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Fútbol | Selección Española

El viaje a la cima de Pedro Porro: de Don Benito al Mundial

Sus primeros entrenadores recuerdan al niño competitivo, risueño y travieso que empezó a jugar con apenas cinco años y que ya entonces no se conformaba con nada tras su etapa en las categorías inferiores del Gimnástico Don Benito y el Don Benito Balompié antes de dar el salto al Rayo Vallecano

Pedro Porro, en su etapa como jugador de fútbol base en el Gimnástico Don Benito.

Pedro Porro, en su etapa como jugador de fútbol base en el Gimnástico Don Benito. / LCB

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Samuel Sánchez

Don Benito

Mucho antes de correr la banda en la Premier League, de vestir la camiseta de la Selección Española y de ver su nombre en una convocatoria mundialista, Pedro Porro era un niño que no llegaba al metro de altura, pero al que ya se le veía algo distinto. No era solo la ilusión de quien empieza a jugar al fútbol, sino que su personalidad pronto dejó asomar a ese deportista que nunca cesó en su empeño de querer aprender, competir y ganar. Siempre ganar. 

Así lo recuerda Jonathan Montalvo, uno de sus primeros entrenadores en el Don Benito Balompié, donde Porro comenzó a dar sus primeros pasos en el mundo del fútbol con apenas cinco años. En aquella época, cuenta, no existían aún categorías tan tempranas como prebenjamines o zagalines, por lo que le tocó empezar con niños más grandes. Lejos de achicarse, aquel niño «risueño y valiente» empezó pronto a mostrar una personalidad que hoy sus técnicos reconocen en el futbolista profesional. «Jamás bajaba los brazos», resume Montalvo, que destaca una virtud por encima de todas: la competitividad. Pedro Porro, dice, tenía ya de pequeño «unas ganas locas por competir y aprender». No era un niño que se conformara con participar. Quería más. Quería mejorar. Quería ganar el siguiente balón, el siguiente partido y el siguiente reto.

Una anécdota resume bien ese carácter. En un encuentro ante el Diocesano, su equipo perdió 7-6 y él marcó todos los goles del Don Benito Balompié. Se fue enfadado a casa. No por la derrota únicamente, sino porque, según decía, tenía que haber marcado alguno más. Esa mezcla de gen competitivo, pillería y ambición llamó la atención de quienes le acompañaron en sus primeros pasos.

Montalvo insiste en que su camino no ha sido fruto de la casualidad. Recuerda que Porro, siendo infantil, ya estaba en dinámica cadete y acumulaba muchos días hasta tres horas de entrenamiento. «Nadie le ha regalado nada», afirma. También destaca el papel de su familia y, especialmente, de su abuelo ‘Maromo’, siempre presente en los partidos hiciera frío, lluvia o calor. Desde la banda no dejaba de animarle. Si marcaba uno, le pedía otro. Si marcaba dos, le reclamaba el tercero.

En esos primeros años aparece también la figura de Yeyo, padre de Jonathan Montalvo, que apostó de forma decidida por aquel niño más pequeño que el resto. Le veía «una esencia diferente» y confiaba en él aunque jugara por encima de su categoría. Pedro, recuerdan, no solía defraudar.

Un paso importante

Después llegó su etapa en el Gimnástico Don Benito, donde Benito Cerrato, entrenador, secretario, coordinador y presidente durante aquellos años, también guarda una imagen muy clara del jugador. Al principio, explica, era uno más dentro de un grupo de mucho nivel. De hecho, de aquella generación salieron dos futbolistas profesionales: el propio Pedro Porro y Raquel Morcillo, actualmente en el Sevilla FC. Precisamente, Cerrato recuerda que el salto más evidente llegó en edad cadete, cuando su habilidad para el gol empezó a situarle por encima del resto. Pero, más allá del talento, se queda con el carácter de aquél chaval. Era «travieso, inquieto, charlatán», un niño que daba bromas y también las recibía, que ponía nerviosos a los monitores, pero que al mismo tiempo «se dejaba querer por todos» y era obediente cuando tocaba escuchar.

Porro, en el centro de la parte inferior de la imagen, con el Gimnástico Don Benito.

Porro, en el centro de la parte inferior de la imagen, con el Gimnástico Don Benito. / LCB

El técnico recuerda especialmente los viajes a los entrenamientos de la Selección Extremeña. En las vueltas a casa comentaban cómo había ido la sesión. Si algo no le había gustado, llegaba la regañina y el consejo. Pedro escuchaba, tomaba nota y al siguiente entrenamiento intentaba corregir. Esa capacidad para rehacerse, mejorar y no quedarse parado también formaba parte del futbolista que estaba creciendo.

Entre los elegidos

Hoy, cuando Don Benito ve a Pedro Porro entre los elegidos del seleccionador Luis de la Fuente para el Mundial que se disputará a partir del mes de junio, sus primeros entrenadores no hablan solo de un éxito individual. Hablan del orgullo de toda una localidad y también del papel importante que desempeñan los clubes modestos, de los monitores, de los familiares que hacen kilómetros y de todos los que ayudan a que un niño con talento pueda llegar algún día a la élite, como el caso de Pedro Porro.

Montalvo sigue muchos de sus partidos en Inglaterra y asegura que todavía reconoce en él al niño que entrenó: las ganas, la ilusión y, sobre todo, el trabajo. Desde Don Benito, el deseo ya se verbaliza entre bromas y emoción: que siga cumpliendo sueños y que, puestos a pedir, algún día la Copa del Mundo pueda pasar también por la ciudad que le vio empezar de la mano de uno de los suyos. De Don Benito al Mundial. Ese es Pedro Porro, la viva imagen de un chaval que empezó en el mundo del fútbol como cualquier otro niños de cinco años y que dos décadas después no solo se ha codeado con la élite del fútbol español en su etapa en el Girona o Real Valladolid, sino que ahora lo hace en las filas del Tottenham y, especialmente, enrolado en la convocatoria mundialista de España. 

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