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Patrimonio extremeño

Villasviejas, ¿una antigua ciudad desenterrada? El yacimiento se abre al público con nuevos recursos y refuerza la pista de Tamusia

La inversión pública y los últimos avances científicos convergen en Villasviejas del Tamuja, un gran asentamiento fortificado de la Edad del Hierro que pudo acuñar moneda, concentrar a miles de habitantes y desempeñar un papel destacado en Extremadura

Vídeo | Villasviejas del Tamuja es uno de los yacimientos arqueológicos más singulares de la provincia

Carlos Gil

Cáceres

Entre la dehesa, el río y las huellas de una fortaleza levantada hace más de dos mil años, Villasviejas del Tamuja vuelve a enseñarse. El yacimiento de Botija fue uno de los grandes núcleos de población de la segunda Edad del Hierro en Extremadura y, según las últimas investigaciones, podría ser además la antigua ciudad de Tamusia. Ahora, este enclave central en la protohistoria puede visitarse con recursos añadidos.

Tras las actuaciones de revalorización, dotadas con 450.000 euros en el marco de un convenio entre la Junta y el Ayuntamiento de Botija, Villasviejas cuenta con estructuras restauradas, nueva señalización y herramientas de interpretación, entre ellas una aplicación móvil que recrea cómo era el enclave en su origen.

Con los trabajos ya terminados y en una visita al yacimiento este jueves, la consejera de Cultura, Turismo, Jóvenes y Deportes en funciones, Victoria Bazaga, enmarcó la actuación en la apuesta por proteger el patrimonio y convertirlo en un recurso cultural y turístico. Defendió que la inversión busca que el enclave sea "útil para la sociedad", no solo desde el punto de vista de la conservación, sino también como espacio visitable y capaz de generar actividad en el entorno.

Hallazgos que reabren el foco

Detrás de esta intervención se encuentra un yacimiento con una historia excepcional y con hallazgos recientes que han reforzado su importancia. El castro, situado junto a la ribera del Tamuja, estuvo habitado aproximadamente entre los siglos IV y I antes de Cristo y, según explica Victorino Mayoral, científico titular e investigador principal del Instituto de Arqueología de Mérida, fue "uno de los mayores núcleos de habitación que existieron en ese periodo en esta zona de la alta Extremadura".

El estudio del enclave arrancó en 1968 con las excavaciones dirigidas por Francisca Hernández, que dedicó buena parte de su vida al yacimiento, y en 2016 el actual equipo tomó el relevo. Ese trabajo ha permitido contrastar hipótesis anteriores y reforzar algunas de las líneas de investigación más relevantes sobre el poblado.

La principal tiene que ver con su posible identificación con la antigua Tamusia. Aunque Mayoral evita expresarlo con rotundidad, sí reconoce que han aparecido indicios que apuntalan esa hipótesis. En excavaciones recientes apareció un nuevo ejemplar de monedas con el nombre de la ciudad, un hallazgo que refuerza la idea de que este asentamiento fue el lugar donde se acuñaban, aunque por ahora no haya aparecido el taller monetal. La cuestión no es menor, porque situaría a Villasviejas como un centro político de primer orden, con capacidad para emitir moneda y para levantar un sistema defensivo de dimensiones excepcionales.

A ello se suma otro dato relevante: la magnitud de la población que pudo concentrar. A partir de las prospecciones geofísicas, los investigadores estiman que el poblado pudo albergar entre 1.500 y 2.000 habitantes. En un mundo en el que la mayoría de los asentamientos eran mucho más pequeños, la aparición de un núcleo de estas dimensiones obliga a preguntarse qué importancia económica, comercial o estratégica justificó su desarrollo. Para Mayoral, en ese crecimiento influyó su posición dentro de la red de comunicaciones del momento y la posibilidad de explotar recursos que iban más allá de la ganadería o de los campos de cultivo. "Toda esta zona está llena de minas de plomo y plata con gran potencial", explica.

La huella de la guerra

Las excavaciones también han aportado pistas sobre el final del asentamiento. En las viviendas adosadas a la muralla, excavadas entre 2019 y 2020, aparecieron cerámicas y otros objetos conservados in situ, junto a señales de incendio y derrumbe y materiales militares como una punta de lanza, un puñal o proyectiles de honda. Ese conjunto refuerza la idea de que el lugar tuvo un uso como acantonamiento de tropas y fue destruido en un episodio de conflicto, muy probablemente en el contexto de la Guerra de Sertorio, entre el 82 y el 72 antes de Cristo.

Más tarde, esos mismos espacios parecen haber sido reutilizados, como indican algunos hogares para cocinar y pavimentos hechos con lajas de pizarra. Tras aquellos episodios violentos, el lugar siguió habitado durante un tiempo, aunque ya con parte de sus fortificaciones arruinadas, hasta su abandono definitivo antes o en los inicios de la etapa imperial romana.

Un poblado organizado en dos recintos

A partir de ahí se entiende mejor la estructura del yacimiento. Villasviejas se organizó en dos recintos. En una primera fase solo estuvo ocupado el situado al norte, una especie de península natural defendida por un meandro del río Tamuja y por la confluencia con el arroyo del Verraco. A finales del siglo II antes de Cristo, el poblado se amplió hacia el sur con un segundo recinto, algo más pequeño. Fue la etapa de mayor desarrollo del enclave y también la de su gran transformación urbanística y defensiva.

Una de las partes más llamativas del yacimiento es precisamente su sistema defensivo. Sus torres, bastiones y fosos excavados en la roca hablan de una planificación muy sofisticada. La muralla del recinto sur, levantada con grandes bloques de granito, superaría los 600 metros de perímetro y habría alcanzado entre seis y siete metros de altura. Durante la visita, Bazaga subrayó que una parte importante de la inversión se ha concentrado en actuar sobre ese frente defensivo.

Murallas, casas y vida cotidiana

En el interior de ambos recintos se desarrolló una trama urbana densa, articulada por calles principales y secundarias y formada sobre todo por viviendas. Las casas eran pequeñas, de unos cincuenta metros cuadrados y generalmente con no más de tres habitaciones. Se alineaban unas junto a otras, compartiendo medianeras y formando manzanas bastante regulares. Las construcciones se levantaban sobre bases de lajas de pizarra unidas con barro; sobre ellas se alzaban paredes de barro, mientras que las cubiertas se hacían con vigas de madera, cañizo y matorral, aunque en la fase final ya aparecen techumbres de teja al estilo romano.

A partir de las prospecciones geofísicas, los investigadores han podido identificar más del 80% de la extensión del poblado y localizar con bastante precisión las construcciones que todavía permanecen ocultas bajo el suelo. Ese trabajo ha permitido elaborar un plano guía y apoyar algunos de los recursos incorporados ahora a la visita, entre ellos una aplicación con recreaciones en 3D de murallas, viviendas y otros espacios.

Otro de los puntos más significativos del recorrido es el lugar conocido popularmente como "El castillo", en referencia a la monumentalidad de la gran torre defensiva que remataba la esquina suroeste del recinto norte. Hoy la torre ha desaparecido, pero todavía puede apreciarse el túmulo artificial dejado por sus ruinas. Se trata además del punto más elevado de todo el conjunto y desde él se entiende de un vistazo la lógica territorial del castro, abierto sobre el valle del Tamuja y sobre un paisaje que ayuda a comprender su valor estratégico.

Un recurso para Botija

La economía del poblado se apoyaba fundamentalmente en la agricultura y la ganadería. Los hallazgos arqueológicos han proporcionado abundantes recipientes cerámicos relacionados con el almacenaje, la cocina y la vajilla de mesa, además de herramientas de hierro y molinos de piedra para la elaboración de harina.

A esa imagen se suma la información de sus áreas funerarias. Se conocen al menos tres necrópolis vinculadas a Villasviejas: la del Mercadillo, utilizada en las primeras etapas, y Romazal I y Romazal II, asociadas a las fases finales del asentamiento. En ellas el ritual consistía en la incineración del cuerpo y en el depósito de los restos en urnas cerámicas. En la zona del Romazal se habrían excavado más de 300 tumbas, y algunos ajuares presentan una mezcla especialmente reveladora de elementos indígenas y romanos.

Todo ello sitúa a Villasviejas del Tamuja como algo más que un yacimiento arqueológico de interés científico. En una zona marcada por la despoblación y la debilidad de la actividad económica, puede aportar un recurso excepcional. Porque este enclave conserva no solo piedras, muros y objetos, sino la huella de una comunidad que creció, se fortificó, atravesó una guerra y acabó desapareciendo, dejando en Botija una de las claves más potentes para leer la Edad del Hierro en Extremadura.

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