pese a la carga simbólica que pueda tener el nombre, no forma parte de las preocupaciones reales del día a día. «A los vecinos lo que les importa es tener vivienda digna, empleo, que se cuiden sus calles, sus parques y sus necesidades», resume. Recuerda que el único momento de mayor tensión reciente fue con la recogida de firmas, que tuvo una acogida «prácticamente unánime». Desde entonces —añade— el asunto ha perdido peso social y político: «No hay nada sobre la mesa para iniciar ningún trámite. La gente no lo asocia ya con una polémica, sino con el arraigo que ha cogido el pueblo con el paso del tiempo».
El delegado subraya además un dato que matiza el debate: aunque Villafranco es uno de los pocos nombres de origen franquista que quedan en España, la ley no obliga a cambiarlo si no hay voluntad vecinal ni iniciativa institucional. «No es una preocupación ni un tema que esté en la actualidad del pueblo», insiste. Su postura es la misma que la del resto de la pedanía: si algún día llegara el debate, tendría que nacer de los propios vecinos.
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