Entrevista
Víctor Bermúdez: "Educar es mucho más efectivo que prohibir las redes a los menores"
Colaborador de el Periódico Extremadura, con la columna semanal “Café filosófico”, es catedrático de Filosofía en el IES Santa Eulalia de Mérida y ha sido asesor en el Ministerio de Educación, consejero en el Consejo Escolar de Extremadura y miembro de la Red de Asesores en Política Educativa del Consejo de Europa. En la actualidad también preside la Comisión de Educación de la Red Española de Filosofía

Víctor Bermúdez. / Javier Cintas
-Es uno de los autores de ‘Defensa de la enseñanza de la Filosofía: trayectorias en Iberoamérica’. ¿Por qué necesita defensa la materia de Filosofía? ¿Está denostada?
-Yo creo que más que denostada es una materia desconocida, especialmente en los países anglosajones, que son los que marcan hoy la pauta. Es curioso que en todos ellos se hable insistentemente de la importancia de educar a la ciudadanía en pensamiento crítico o en el diálogo argumentativo, sin reparar en que ya existe una materia especializada en todo esto. He trabajado como asesor educativo en el Consejo de Europa, y cuando les hablaba a mis colegas de que en España teníamos una materia troncal en Secundaria especializada en el análisis crítico del discurso o en educación en valores desde una perspectiva ética, sin tener que adoctrinar al alumnado ni politizar el currículo, se quedaban alucinados. Esta materia única es la Filosofía. Y no hay herramienta más útil para enseñar a vivir con sensatez en un mundo tan complejo e insensato como el nuestro. Tan imprescindible es la filosofía que, como decía Aristóteles, hasta para denostarla hace falta hacer uso de ella.
-Pero ha perdido peso en el ámbito educativo. ¿Qué le parece que actualmente sea una optativa con Historia de España en la prueba de acceso a la universidad?
-La Filosofía es materia troncal en los dos cursos del Bachillerato, como Lengua y los idiomas, por lo que podría ser perfectamente una materia común no optativa en la PAU. Sin embargo, cuando el Ministerio de Educación nos consultó si preferíamos ser una optativa junto a Historia, dijimos que sí. Decidimos que aligerar y flexibilizar la fase de acceso de la prueba era la mejor opción para el alumnado.
-Ha estado varios años alejado de la docencia, trabajando en el Ministerio de Educación en la redacción de los currículos de varias materias, ¿qué le ha aportado esta experiencia? ¿Ha cambiado su visión de la docencia estar al otro lado?
-No. Sigo pensando lo mismo. Trabajar en el ministerio es una manera fabulosa de conocer los entresijos de la política educativa y de dar mayor proyección a lo que haces, pero te priva de esa experiencia artesanal y personal que representa educar en un aula. Filosofar con adolescentes es, en general, muy gratificante. Son carne de filosofía. Con esa edad no les da tanta pereza o miedo cuestionarlo todo, y andan tan perdidos como debería estarlo siempre cualquier humano lúcido. Decía Marx que un trabajo deja de ser alienante cuando nos vemos humanamente reflejados en aquello que producimos; la docencia es un magnífico ejemplo de todo esto.
-¿Y ha cambiado el panorama en el aula en este tiempo alejado?
-Un poco. La nueva ley educativa se ha intentado aplicar a veces con un rigorismo absurdo, cuando fueron una ley y un currículo diseñados, justamente, para dar más libertad de acción al profesorado, y no para que este tuviera que programar y rubricar cada paso que se da en un aula. La educación es tanto arte como ciencia, y convertir a los docentes en registradores de datos les impide actuar como lo que son. En cuanto al alumnado, a poco que arañes la superficie o sus endebles mecanismos de defensa (las redes, la pose apática, las provocaciones políticas…), te encuentras a las mismas personas con los mismos problemas e inquietudes filosóficas de siempre.
-En los últimos años se está dando mucha importancia al desarrollo de habilidades y competencias, ¿se está olvidando el conocimiento cultural puro y duro?
-Separar conocimientos y competencias es una simpleza que me cuesta admitir que pueda mantener una persona con conocimientos. El saber hacer (la competencia) es un saber. Y el saber (el conocimiento) es fruto, siempre, de ese hacer saber que son también las competencias (la competencia para dialogar, argumentar, hacer juicios, organizar la información...). Algunos han querido entender el término competencia desde una óptica productivista o instrumental, cuando el concepto pedagógico, inventariado hace decenios por instituciones como la Unesco, refiere algo mucho más profundo: la comprensión del aprendizaje como un acontecimiento genuino en que el alumnado hace aquello que aprende, interiorizándolo de forma activa. Decía Kant que no se enseña filosofía, sino a filosofar. Esto, aplicado a cualquier materia, es la definición exacta de lo que es educar por competencias.
-¿Y cómo está cambiando la educación con el veloz desarrollo tecnológico actual? ¿Está preparado el sistema educativo para aprovechar las ventajas que pueda tener esta revolución o se está quedando al margen?
-En esto soy más bien pesimista. La escuela no solo se está quedando al margen, sino que la parte que resiste lo hace, casi siempre, en la medida en que se deja infiltrar por las empresas tecnológicas. Hace falta formación, sin duda, y dar tiempo y horas a los docentes para que se formen. Pero también promover soportes tecnológicos de carácter público o, al menos, estrictamente regulados para su uso escolar.
-¿Qué peligro tiene para la adolescencia el uso o abuso de la Inteligencia Artificial en lugar de la inteligencia humana?
-El problema con la IA es que se ha introducido en las aulas por la puerta de atrás, y no por la puerta principal como parte de una estrategia bien planificada. Esto hace que su uso por parte del alumnado y el profesorado esté descontrolado y que ambos la utilicen únicamente para casi lo mismo, para librarse de la burocracia educativa: las programaciones, las rúbricas, los deberes… Esto no está mal, pero es infrautilizar algo que, como toda nueva tecnología que llega al mundo, abre una oportunidad magnífica para replantear y mejorar las cosas. La IA nos obliga a dejar de hacer mecánicamente las cosas, a dejar de ser meros fabricantes de datos o simples administrativos de la calificación del alumnado, y esto es innegablemente bueno.
-Se habla en general de que los alumnos adolecen de comprensión lectora, ¿comparte esta afirmación? ¿Qué consecuencias tiene?
-Pues no sé qué pensar. Los datos afirman que los jóvenes leen más que nunca. Una información que hay que interpretar con cierta perspectiva. Los boomers que clamamos al cielo porque los chicos no leen hoy todo lo que nosotros (queremos recordar) que leíamos, olvidamos que hace cuarenta años solo llegaban a ese nivel de lectura un tercio escaso de los jóvenes, los mismos que cursaban entonces el Bachillerato.
-¿Usted es de esos profesores que mandan tareas o lecturas para casa o ha dejado de creer en ese esfuerzo con la llegada de la IA?
-Nunca he sido muy partidario de los deberes en la educación básica. Fuera de la escuela los niños tienen que jugar y estar con su familia y amigos, algo que es diez mil veces más educativo que los deberes. En el Bachillerato y la universidad sí que creo que hay que promover el trabajo intelectual libre y autónomo. Me cuesta entender que a un estudiante no le apasione pasarse las tardes estudiando, investigando, pensando o discutiendo. Alguien que prefiere que la IA investigue, piense y escriba por él, es que carece de esa pasión y se está autoengañando como estudiante. Otra cosa es que necesite un título o que se le imponga tal carga administrativa de tareas que al final, por pura supervivencia, se necesite ese simulacro de trabajo intelectual que es la IA.
-¿Qué le parece el intento del Gobierno de España de prohibir las redes sociales a los menores de 16 años?
-Que no es, ni de lejos, la solución. Tal vez sea por deformación profesional, pero tiendo a creer que educar es mucho más efectivo que prohibir. Lo escribía hace poco en este mismo periódico. Internet no es una simple herramienta, sino el nuevo espacio público en que vivimos, comerciamos, aprendemos, nos relacionamos y mil cosas más. Negarle a un adolescente que ande por ese mundo, con todas las precauciones que hagan falta, es retrasar inútil y peligrosamente su aprendizaje vital. Lo que es preciso, eso sí, es regular y civilizar ese mundo de redes que, hoy por hoy, es como un poblado del salvaje oeste, creado por compañías privadas sin otra ley ni intención que la del control de la información y el beneficio.
-En este contexto, ¿puede hacer algo la Filosofía para fomentar el buen uso de las tecnologías en la sociedad actual?
-Absolutamente. Hay que regular legalmente el uso de las tecnologías de la información, pero para eso hace falta saber qué valores y derechos queremos priorizar, y este es un asunto ético. La ley no es más que la materialización de un marco moral previo. El asunto es que, en relación con la tecnología, aún no tenemos claro ese marco moral, y para clarificarlo es esencial la reflexión filosófica. La filosofía es, además, la materia que mejor puede formar al alumnado en la organización y evaluación crítica del maremágnum de información que recibe a diario, examinando sus supuestos ontológicos, sus criterios de verdad, su estructura argumentativa o sus implicaciones éticas.
-En una sociedad actual polarizada y de etiquetas, hay filósofos que están alertando de un problema de deshumanización, ¿comparte esa tesis?
-Todas las sociedades han estado polarizadas y en todas se han empleado etiquetas y prejuicios. Pasaba en las sociedades antiguas, y en la Europa medieval y moderna, en la que la gente se mataba por el resultado de un concilio o por la distinta interpretación de un rito religioso (¡eso eran batallas culturales de verdad!). ¿Está nuestra sociedad más o menos “humanizada” que aquellas? Todo depende de lo que entendamos por ser humano. En épocas pretéritas, la polarización y la guerra no eran tan «inhumanas» porque las personas se concebían como piezas sustituibles de la comunidad o como seres en tránsito a otro mundo. En nuestro tiempo, tan profundamente individualista (y narcisista), la vida personal es sagrada, por lo que el más mínimo daño a nuestra integridad física o moral es un escándalo (de ahí el concepto cuasi religioso de «víctima» que manejamos hoy). Paradójicamente, admitimos a la vez que esa vida personal no tiene ningún sentido o finalidad especial, más allá de la del simple disfrute del presente, por lo que, ¿qué es eso tan valioso que se pierde cuando se pierde o se daña una vida? Curiosamente, nunca ha habido tanta preocupación por la vida concreta de los individuos y, a la vez, tanta incapacidad para trascenderla y darle valor.
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