Servicio Extremeño de Salud
Extremadura impulsa un modelo de UCI con tecnología y atención humana
Puertas abiertas, entornos más confortables, apoyo psicológico, mejora del descanso y una mayor presencia familiar marcan el nuevo enfoque de las Unidades de Cuidados Intensivos extremeñas

Sergio Barrena y Miguel Francisco Benítez, de la UCI del Hospital de Mérida. / JAVIER CINTAS
Las unidades de cuidados intensivos de Extremadura están cambiando sin dejar de ser lo que siempre han sido: espacios de alta complejidad técnica donde se lucha a diario contra la enfermedad más grave. La diferencia ahora es que ese esfuerzo se acompaña de una mirada más abierta, cercana y centrada en la persona. Un proceso que no parte de cero, sino de décadas de experiencia, y que hoy se estructura bajo el paraguas de la humanización de la asistencia.
«El movimiento de humanización no significa que antes las UCI fueran deshumanizadas», explica el subdirector de Cuidados y Humanización de la Asistencia del Servicio Extremeño de Salud (SES), José María Villa. «Lo que estamos haciendo es dar visibilidad y ordenar, además de reforzar con protocolos y evidencia científica prácticas que muchos profesionales ya realizaban», sostiene. En la UCI del Hospital de Mérida, su jefe de servicio, Miguel Francisco Benítez, indica que no existe una «unidad de humanización» como tal. «No hay un departamento específico ni un sello reciente. Lo que hay es una forma de cuidar que siempre ha estado en la medicina intensiva», afirma.
Durante años, recuerda, fueron los propios profesionales quienes acompañaron a pacientes en sus últimos momentos para evitar que murieran solos: «Eso también es humanización, aunque no se llamara así. En las UCI conocemos mejor que nadie el miedo, el dolor y, muchas veces, la despedida». Lo que ha cambiado en los últimos años es la manera de integrar ese cuidado dentro del proceso asistencial. La humanización ha pasado de ser un gesto individual a formar parte de una estrategia más organizada. «Ahora hablamos de estudios, protocolos y proyectos compartidos con otras especialidades», explica Benítez.
En ese camino, las UCI trabajan de forma coordinada con psicólogos, fisioterapeutas y otros profesionales, con un objetivo que va más allá de la supervivencia: «Queremos que el paciente salga vivo, pero también que lo haga en las mejores condiciones posibles y pueda recuperar su vida». Uno de los cambios más visibles es la flexibilización de los horarios de visita. Las denominadas UCI de puertas abiertas permiten una mayor presencia de la familia, adaptándose a sus posibilidades y necesidades, e incluso facilitando el acceso de menores cuando la situación lo permite.
Escuela de familiares
La relación con los familiares ha evolucionado de forma significativa. En el centro hospitalario emeritense, además, se impulsa una escuela de familiares en la que se les enseña a participar en cuidados básicos, desde la higiene hasta el manejo de dispositivos como una traqueotomía. «No es para quitarnos trabajo, es para darles seguridad», aclara el facultativo. «Muchos pacientes se irán a casa con cuidados complejos y el familiar quiere aprender», apostilla.
La humanización también se traduce en cambios en el entorno físico. Según detalla José María Villa, se han implementado protocolos para favorecer el descanso y el sueño de los pacientes conscientes: control de la luz, reducción del ruido de alarmas, uso de antifaces y tapones auditivos, y ajustes en los dispositivos electrónicos.
A ello se suman elementos que, aunque se presuponen sencillos, tienen un gran impacto emocional: vinilos, murales, mensajes motivadores, plantas artificiales o relojes digitales con calendario que ayudan a evitar la desorientación en estancias prolongadas. En algunos casos, incluso se promueven salidas puntuales de la UCI (los llamados ‘paseos que curan’) en camilla, silla de ruedas o caminando, bajo una estricta supervisión, para que el paciente pueda recibir luz natural y aire fresco, rompiendo temporalmente el aislamiento del entorno tecnológico.
En Mérida, uno de los gestos más simbólicos son las pizarras situadas junto a cada cama. «Ahí las familias escriben el nombre del paciente, sus gustos o aficiones», añade Benítez. «Deja de ser ‘la cama ocho’ y pasa a ser Bernardo, al que le gusta bailar y tiene un perro que se llama Cuqui. Eso cambia nuestra forma de mirarlo». Cabe indicar que la humanización incluye también el apoyo psicológico y emocional, tanto para pacientes como para familiares y profesionales. El impacto de la UCI no termina con el alta, por lo que se han puesto en marcha consultas post-UCI para el síndrome post cuidados intensivos y facilitar la adaptación a la nueva etapa.
La comunicación
Cuando existe demanda, también se facilita la atención espiritual o religiosa, respetando en todo momento las creencias y valores de cada persona. «La atención integral no puede limitarse solo a lo físico», subraya Villa. Otro de los ejes que está ganando peso en este proceso es la mejora de la comunicación, no solo verbal, sino también no verbal, con los pacientes críticos. Siempre que la situación clínica lo permite, se facilita el uso de dispositivos electrónicos como móviles o tablets, así como libros, revistas o música, entendidos como herramientas terapéuticas que reducen la ansiedad, favorecen la relajación y mantienen el vínculo con la vida cotidiana.
Este enfoque no solo mejora la experiencia de quienes pasan por una UCI, sino también la de quienes trabajan en ella. En entornos marcados por el estrés, la incertidumbre y el contacto constante con el sufrimiento, la humanización contribuye a un clima laboral más saludable y a una mayor satisfacción profesional.
Extremadura avanza así en una línea compartida por muchos sistemas sanitarios, con iniciativas como las Jornadas de Humanización celebradas en Mérida desde el año 2023, un foro que se ha convertido en referencia nacional y que reúne a pacientes, profesionales y expertos, también del ámbito internacional. «No nos consideramos referentes», matiza Benítez, «pero sí creemos que la excelencia técnica y la humanización no solo no son incompatibles, sino que se refuerzan mutuamente». «Un entorno más humano no resta calidad asistencial: la mejora», asegura el intensivista.
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