20 años, 20 historias
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Siempre, intentando cumplir mis propias normas, incumpliendo descaradamente las normas del periódico (que nadie se asuste: la única norma era el límite de espacio) y tratando de no aburrir al lector

La Crónica de Badajoz cumple veinte años y no está muy claro si yo los cumplo con el periódico o aún me quedan unos meses, pero ando por ahí, rondando ya la veintena con mi presencia más o menos semanal -menos los festivos y en el mes de agosto- a través de columnas que han ido creciendo y convirtiéndose en artículos para disgusto y presión de los compañeros de la redacción y la maquetación que deben ajustar los espacios en las distintas páginas. También parece que soy el más antiguo de los columnistas en activo, o sea, que sigue publicando con regularidad espartana y en un ejercicio de exploración e imaginación sin precedentes en mi vida como periodista porque jamás pensé que estaría tanto tiempo escribiendo en un mismo medio y procurando ser cada semana más original, creativo y auténtico que la anterior. Algo que, como podrán comprender, no es fácil ni siquiera para un profesional de las páginas en banco y las palabras. La gente tiende a pensar que este tipo de cosas los periodistas las hacemos en un pis pas, en un santiamén, en un chasquido, que los artículos nos salen solos, que hilamos las palabras como si no costara esfuerzo y que los temas afloran como si tuviéramos un saco lleno de ellos.
Y no, créanme que no es así. Una página en blanco es una página en blanco. Infunde mucho respeto porque, claro, el problema es que esa página en blanco no se va a quedar en el ordenador, sino que se va a publicar en un periódico que leen miles de lectores diariamente. Y no soy tan presuntuoso como para pensar que todos esos miles vayan a leerme a mí, pero, con que solo me lea uno, ya es suficiente como para que intente armar un texto que no lo desarme ni la gramática ni la sintaxis ni la semántica y, menos aún, el tedio. Es decir, que cuando el lector se acerque a mí, reaccione. En la mayoría de los casos, las reacciones que me han llegado han sido positivas, aunque tengo algunas historias que podría contar donde recibí fuertes -pero no interesantes- reprimendas por lo que en su momento escribí.
No siempre podemos gustar a todo el mundo. Hace unos veinte años, cuando se me propone escribir semanalmente en La Crónica de Badajoz, me impuse algunas normas: titular con una palabra o un número (algo que he cumplido), los temas locales -personajes, tradiciones y acontecimientos- serían el principal nutriente de mis textos, me alejaría lo más posible de la política en general y de la local en particular (sí, ya sé, alguna vez algo se me escapó, pero pocas), intentaría aproximarme lo más posible a la actualidad y a los problemas que como ciudadanos nos acechan y, finalmente, procuraría escribir con un estilo cercano, frases cortas, palabras gancho, arranques originales y giros finales, sin olvidarme de referencias culturales, históricas o existenciales que, después de todo, forman parte de mi evolución como persona y me permitirían conectar mejor con los lectores. Durante veinte años han recibido mis textos en La Crónica de Badajoz hasta cuatro directores, me han leído, creo, tres alcaldes, he convivido con cinco corporaciones municipales, he escrito sobre los barrios, los poblados, las fiestas, los parques, los fantasmas, las tradiciones, los misterios, el cine, la televisión, los libros, el teatro, el arte, la filosofía, los impuestos, los recuerdos, los sucesos, las anécdotas, los todólogos, la historia, los héroes, los fracasos, los triunfos, los espontáneos, los tontos, los que suman, los que restan, los que contribuyen, los que nunca arriman el hombro, la vida, el pasado, el futuro, la familia, la melancolía, la muerte, el amor, los primeros besos, los últimos amores, las frustraciones, las obras, el Guadiana, el Badajoz, las plagas, los conciertos, incluso sobre un apretón que me dio un día haciendo los puentes y, en fin, sobre todo aquello o todo aquel que se me saliera de ojo o llamara mi atención o provocara mi indignación o mi sentido del humor o mi desidia o mi sarcasmo o mi enorme capacidad para escribir sobre algo con el inmenso talento para no decir absolutamente nada.
Siempre, intentando cumplir mis propias normas, incumpliendo descaradamente las normas del periódico (que nadie se asuste: la única norma era el límite de espacio) y tratando de no aburrir al lector, proponiéndole debates, anunciándoles consecuencias o trayéndole recuerdos de su propia niñez o juventud, que la nostalgia siempre funciona como terapia de choque contra la mediocridad reinante en un mundo raro y polarizado donde casi todo empieza ya a dar un poco igual. Cuando se cumplieron los primeros diez años, la Fundación CB tuvo a bien publicar un libro con todas mis columnas, libro del que me siento muy orgulloso y en el que faltó solo una -no diremos su título ni su tema- porque estaba arrepentido de lo que había escrito en ella. Ahora, acercándonos a los veinte, igual podríamos repetir la experiencia. Ahí lo dejo. En todo caso, no estoy muy de acuerdo con eso que cantaba Gardel en su tango, o sea, que veinte años no es nada, porque lo han sido para mí, para el periódico y para todos. Un ejemplo brutal en estos veinte años y que ha sido, tal vez, la experiencia más sobrecogedora de nuestras vidas: estar confinados en nuestros hogares mientras afuera se moría gente y en el ambiente había un sentimiento de miedo e inestabilidad, de desesperanza y de desconocimiento porque nadie sabia qué iba a pasar y cómo íbamos a salir de esa. Puede que sea el testimonio más certero de que, en cualquier lugar del mundo, algo pasa y el mundo entero se remueve, revolucionando, incluso, a esas pequeñas ciudades como Badajoz donde parece que nunca pasa nada y La Crónica de Badajoz cada día sale repleta de noticias que suceden, principalmente, en el entorno local, demostrando así que pasa más de lo que podemos creer y abarcar.
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