ENTREVISTA
Alejandro Narden, escritor y periodista: "Extremadura es una región que se cuenta poco y mal"
Desde 'Todos los principios', el autor se adentra en ese territorio incierto de los recuerdos, las vidas que podrían haber sido y una memoria que regresa al pasado para revivirlo con la mayor de las crudezas

Retrato de Alejandro Narden. / Jacobo Medrano
"Idiota, idiota, cien veces idiota. Para lo que ya sucedió no hay remedio". Con esas palabras arranca Todos los principios, la segunda novela del escritor y periodista Alejandro Narden, natural de Plasencia y afincado desde hace años en Madrid, donde trabaja en el diario EL PAÍS. La historia se adentra en ese territorio incierto de los recuerdos, en el que lo que ocurrió se entremezcla con lo que pudo haber sido y con la persistente certeza de que, si uno supiera entonces lo que sabe ahora, probablemente no tropezaría con la misma piedra.
En el libro, Narden sitúa a su protagonista, Rodrigo, a 72 horas de cumplir los treinta y tres años, consciente de que ese mismo día su expareja dará a luz al hijo de otro. Ese instante abre la puerta a un relato de desamor, a un juego de memoria y reevaluación que pasa por Túnez y en el que se entrecruzan tiempos, lugares y afectos, precario sostén de su equilibrio. Aunque al final, como apunta el propio Narden, quizá lo único que quede sea, simplemente, cerrar la puerta.
La novela arranca con Rodrigo insultándose: "Idiota, idiota, cien veces idiota". ¿Qué dice ese arranque sobre el narrador?
Soy un enfermo de los comienzos de las novelas que más me han marcado en la historia de la literatura. Y es verdad que en la primera frase ya se instaura el tono de cómo va a ser el libro. Me gustan mucho los narradores poco autoindulgentes. Pienso en 'La vida en tiempo de paz', de Pecoraro, pero también en 'Tristram Shandy', una novela del siglo XVIII en la que el narrador cuestiona si sus padres deberían habérselo pensado mejor antes de concebirlo. Entonces, dentro de esas ambiciones modestas que uno tiene siempre, quería que lo primero que hiciera mi narrador fuera insultarse. Me situaba en un tono y en un flujo de conciencia con el que quería jugar.
En la novela aparece un hijo que nunca llegó. ¿Se sufre más por lo que se pierde o por lo que no ha ocurrido?
Esa es una idea bastante central. Pensé que pocos momentos te colocan ante la tesitura de repensarte como el hecho de comprobar cómo esa vida que podría haber sido la tuya sigue su curso, y son otros los protagonistas. Tú ya no estás. Creo que lo que perdemos es algo tangible y, por tanto, sabemos medirlo; es un lamento controlable. El otro es peor, porque no hay peor mal que el que se imagina pero no puedes llegar a medir del todo, a contar del todo.
Periodista y escritor. Si con una de las profesiones no se da abasto, ¿cómo se compaginan ambas?
Estuve un tiempo en la sección de Cultura, pero desde hace unos seis años trabajo en el departamento de Branded Content, y los tiempos son otros. Aun así, las condiciones materiales para la creación influyen mucho más de lo que nos gustaría. En mi caso doy gracias porque mi oficio alimenticio sea ahora —que no siempre lo ha sido— algo más cercano a lo que uno se imagina de pequeño queriendo ser de mayor, pero también tiene su reverso, y es que las jornadas son interminables. Pasas muchas horas delante de una pantalla y sentarte ante una página en blanco para sacar adelante una novela es complicado.
¿Cómo se ve Extremadura desde una de las redacciones más importantes a nivel nacional?
Una de las cosas que siempre me ha causado un cierto orgullo es que en la redacción de El País hay muchos compañeros extremeños. Desde Javier Rodríguez Marcos hasta quien por voluntad propia ha sido durante mucho tiempo una especie de corresponsal no asignado, Manuel Viejo; Carmen Morán... hay muchos periodistas extremeños aquí, pero seguramente sin el esfuerzo individual de profesionales de esa talla, regiones como la nuestra sigan siendo poco tratadas u olvidadas en los medios nacionales. Somos una región muy mal comunicada en todos los sentidos. No me refiero solamente al tren; somos una región que se cuenta, en general, poco y mal.
¿Qué es la venganza?
Es una toma de conciencia de que nada —ni siquiera lo que en apariencia, de la manera más inocua y objetiva, tratas de contar— carece de intención. En todo hay un sesgo. En este caso ese narrador, que es el primero en contar la historia, ya incurre en ese sesgo y hace más fácil que el lector empatice con Rodrigo frente al relato que falta, que es el de la que ni siquiera tiene nombre.
¿Y escribir esa historia calma la venganza o la agranda?
No creo que un narrador, en el momento de ebullición en el que colocamos a Rodrigo, pueda sentir calma. No creo en la literatura como terapia a nivel autoral, pero sí que le sirve como detonante para contar una historia que ni siquiera a sus más allegados había contado con esa crudeza.
Ahí entra un factor importante, la memoria. En el libro, recordar llega a definirse como "contracción, dilatación, el juego bobo y voraz de la memoria. Revolear la mierda". ¿Recordar es un acto de valentía?
Si no sufriese de esa memoria tan pertinaz, que demasiadas veces trata de recorrer todos los caminos potenciales que nunca cogí, creo que no sería escritor. Mi forma de recordar tiene mucho que ver con mi forma de reflexionar, de acercarme a lo que no conozco del todo, y tiene todo que ver con que yo siga escribiendo cuando lo razonable o lo sensato habría sido no hacerlo.
En esa memoria Túnez aparece como escenario sentimental y político. ¿Qué aprendió allí que no se podía ver en Plasencia?
En realidad mi estancia allí fue casi casual. Soy alguien licenciado en tiempos de crisis que no tuvo una nómina de cuatro cifras hasta los 30 años. Había estudiado árabe y quería trabajar en cooperación cultural, era un camino laboral coherente con la persona que era entonces. Túnez también es ese lugar en el que el extraño eres tú y convives con gente en sus términos. Allí viví dos atentados fallidos, que en la novela sitúo en 2015 para alejar la tentación de la crítica biografista.
¿Ha cambiado su forma de escribir desde 'Horizonte Aquí', que le hizo merecedor del premio Ateneo Joven de Sevilla?
Espero que sí (ríe). En esta novela sentí que se cerraba una etapa. El tipo de juego literario y lingüístico que me interesaba hasta ahora, que tiene que ver con narradores de referencia como Javier Marías, Claudio Magris, Annemarie Schwarzenbach o Melania Mazzucco, seguramente se despegue un poco en lo siguiente que haga.
Extremadura. Siempre hay una distancia entre el lugar del que uno sale y el lugar desde el que escribe. ¿Dónde se escribe mejor?
Una de las necesidades que me ha llevado la siguiente novela es que el lugar narrativo sea el Valle del Jerte. La tercera novela se volverá a escribir desde ahí, supongo que con muchos más ingredientes, pero hay un punto de necesidad de vuelta a casa y por la propia trama se necesitaba una especie de finca donde dos personas se escondiesen durante un tiempo. Y pensé: ¿por qué irme a cualquier otra parte si esos son, al final, los escenarios que mejor conozco?
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