Bamba, de Gambia a Badajoz en busca de su final feliz
Este joven migrante de 19 años cruzó el Atlántico en cayuco cuando aún era menor de edad. Sobrevivió a un viaje que casi le cuesta la vida y, después de dar muchos tumbos, llegó a Badajoz. Cáritas le ha dado un hogar y formación para que no sea cuestión de suerte, sino de dignidad, que pueda iniciar una nueva vida

Bamba, en el exterior del bloque de pisos que gestiona Cáritas en Suerte de Saavedra, donde vive desde el pasado mes de junio. / S. GARCÍA

Bamba se va defendiendo con el castellano. Habla muy bajito, casi susurra, más por timidez que por falta de conocimiento. Su amigo Omar le echa un cable. Ambos son de Gambia. Estar lejos de su país los ha unido, tanto que se consideran familia. Bamba tiene 19 años y la suya es la historia de un migrante con final feliz o, al menos, camino de serlo. La suerte ha estado de su parte esta vez: llamó a la puerta adecuada, la de Cáritas de Mérida-Badajoz, en el momento justo.
Su viaje en busca de una vida mejor comenzó hace años, cuando aún era menor. Y no ha sido fácil. Nació en Basey, una zona rural, donde las familias como la suya se buscan la vida para sobrevivir como pueden. Su padre murió cuando él aún era muy pequeño y su madre se ganaba la vida vendiendo esto y aquello. Él ayudaba a la economía familiar -tiene dos hermanos- trabajando como albañil y cazando. Es un gran cazador. Cuando su madre falleció, vio en Europa una oportunidad. Quería llegar a Italia.
«Pensaba que no iba a llegar, que teníamos que dar la vuelta, la gente se volvía loca»
Pasó por Libia, por Mali o por Burquina Faso, entre otros países, para tratar de salir de África, pero no lo consiguió a la primera. Tuvo que regresar a Gambia antes de intentarlo de nuevo. Pagó 600 euros por montarse en un cayuco con 90 personas más, entre ellas varias mujeres y bebés. Tenía 16 años. Nueve días después la embarcación arribó en Canarias. «Pensaba que no iba a llegar, que teníamos que dar la vuelta, la gente se volvía loca», recuerda.
La travesía fue una pesadilla. Se acabó la comida, el cayuco se rompió, entraba agua por todos lados y tenían que sacarla para no acabar en el fondo del océano Atlántico. Llegó deshidratado, agotado y lleno de heridas por el roce del agua salada. Acabó en el hospital, de allí fue a un centro de acogida, del que después fue trasladado a Madrid y, de aquí, derivado al macrocentro de migrantes de Mérida. Más tarde, a través de Cruz Roja, fue alojado en un piso en Badajoz y cuando agotó su tiempo de estancia, recurrió al Centro Hermano.
Por fin, tras tantos tumbos, comenzaba una nueva etapa en su particular carrera de fondo. En este recurso de mínima exigencia para personas sin hogar pasó varios meses acogido. Mientras, comenzó a asistir a clases de castellano y un curso de albañilería en el Centro de Empleo de Cáritas. De nuevo, la fortuna se puso de su lado y en junio de este año pudo mudarse a una de las viviendas que la oenegé de la Iglesia gestiona en Suerte de Saavedra y que, por primera vez desde que salió de Gambia, le ha hecho sentirse en «un hogar».
Comparte piso y tareas domésticas con Bufune, otro inmigrante de Mali. «Bamba es el que mejor cocina», dice. Les gusta la tortilla de patatas -y «la paella», añade Omar-, pero en sus fogones preparan a comida de su país. El domoda, un guiso de pollo con cebollas, pimientos, cacahuetes y cuscús, es una de sus especialidades.

Bamba, en la cocina del piso, prepara un guiso de su país. / S. GARCÍA
Bamba, como Omar -que lleva más tiempo en Badajoz, ya tiene un empleo y juega al fútbol en el Hispanolusa- y Bufune -que habla varios idiomas-, reconocen que la imagen que les llega de Europa por la televisión está bastante alejada de la realidad. Allí imaginaban que venían «al cielo». «Lo malo no se ve», lamentan. Creyeron que no les costaría encontrar casa, trabajo... pero «si no tienes suerte es muy difícil», aseguran.
«La suerte deja paso a la dignidad, la autonomía y la inclusión»
A ellos, por ahora, les ha sonreído. Pero, y ¿a otros? ¿La dignidad y los derechos de las personas pueden dejarse al azar? En Cáritas tienen claro que no. Bamba, Omar y Bufune son solo tres de las muchas personas a las que la oenegé acompaña para darles la oportunidad de empezar una nueva vida, un camino que es más fácil de recorrer si se garantizan sus derechos, porque de esta manera «la suerte deja paso a la dignidad, la autonomía y la inclusión», defienden Rocío Pérez, educadora del programa de Vivienda, y Eduardo Márquez, responsable de comunicación de Cáritas, cuya campaña de Navidad se centra precisamente este año en visibilizar ese mensaje.

De izquierda a derecha, Bamba, Rocío Pérez, Bufune, Eduardo Márquez y Omar. / S. GARCÍA
En el caso de estos tres jóvenes, había plazas en los distintos recursos cuando llamaron a la puerta y ellos están sabiendo aprovechar la ayuda que se les está prestando. «Son muy trabajadores y están muy agradecidos». Lo demuestran constantemente. Han huido de las mafias, las guerrillas, la corrupción y la pobreza. Su aspiración es echar raíces en Badajoz, una ciudad en la que sienten acogidos.
Su sueño
Bamba está ahora a la espera de firmar un precontrato laboral para poder tener su documentación en regla y empezar a mirar hacia la meta. ¿Cuál es su sueño? Trabajar, fundar su propio hogar y ayudar a su familia. Quiere que sus hermanos salgan de Gambia para buscar también su final feliz, pero no en cayuco como él, sino con ‘papeles’ y unos derechos que no dependan de la suerte.
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