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Arte contemporáneo

Los abanicos de la artista pacense Candelas Villa cruzan fronteras

Ha lanzado su propia firma y ha logrado reconocimiento con sus piezas pintadas a mano, que se venden en España y otros países como Francia e Italia, gracias a su propuesta "rompedora"

La artista Candelas Villa posa con dos de sus abanicos pintados a mano.

La artista Candelas Villa posa con dos de sus abanicos pintados a mano. / Santi García

Rebeca Porras

Rebeca Porras

Badajoz

La artista de Badajoz Candelas Villa ha logrado convertir una pieza cotidiana en un objeto artístico con identidad propia. Sus abanicos, pintados a mano y marcados por un lenguaje visual muy personal, han encontrado mercado dentro y fuera de España, con ventas en Francia, Italia y Polonia, además de una sólida acogida en la ciudad y en Extremadura. Portugal, por ahora, se le resiste, aunque no por falta de intentos. "Lo he intentado, he intentado ofrecer mi producto allí, sobre todo cuando he ido a Elvas, pero es un estilo tan rompedor que no le encaja a todas las tiendas", explica.

Villa lleva ocho años pintando abanicos, aunque su relación con el arte viene de mucho antes. Comenzó a formarse siendo una niña y, con solo 12 años, logró entrar antes de tiempo en la Escuela de Artes y Oficios. Allí completó cinco años de dibujo y pintura, aunque pronto comprendió que su camino también pasaba por la búsqueda propia. "A mí lo que más me gusta es la experimentación. Yo misma me defino como investigadora en técnicas", afirma.

A lo largo de su trayectoria ha pintado retratos, paisajes y obras simbolistas. Entre sus proyectos más significativos figura Retrospectiva a los 26, una exposición presentada en 2019 en Badajoz y después itinerante por distintos puntos del país, en la que abordó sin tabúes la enfermedad mental no diagnosticada a través de doce obras y un acompañamiento oral. La muestra pasó por Valladolid, Huelva, Ciudad Real y varias localidades extremeñas.

El origen de los abanicos

La aventura de los abanicos comenzó casi por azar. Mientras trabajaba en un centro especial de empleo, una clienta le lanzó una sugerencia que acabaría cambiando su rumbo creativo. "Me dijo que por qué no había probado a pintar abanicos. Y pensé, anda, qué idea más bonita", recuerda. El primer intento salió mal. Había demasiada pintura y el abanico ni se abría ni se cerraba. El segundo mejoró. En el tercero encontró una técnica que, con pocas variaciones, sigue utilizando hoy.

Ese hallazgo abrió una vía artística y comercial que pronto empezó a funcionar. "Yo el tercer abanico que hice ya lo estaba vendiendo y eso que estaba aprendiendo", cuenta. Desde entonces, su propuesta ha ido consolidándose sobre la idea de que un abanico no tiene por qué repetir los motivos tradicionales.

Color, riesgo y una estética propia

Los abanicos de Candelas Villa se distinguen por su carácter rompedor. Ella misma insiste en esa palabra. Su trabajo se mueve entre la simetría cercana al mandala, la asimetría equilibrada y fórmulas mixtas que aprovechan la dificultad de una superficie en arco de 180 grados, muy distinta a la de un lienzo cuadrado o rectangular. A eso se suma el reto de trabajar sobre varillas y distintos tipos de madera.

Su universo visual se apoya en el color y en la libertad formal. "La inocencia del propio color. En mi caso los colores son totalmente inocentes de cualquier cosa", resume. En sus piezas hay vitalidad, atrevimiento y una ejecución que también forma parte del mensaje. No siempre sale bien. "Muchas veces me la juego y hay abanicos que no sirven porque la ejecución ha sido demasiado arriesgada", reconoce.

Detalle de algunas de sus creacciones.

Detalle de algunas de sus creacciones. / Santi García

La firma Abanicos Candelas Villa nació formalmente cuando se dio de alta como autónoma hace tres años, aunque su identidad estaba construida desde mucho antes. Primero registró la propiedad intelectual de sus patrones, formas, combinaciones y diseños en un extenso documento. Después llegó el registro de la marca. Hoy cuenta además con una tienda online, activa desde hace apenas mes y medio, que se suma a una web corporativa en la que muestra su trayectoria y los talleres que imparte.

Aunque acepta encargos personalizados, no son la parte central de su trabajo. Sus clientes, dice, suelen buscar precisamente lo que nace de su impulso creativo. "La gente le gusta sorprenderse con las cosas que yo creo porque me nacen 100%", asegura. A veces también lanza pequeñas ediciones limitadas que se reservan muy rápido.

Artesanía con futuro

Los precios parten de 25 euros para los modelos más sencillos y suben en función de la madera, la elaboración y el acabado. Un abanico de peral pintado a una cara cuesta 35 euros y los certificados españoles pueden situarse entre 50 y 60. Villa trabaja por fases, dejando secar, retomando y corrigiendo. En una jornada intensiva puede sacar adelante entre cinco y diez piezas.

Candelas Villa con sus abanicos en uno de los bancos de San Francisco (Badajoz).

Candelas Villa con sus abanicos en uno de los bancos de San Francisco (Badajoz). / Santi García

Su meta va más allá de seguir vendiendo. Sueña con aprender otros suboficios del abanico y tomar el relevo de grandes maestros artesanos. Mira especialmente a Aldaia, en Valencia, una localidad histórica para este sector. "Uno de mis sueños sería irme a Aldaia y tomar el relevo de alguna de las artesanías", afirma. En ese deseo se resume también su proyecto, hacer del abanico una pieza de presente sin perder la raíz del oficio.

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