Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

"No quería comer, quería desaparecer": el duro relato de una joven extremeña que logró vencer la anorexia

Su testimonio y el de su padre reflejan el sufrimiento silencioso de una enfermedad mental que cada vez afecta a más jóvenes y que encuentra en las redes sociales uno de sus mayores peligros

Ana Pajuelo mira el tatuaje que lleva en la muñeca símbolo de la recuperación de la anorexia.

Ana Pajuelo mira el tatuaje que lleva en la muñeca símbolo de la recuperación de la anorexia. / La Crónica

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Jonás Herrera

Jonás Herrera

Badajoz

Durante nueve años, Ana Pajuelo Torres convivió con una voz en su cabeza que le repetía constantemente que no debía comer. Una voz que la llevó a desarrollar una anorexia nerviosa extrema, a sufrir una depresión profunda, a abandonar temporalmente sus estudios y a situarse "al borde de la muerte". Hoy, con 25 años, recién graduada en Enfermería y a punto de comenzar la especialidad de Salud Mental en Huelva, esta joven de Villanueva de la Serena ha decidido contar su historia para lanzar un mensaje claro: "La recuperación es posible".

Todo comenzó en 2017, cuando tenía apenas 16 años. Lo que parecía un pequeño cambio en sus hábitos alimentarios terminó convirtiéndose en una enfermedad devastadora. "No fue pensado. Empecé dejando una comida porque no me daba tiempo durante un intercambio en el instituto y pensé: ‘Oye, pues no me viene mal quitarme una comida’. Solo quería perder cinco kilos", recuerda.

"Tengo dismorfia corporal"

Pero aquellos cinco kilos nunca fueron suficientes. Ana comenzó a obsesionarse con su cuerpo y con el peso. "Yo me veía mucho más rellenita de lo que realmente estaba. Tengo dismorfia corporal", explica. Poco a poco dejó de comer, aumentó la exigencia consigo misma y terminó cayendo en una espiral de autodestrucción.

"Llegué a tener un IMC de 12,5 o 13. A mis padres les dijeron que podía tener un paro cardíaco en cualquier momento". La enfermedad no solo deterioró su cuerpo. También apagó por completo su personalidad. "Era una persona súper extrovertida y me volví totalmente callada. Era todo oscuridad", relata.

El papel de su familia

A los 18 años llegó uno de los momentos más críticos. Tuvo que ser ingresada en la unidad de salud mental de Mérida debido a una grave desnutrición y a una depresión severa. "Realmente quería morirme. Mi salida era la más radical", reconoce con crudeza. En aquel proceso, el papel de su familia fue fundamental, especialmente el de su padre, Manuel Pajuelo. Cocinero de profesión, recuerda aquellos años como una etapa marcada por el miedo constante. "Había mañanas que no quería entrar en su habitación porque me daba miedo que hubiera muerto", confiesa emocionado.

La anorexia convirtió cada comida en una batalla diaria. Manuel pasaba horas intentando que su hija desayunara o merendara mientras ella escondía la comida en calcetines, sudaderas o en cualquier lugar de su cuarto. "Yo buscaba el desayuno por toda la cocina como un loco y no lo encontraba. Luego descubrimos bolsas escondidas detrás de un oso gigante de peluche", relata.

"Llevaba años queriéndome morir"

Las escenas más duras siguen grabadas en su memoria. "Cuando le daban ataques de ansiedad y se me quedaba en los brazos con los ojos en blanco. O cuando me decía que quería morirse", afirma.

La pandemia supuso un pequeño respiro para Ana. Al compartir todas las comidas con su padre durante el confinamiento comenzó una leve mejoría, pero después llegó una recaída importante.

Perdió diez kilos más y volvió a acercarse al límite. "Fue entonces cuando mi doctora me dio un ultimátum: o empezaba a recuperarme o me ingresaban fuera de Extremadura", cuenta. Fue Angustias García, la psiquiatra de la unidad de trastornos alimentarios de Badajoz quien la ha acompañado durante los últimos nueve años y quien le lanzó ese último mensaje.

Ese momento marcó un antes y un después. "Pensé: ‘no quiero morirme’. Llevaba años queriendo hacerlo, pero de repente me di cuenta de que no quería", explica.

La recuperación

A partir de ahí comenzó una recuperación lenta, dolorosa y llena de recaídas. "La recuperación no es lineal. Parece que no hay luz al final del túnel, pero la hay", asegura. Ana reconoce que todavía existen días difíciles y pensamientos intrusivos relacionados con su imagen corporal, pero ahora sabe identificarlos. "Aprendes a convivir con ello y a no dejarte arrastrar". Según cuenta, en los momentos de debilidad mira a su muñeca izquierda y observa el tatuaje que tiene en ella: "Es el signo de recuperación de la anorexia".

La joven extremeña defiende que la anorexia debe dejar de verse únicamente como un problema físico: "Es una enfermedad mental silenciosa. La gente piensa que es solo dejar de comer o preocuparse por el físico, pero no entienden todo lo que hay detrás", destaca. Tanto Ana como su padre coinciden en señalar el impacto de las redes sociales como uno de los factores que agravan el problema. "Estamos normalizando conductas peligrosas bajo la idea de cuidarse. Hay una línea muy fina y cuando la cruzas es muy difícil salir", advierte ella.

Ahora, después de nueve años de lucha, Ana ha conseguido el alta médica y trabaja precisamente en el ámbito que le ayudó a sobrevivir. "Los profesionales que me trataron fueron héroes para mí. Yo quiero poder ser esa ayuda para otras personas", explica. Realizará su formación EIR en Huelva en la unidad de salud mental.

Su historia termina con esperanza, pero también con una petición clara para quienes atraviesan una situación similar. "Que se dejen cuidar. Es un camino muy duro, pero se sale. Aunque no lo parezca, la recuperación es posible".

Tracking Pixel Contents