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Sector primario

Nuevas variedades y tecnología, las armas contra los ‘golpes’ del clima en la agricultura canaria

El cambio climático obliga a los productores canarios a adaptarse a las nuevas condiciones para no perder los cultivos que mueren por el calor y la sequía

Un agricultor trabaja en una finca en Gran Canaria.

Un agricultor trabaja en una finca en Gran Canaria. / Juan Carlos Castro

Andrea Saavedra

Andrea Saavedra

Las Palmas de Gran Canaria

El impacto del cambio climático sobre la agricultura canaria hace tiempo que dejó de ser una previsión. Es una realidad consolidada que condiciona las decisiones de siembra, la elección de variedades, las zonas donde se planta y la capacidad de mantener producciones históricas. El sector trabaja desde hace años bajo un escenario que combina temperaturas anómalas, estaciones desdibujadas, sequías prolongadas, golpes de calor fuera de temporada, vientos más extremos y episodios de lluvia concentrada que dañan más que ayudan. La cuestión ya no es si el clima afecta al campo, sino cómo los agricultores están intentando adaptarse en medio de una inestabilidad que no da tregua.

La palabra que más se repite en el sector es «incertidumbre». No saber qué va a pasar de una semana a otra dificulta la planificación y erosiona la rentabilidad de cultivos que, durante décadas, funcionaban con cierta regularidad. Las estaciones han perdido nitidez. El frío ya no llega cuando toca, la primavera se adelanta, el verano se alarga y el otoño se ha convertido en una transición difusa. Los productores lo describen como un «tiempo loco» que obliga a replantear todo: desde las fechas de siembra hasta la ubicación de las parcelas. Y en medio de ese panorama, muchos han optado por abandonar. Otros resisten introduciendo tecnología, ajustando variedades y explorando cultivos tropicales que, aunque exigen cuidados, se adaptan mucho mejor a las nuevas condiciones térmicas.

El cambio climático golpea de manera especialmente severa a los frutales templados. Necesitan frío invernal para detener la actividad vegetativa y renovar reservas. Sin esa parada, el árbol entra en primavera sin fuerzas. El secretario general de Asaga Canarias, Theo Hernando, explica que en el Archipiélago «el número de horas de frío ha disminuido de forma sostenida», lo que reduce la productividad y debilita la planta. Esa falta de reposo ha provocado un deterioro visible en ciruelos, manzanos, perales, almendros y castaños, además de la viña, que también necesita frío para asegurar una brotación equilibrada.

Agotamiento genético

La respuesta ha sido mover plantaciones hacia cotas más altas, donde aún se registran temperaturas invernales suficientes. En la viticultura canaria este fenómeno es cada vez más evidente. A ello se suma un problema adicional: el agotamiento genético de variedades antiguas que llevan décadas reproduciéndose por esqueje, acumulando virus que afectan al vigor. Hernando señala la necesidad de una «renovación profunda» del material vegetal para no perder cultivos tradicionales que ya están en retroceso.

En el tomate, sin embargo, esa posibilidad de «migrar» hacia cotas más frías no existe. El cultivo necesita sol y no admite altura. «El tomate no quiere subir montaña arriba; necesita insolación y un clima suave, si no, no rinde», explica el portavoz de la Federación Provincial de Asociaciones de Exportadores de Productos Hortofrutícolas de Las Palmas (Fedex), Gustavo Rodríguez. Esa dependencia lo hace especialmente vulnerable en un contexto donde el calor se intensifica y se adelanta.

El olivar canario ofrece otro ejemplo de la vulnerabilidad ante un clima inestable. En 2024, grandes áreas de cultivo no llegaron a florecer por la escasez de frío. Lo que dio como resultado un año histórico que llevó la producción a cero. En 2025, el escenario no es tan dramático, pero las plagas han impedido llegar a las cifras de años anteriores.

El presidente de la Asociación de Olivareros de Canarias (Asolica), Matías Suárez, achaca la caída a la combinación de dos factores: una plaga de prays y un episodio de calor repentino. «En algunas zonas de las Islas el rendimiento no llegó ni al 20%», aclara. Además, en áreas de Gran Canaria se observa la desecación progresiva de olivos centenarios, incapaces de recuperarse tras años con poca disponibilidad de agua. El fenómeno preocupa por su rapidez y por la dificultad de revertirlo.

Escasez de agua

Aunque los frutales dependen del frío, la mayor amenaza transversal es la escasez de agua. La sequía estructural en varias islas hace inviable cualquier cultivo de secano. «El secano en Canarias es prácticamente inviable», afirma Hernando. Para sobrevivir es imprescindible el riego, y para regar se necesita acceso real al agua, algo que no ocurre por igual en todo el territorio.

Las Islas han avanzado en desalación y regeneración de aguas, pero las medianías siguen sin redes que permitan aprovechar esos recursos. La desigualdad hídrica condiciona por completo qué cultivos pueden mantenerse. En zonas con disponibilidad, se apuesta por riego eficiente, nuevas variedades y modernización. Donde no la hay, el abandono avanza sin alternativa.

En el tomate, el estrés hídrico se ha adelantado y obliga a un consumo mayor de agua por planta. Las empresas deben invertir en mejorar la calidad del agua disponible –muy dependiente de las lluvias que repongan presas y acuíferos– y eso repercute directamente en los costes. «Estamos siempre al límite, y cuando el agua no es buena, todo cuesta más: desde el riego hasta la salud de la planta», señala Rodríguez.

La papa ejemplifica a la perfección la fragilidad actual del campo. Su cultivo depende de temperaturas moderadas, sobre todo en la fase de tuberización. El presidente de la Cooperativa de las Medianías, Manuel Reyes, lo explica con claridad. «Si en ese momento llega una ola de calor, la planta se para». Y la pérdida es inmediata. Las olas de calor de 2023 y 2024 provocaron caídas de rendimiento de hasta el 30%.

Y este año se ha dado el escenario contrario. Ha llovido más de la cuenta y el exceso de humedad ha disparado el mildiu –hongo que afecta a las papas–, que quema el follaje y pudre el tubérculo. «Ha sido una campaña de luces y sombras», admite Reyes. La alternancia entre sequía y exceso de lluvia impide la planificación de la producción. A ello se suma la presión creciente de la polilla guatemalteca, cuyo ciclo biológico se acelera con el calor.

El sector intenta adaptarse con riego por goteo, cambios en las fechas de siembra, variedades de ciclo corto y rotación de parcelas. Pero la incertidumbre sigue marcando el calendario de buena parte de los agricultores.

Parón invernal

Uno de los cambios más señalados por todos los productores es la desaparición del parón invernal. Con temperaturas más altas durante todo el año, las plagas se mantienen activas y multiplicándose sin descanso.

Desde la Asociación de Organizaciones de Productores de Plátanos de Canarias (Asprocan) confirman que existe una presión continua. Al estar sujetos a la normativa europea, los agricultores trabajan con productos cada vez más suaves. «Solo quedan herramientas muy limitadas, incluso cosas tan básicas como agua con jabón», explica Esther Domínguez, del departamento técnico de Asprocan, quien aclara que este tipo de medidas exigen más mano de obra y reduce la eficacia. La situación contrasta con la de competidores extracomunitarios, que sí pueden usar moléculas prohibidas en Europa y vender sus productos en las Islas.

El aumento térmico también ha favorecido la introducción de cultivos tropicales. La papaya, el mango o la piña se han convertido en una alternativa real. Su expansión responde a la necesidad de diversificar.

En otros cultivos, la adaptación pasa por elegir variedades más resistentes al calor o con ciclos más cortos. Es un proceso lento, pero inevitable. Un ejemplo claro es el de los olivos. Los productores que están apostando por nuevas variedades con más resistencia al calor –sobre todo en la provincia occidental–, son los que están triunfando. El Cabildo de Tenerife a través del Servicio técnico de Agricultura y Desarrollo Rural tiene incluso dos fincas de ensayo de variedades de olivo en Araya y en La Valiera, Fasnia.

Y ya hay empresas de la Península analizando los resultados de estas variedades con el objetivo de utilizarlas en un futuro próximo en el sur peninsular.

En el tomate también se buscan nuevas variedades que toleren mejor el estrés térmico. Las semillas más resistentes ayudan, pero incrementan los costes y no resuelven por completo el problema. «Son un apoyo, no una solución», recuerda Rodríguez. Además, incluso si se logra mantener la calidad del fruto, la ventana comercial se estrecha, porque otras zonas productoras europeas también están ampliando su calendario gracias al calentamiento. En la última década, el sector ha perdido hasta tres meses de ventas estables.

El cambio climático provoca pérdidas en las producciones, pero también puede generar el efecto contrario. El calor puede impulsar la producción como ocurre en el caso del plátano. Y un exceso repentino genera sobreproducción, como ocurrió en el año 2023. El problema es que el cultivo no se puede almacenar y los desequilibrios alteran el mercado. Hay años de mucha abundancia, y otros con merma severa como consecuencia del viento o las olas de calor, por lo que se hace imposible mantener la estabilidad y la rentabilidad de las empresas canarias.

En un entorno cambiante, la tecnología es hoy una aliada imprescindible. Estaciones meteorológicas, sensores de suelo, registros de humedad y temperatura, modelos predictivos y sistemas digitales de riego permiten tomar decisiones más informadas. La información no elimina el riesgo, pero ayuda a anticiparse y reducir daños.

Tecnología para sobrevivir

El tomate es uno de los cultivos donde la tecnología ha avanzado más. La automatización del descuelgue, los sistemas de control climático y las herramientas de precisión han permitido mejorar rendimientos que hace décadas parecían inalcanzables. Los productores coinciden en que la digitalización es la única forma de trabajar en un entorno sin estaciones definidas. Pero también admiten que ningún sistema puede controlar un golpe de calor en plena floración o evitar la pérdida de horas de frío. La tecnología permite sobrevivir, no garantizar resultados.

El mapa agrícola canario está en pleno proceso de transformación. Algunas zonas se vacían. Otras cambian de cultivos. Otras suben en altitud buscando frío. Y muchas se aferran a la tecnología para ganar tiempo frente a un clima que, según coinciden los productores, ya no responde a patrones reconocibles.

El cambio climático no es un horizonte, sino un marco operativo. Los agricultores trabajan dentro de él desde hace años y han aprendido que la estabilidad ya no forma parte del calendario. Por eso, innovan, se mueven, buscan variedades nuevas, introducen tropicales o podan con estrategias distintas. Adaptarse no es una opción, sino la condición mínima para seguir produciendo.

Y aun así, la sensación que queda es que el campo canario vive en equilibrio precario. Entre el calor que acelera todo, el frío que falta, la sequía que limita y las plagas que no descansan, cada campaña se convierte en un desafío que obliga a reinventarse.

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