Sin relevo generacional
La varroa es ya la mayor amenaza de las abejas en Extremadura: aniquila al 50% de las colmenas
Los apicultores piden más investigación y medidas de prevención para luchar contra este ácaro que llegó a la región hace más de treinta años, y que se reproduce bajo cualquier circunstancia

Apicultores comprueban sus colmenas en la comunidad. / UPA-UCE
Los apicultores extremeños han afrontado una de las campañas «más difíciles» de las últimas décadas. Hablando claro, las colmenas se mueren. De hecho, la tasa de mortalidad para las abejas en Extremadura se sitúa en un 50%, una cifra que, además, no parece augurar un futuro positivo. Y de ese crítico porcentaje, el 95% —por no decir el cien por cien— tiene un único culpable: la varroa.
Según explica el presidente de la Asociación Cacereña de Apicultores, Paulino Marcos, la varroa es un ácaro que se caracteriza por «colgarse de las abejas para chuparle la hemolinfa, su sangre, debilitándolas de tal manera que reduce el tiempo de vida de la abeja, incluso matándola».
La reproducción del parásito
Sin embargo, el problema más grave se produce cuando la varroa se reproduce, lo que, además, ocurre bajo cualquier condición, ya sea frío, calor o lluvias. «Se mete dentro de la celdilla donde la reina ha puesto el huevo y puede criar hasta dos veces antes de que nazca la abeja».
De esta forma, cuando nacen, lo hacen parasitadas con tres o cuatro larvas, completamente deformadas. «Si empiezan a morir, si las abejas que nacen no son capaces de tirar para adelante, en dos meses o así desaparece la colmena, porque no hay relevo generacional», lamenta. «Esto es lo que hace la varroa, y esto es con lo que llevamos luchando más de 30 años», afirma.
Extremadura, líder en número de colmenas
Cabe destacar, en este contexto, que Extremadura es la comunidad que alberga el mayor número de colmenas en el territorio nacional con 600.000 colmenas, un 23% del censo nacional, seguida de Andalucía, Castilla y León y Comunidad Valenciana. Estas 4 comunidades representan más del 65% del total del número de colmenas que compone el censo nacional.
Treinta años con el mismo tratamiento
La varroa llegó a España en los años 80. En Extremadura, se detectaron los primeros casos en torno a 1990 y desde entonces los apicultores han tenido que recurrir a tratamientos químicos para poder controlarla, sin afectar a las colmenas.
«Debemos tener en cuenta que las abejas son unos insectos muy sensibles, luego también estamos manipulando la miel, que al fin y al cabo la vamos a comer. Entonces, tienes que encontrar una varita mágica que sea capaz de quitar la varroa sin matar a las abejas y sin dejar residuos».
Tienes que encontrar una varita mágica que sea capaz de quitar la varroa sin matar a las abejas y sin dejar residuos
Consiguieron la molécula en el año 1995, y treinta años después, continúan utilizando lo mismo, a pesar de que la varroa «ha ido evolucionando». «Antes, con un solo tratamiento al año lográbamos matarla; ahora necesitamos hasta cuatro para poder pelear y mantener vivas a las colmenas».
Por ello, Marcos asegura que han pedido a los laboratorios que «investiguen, que busquen algo porque se van a morir las abejas, pero no les interesa».
Falta de interés y rentabilidad
¿El motivo? Según Marcos, económico. «No les interesa porque ahora resulta mucho más rentable que hace 30 años, porque venden cuatro o cinco veces más productos. Al ser menos eficaz, hay que utilizar más cantidad y para ellos el beneficio aumenta».
Las administraciones tampoco se hacen eco del problema. «Se lo decimos, que cuenten con nosotros, que les ayudamos en todo lo que necesiten, pero somos un sector pequeño, parece que no les interesamos lo suficiente», denuncia.
Repoblar en lugar de producir
Las consecuencias de esta lucha incesante —y, de momento, derrota— por parte de los apicultores extremeños son cada vez más devastadoras. «Cada año, a cada apicultor se le muere aproximadamente la mitad de su colmena».
Y cuando llega la primavera, en vez de realizar el trabajo de esta época, la producción, se deben dedicar a repoblar la colmena. «Poco a poco nos damos cuenta de que la apicultura ya no es rentable, lo notamos también en las incorporaciones de los jóvenes. Antes entraban diez o veinte jóvenes al año en la asociación; ahora, uno, dos o tres», lamenta.
«Eso nos está indicando la tendencia del sector, que no resulta atractivo ni interesante y que acabará desapareciendo».
Un papel clave para la supervivencia
Sin embargo, Marcos defiende a capa y espada la importancia de estos insectos tan pequeños como fundamentales para el ser humano. «Cuando desaparecen las abejas, desaparece también la polinización. Sin abejas no habría semillas ni alimento para los pájaros», advierte.
«Hace falta investigación, medidas de prevención que funcionen, otra molécula que sea capaz de acabar con la varroa antes de que elimine a todas las abejas. Porque es mucho más fácil protegerlas ahora que intentar reintroducirlas después».
La otra amenaza: la avispa asiática
En la región, las abejas se encuentran en constante peligro ya no solo por la varroa. Detectada por primera vez en el año 2018, la vispa asiática se alimenta principalmente de abejas, llegando incluso a acabar con apiarios pequeños. Aunque su presencia en Extremadura es todavía limitada, su incidencia aumenta cada año, especialmente en los meses de otoño. Si bien hace cuatro o cinco años podía acabar con un 2% de las colmenas; ahora ya mata entre un 6% y un 8%.
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