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Así es el safari urbano “Badajoz, la ciudad de las aves” desde dentro

"Entre prismáticos, plumas y alas descubrí una ciudad que todavía no me había parado a mirar"

Safari urbano "Badajoz, la ciudad de las aves"

Aula de naturaleza (Ayto de Badajoz)

Jennifer Perera

Hay ciudades que se enseñan a través de sus monumentos y otras que se revelan si uno aprende a mirar un poco más despacio. Badajoz, pensé al comenzar esta actividad, pertenece a las dos categorías. Pero aquel paseo por las orillas del Guadiana me descubrió una tercera: la de las ciudades que también pueden contarse a través de los seres que la habitan, aunque estos sean pequeños y se escondan entre ramas.

Por casualidad, la semana pasada me topé en las redes con un cartel que anunciaba una curiosa actividad. Un safari urbano organizado por el Ayuntamiento de Badajoz, una propuesta que invita a redescubrir la ciudad desde una perspectiva poco habitual: la de sus cielos, sus orillas y los cantares que se escuchan si cancelamos el ruido del tráfico. Y es que no es casualidad que esta actividad tenga tanto sentido aquí. Badajoz cuenta con una ZEPA urbana, un enclave singular que convierte a la ciudad en un lugar privilegiado para el avistamiento de aves gracias a la diversidad de paisajes que confluyen en su entorno.

Primeros pasos: aprender a mirar

La mañana comenzó con un gesto sencillo que ya nos metió de lleno en la experiencia. Antonio y Paco, los dos monitores del aula de naturaleza que guiaban la actividad, nos repartieron prismáticos a cada participante y, antes de empezar a caminar, nos dieron un pequeño curso acelerado para aprender a utilizarlos.

Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. Mirar bien también se aprende. Ajustar el enfoque, sostener el pulso, distinguir una silueta en la distancia o adivinar un movimiento entre la vegetación convierte un paseo cualquiera en una expedición en miniatura. Una vez que todo el grupo se sintió cómodo con el instrumental, comenzó el safari.

El gran estreno: un halcón peregrino en el Puente Real

Y lo hizo a lo grande. Nuestra primera gran observación fue un halcón peregrino en la parte más alta del Puente Real, donde tiene su dormidero. Hubo un pequeño silencio colectivo, de esos que se producen cuando todos miran al mismo sitio con una mezcla de asombro y concentración.

Los guías nos explicaron algunas de las peculiaridades de esta rapaz, una de las aves más admiradas por su capacidad de vuelo y por su velocidad, rasgo por el que destaca especialmente. Verlo allí, dominando la escena desde las alturas, fue una forma inmejorable de empezar.

Garzas, somormujos y otras vecinas del Guadiana

A partir de ahí, la mañana se convirtió en una lección práctica de paciencia y atención. Aprendimos, por ejemplo, a distinguir entre dos especies muy características de la zona: la garza real y la garza imperial, dos aves que nos sorprendieron por su tamaño y elegancia.

A simple vista pueden parecer muy similares para quien no está acostumbrado a observar aves, pero las explicaciones de los monitores nos ayudaron a empezar a ver matices: el porte, la tonalidad, la silueta o la forma de moverse.

El somormujo, el martinete, la gallineta, el morito y el cormorán fueron algunas de las otras especies que pudimos conocer y localizar con ayuda de nuestros prismáticos. Resultaba sorprendente comprobar cuánta vida había frente a nosotros y cuántas veces habíamos pasado por allí sin detenernos realmente a mirar.

Los telescopios que lo cambiaron todo

Además de los prismáticos, Antonio y Paco portaban dos telescopios de alta resolución que permitían observar a las aves con gran detalle. Gracias a ellos, la experiencia dio un salto enorme. Lo que a simple vista era apenas una silueta lejana, a través del telescopio se convertía en una imagen precisa: plumas, picos, posturas y movimientos.

Fue entonces cuando muchos entendimos de verdad lo que significa observar fauna. No se trataba sólo de “ver pájaros”, sino de descubrir comportamientos, aprender a diferenciarlos y empezar a reconocer una biodiversidad que está integrada en la vida diaria de la ciudad.

Un grupo variado con una misma sorpresa

El grupo lo formábamos unas 20 personas, de perfiles muy distintos. Había familias con niños, parejas y jubilados, todos disfrutando de las explicaciones y de ese ejercicio compartido de descubrir la fauna que nos rodea.

Uno de los aspectos más bonitos de la actividad fue precisamente ese: comprobar que no hace falta ser un experto para dejarse fascinar. Bastaba con tener curiosidad. Los niños preguntaban sin parar, los mayores comentaban recuerdos y los monitores iban hilando datos y anécdotas con naturalidad.

No todas las ciudades tienen la suerte de contar con un entorno así. Badajoz posee un auténtico “zoológico” al aire libre, un espacio natural abierto y cotidiano que, sin embargo, muchas veces pasa desapercibido para quienes convivimos con él.

De hecho, aficionados al avistamiento de aves visitan Badajoz desde otros países atraídos por las condiciones privilegiadas de la zona. La ciudad reúne un valor singular por la variedad de hábitats presentes en su entorno, lo que favorece la presencia de un elevado número de especies.

Ese fue precisamente uno de los pensamientos que más se repitió durante la actividad: a veces buscamos la naturaleza lejos, como si hubiera que salir de la ciudad para encontrarla, cuando aquí mismo tenemos un espectáculo constante sobre nuestras cabezas y a la orilla del río.

No sólo aves: la sorpresa de las tortugas de Florida

Pero no sólo pudimos ver aves. Los participantes también quedamos impresionados por la gran cantidad de tortugas que se podían encontrar en las orillas del río. En concreto, se trata de tortugas de Florida, una especie invasora que durante años fue fácil de adquirir en tiendas de animales y que muchos tuvimos de pequeños como mascota.

Precisamente por eso hoy está tan presente en nuestros ríos. En muchos casos, estas tortugas fueron liberadas por familias que desconocían las consecuencias que ese gesto podía tener para el equilibrio del ecosistema y para las especies autóctonas.

Muchos coincidimos en lo mismo: de no ser por esta actividad, nunca nos habríamos fijado en que estaban ahí. Y quizá esa sea una de las mayores virtudes del safari urbano: enseñarnos a ver de verdad lo que siempre ha estado delante de nosotros.

Una guía para ir marcando hallazgos

Otro de los detalles que hizo la actividad aún más entretenida fue que, justo antes de comenzar la visita, los participantes recibimos una guía de especies en la que íbamos marcando las aves que conseguíamos localizar.

Ese pequeño recurso convirtió la ruta en una especie de búsqueda compartida. Cada nueva observación se celebraba como un hallazgo. No sólo aprendíamos, también jugábamos a descubrir, a comparar y a afinar la vista.

Cómo participar en los safaris urbanos

La actividad se ha venido desarrollando durante los meses de marzo y abril , quedando dos fechas disponibles durante este mes, los próximos 25 y 26 de abril, para grupos de 20 participantes.

Además, está previsto que se lancen nuevas fechas en mayo, por lo que todo apunta a que esta propuesta seguirá creciendo tras la buena acogida recibida.

Las inscripciones pueden realizarse a través del enlace habilitado por Turismo de Badajoz:

https://linktr.ee/turismobadajoz

Mirar la ciudad con otros ojos

Al terminar la actividad, me quedó una sensación muy clara: Badajoz no sólo tiene historia, patrimonio y vida en la calle. Badajoz también tiene alas. Y a veces basta con detenerse un momento, ajustar unos prismáticos y escuchar a quien sabe para descubrir que la naturaleza no está lejos, sino latiendo en pleno corazón de la ciudad.

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