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El Campus Calderón celebra sus 20 años de historia en Badajoz: "Es un proyecto que enseña educación y valores"

La iniciativa del exjugador internacional de baloncesto, consolidado como un referente nacional, reafirma su compromiso con la formación integral de los jóvenes con un enfoque pedagógico centrado en la convivencia, el trabajo en equipo y el desarrollo personal, en una edición que ha reunido a 150 niños

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Alejandro Martín G.

Badajoz

El Campus José Manuel Calderón ha celebrado esta semana su vigésima edición en Badajoz, consolidándose tras dos décadas de trayectoria como una de las citas estivales de referencia en el panorama deportivo regional. Lo que comenzó hace veinte años como una iniciativa personal del exjugador internacional, ha evolucionado hasta convertirse en un proyecto fundamental de la Fundación José Manuel Calderón, algo que demuestra una notable capacidad de adaptación para seguir fomentando la práctica deportiva y la educación en valores entre los más jóvenes, superando incluso el relevo generacional de los participantes que ya no fueron testigos de la carrera profesional de su fundador.

Este año, el campus ha reunido a 150 participantes de entre 8 y 16 años en el pabellón de La Granadilla, un escenario que, recientemente, ha sido objeto de una importante renovación. Más allá de la actividad baloncestística, el programa ha destacado por su oferta formativa integral, combinando entrenamientos de alto nivel con un plan de actividades complementarias, que incluyen desde escalada hasta dinámicas de inclusión y ocio saludable, como las visitas a Lusiberia, por ejemplo. Estas actividades están diseñadas para que la convivencia y el aprendizaje emocional sean los ejes centrales de una experiencia que, lejos de ser puramente competitiva, busca formar mejores personas preparadas para afrontar los retos del futuro.

Un compromiso "inquebrantable" con la región

Al echar la vista atrás, el propio Calderón reconoce que su visión del campus ha mutado radicalmente junto a su trayectoria profesional. Si en los inicios concebía esta cita como un complemento a su etapa en las canchas, llegando incluso a pensar que su retirada marcaría el final del proyecto, la integración de la actividad en el marco de su fundación fue lo que terminó de definir su continuidad. "Cuando empiezas, piensas: soy jugador, voy a hacer un campus y probablemente cuando termine mi carrera, lo dejaré. Pero con la fundación, el campus se convirtió en algo que tiene que seguir adelante. Ya no es por José Manuel Calderón, sino porque es importante hacer deporte y educar", ha explicado el exjugador, subrayando como el proyecto ha logrado desvincularse de su figura para poder sobrevivir por su propia relevancia.

Este salto cualitativo no habría sido posible sin un "hogar" estable. La ciudad de Badajoz se ha consolidado como el punto de anclaje de esta propuesta, transformando una relación inicialmente organizativa en un vehículo sentimental y estratégico. Para Calderón, el campus ha dejado de ser un evento itinerante para convertirse en una seña de identidad regional, una decisión que ha fortalecido su nexo con Extremadura a pesar de haber desarrollado su carrera profesional a miles de kilómetros de distancia.

Esta lealtad mutua es valorada por las instituciones locales, que ven en esta constancia un ejemplo de cómo los grandes referentes deportivos pueden impactar positivamente en el desarrollo social de su lugar de origen. Ignacio Gragera, alcalde de Badajoz, ha destacado la importancia de esta vinculación: "20 años implican una vocación de permanencia en el territorio. Sabemos que él tiene proyectos en muchos lugares, pero no olvida su tierra, Extremadura"

Más allá de la canasta: un modelo educativo

Aunque el baloncesto sirve de hilo conductor, el campus se ha consolidado como una escuela de valores donde el crecimiento personal prevalece sobre la táctica. Para su fundador, la prioridad es clara: que la experiencia deje huella más allá de la pista. "Hago esto para que tengan el recuerdo de que se lo han pasado bien. Si se van a casa con algo de baloncesto, me parece perfecto, pero la verdad es que quiero que recuerden la semana y la experiencia", asegura Calderón.

Esa filosofía educativa se palpa en el día a día, donde el esfuerzo físico convive con un ambiente de amistad constante. Para los participantes, el campus es un espacio de encuentro que va mucho más allá de los entrenamientos. Pablo Palacios, de 10 años, en su primer año en el campus, destaca el aprendizaje social: "He aprendido que lo importante es participar, pasarlo bien con los amigos y disfrutar". Ismael Rodríguez, de 11 años, coincide con esta visión al resaltar que "lo mejor es estar todos juntos", refiriéndose a las actividades de convivencia que forman la semana, desde las gymkhanas nocturnas hasta los momentos compartidos en la piscina.

Para el equipo técnico, la labor es clara y requiere una dedicación que va más allá de la pizarra táctica. Lucía Fernández, monitora y entrenadora, resume el espíritu de la convivencia diaria: "Fomentamos el respeto y la educación. Queremos que se queden con los valores que les enseñamos aquí, más allá de la canasta". Para conseguirlo, Fernández detalla que aparte del baloncesto, los participantes disfrutan de juegos acuáticos, sesiones de cine, torneos de 3x3 y diversas rutinas nocturnas que estrechan los lazos entre los compañeros. Una rutina intensa que tiene su momento cumbre en la pista, donde según la monitora, a los niños les encanta que el propio José Manuel Calderón se sume a la cancha para jugar con ellos.

El futuro: el reto del relevo generacional

El desafío mas interesante al que se enfrenta Calderón es la brecha generacional. "El reto ahora es que muchos de estos chicos no me han visto jugar nunca", reconoce con humildad. El campus ha pasado de ser un imán por la figura del ídolo, a ser un centro de prestigio por la calidad de la experiencia. "Si sus padres les siguen mandando aquí, es porque estamos haciendo las cosas bien", concluye el exjugador. Además, para Calderón, otro de los retos es la complejidad de gestionar un campus donde 150 jóvenes conviven, comen y entrenan durante una semana completa.

Finalmente, el éxito del campus no se mide en estadísticas ni en las dos décadas de historia que ya acumula, sino en las miradas de los participantes. Al terminar, el campus deja algo muy valioso para los más jóvenes: un rastro de amistades, lecciones anécdotas y lecciones de vida que acompañarán a los participantes durante mucho tiempo.

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