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Entrevista

Luis Pastor, memoria de la emigración en Extremadura: "Cerrar el círculo de mi vida es volver a Las Villuercas"

El cantautor repasa su infancia en Berzocana, los años de Vallecas, la música como militancia y el regreso a una tierra que nunca dejó de habitar

Vídeo | Así define el cantautor Luis Pastor qué es ser extremeño

Carlos Gil

Cáceres

Luis Pastor encarna a toda una generación de emigrantes que abandonó su tierra en busca de una vida mejor, pero que siempre la llevó consigo. Llegó a Madrid siendo un niño y creció en Vallecas, en la Colonia Sandi, una promoción de viviendas protegidas levantada en los 60 y conocida como una "colmena de currantes", donde forjó su conciencia de clase y su defensa a ultranza de la libertad durante el franquismo. Con el tiempo, aquella guitarra que consiguió comprarse acabaría convirtiéndose en altavoz de protesta, pero también en memoria: una suerte de 'saudade' de la tierra, la de "un extremeño en Madrid, un árbol de Berzocana, la flor de jara de tu jardín".

"Extrema por su belleza, dura la fuerza y el ser; quien de ti no se enamora es que no sabe querer". ¿Qué significa ser extremeño?

En mi caso, ser extremeño es haber tenido una infancia campesina, pobre, en Berzocana, y abandonar esta tierra como tantos a finales de los 50 y principios de los 60. Creo que vivimos en cualquier ciudad, pero casi siempre habitamos el país de nuestros recuerdos. Hay un alma, una manera de mirar, de oler y de sentir que está dentro de ti y que con el tiempo te lleva a sentir la necesidad de volver a lo que dejaste. Esa canción, "Cáceres y Badajoz", forma parte del disco que he hecho en homenaje a Extremadura, que pienso que le debía a mi tierra. Ha sido una suerte para mí, porque finalmente me ha traído de vuelta, a vivir al lado de Berzocana, en Las Villuercas. Después de 65 años recorriendo ciudades y países, creo que cerrar el círculo de tu vida es una especie de suerte, el poder volver.

'Vallecas 75'. Llegó a Madrid a principios de los sesenta, a la Colonia Sandi. ¿Qué le enseñó esa llegada?

Primero vivimos en un barrio de chabolas, en el poblado dirigido de Orcasitas. Éramos cinco hermanos y vivíamos con mis padres en una casita baja, compartida con otra familia que estaba en otra habitación. Al año siguiente fuimos a Vallecas, a un pisito en un descampado, donde se hacían en aquel tiempo los bloques de pisos para los obreros. Yo tendría nueve años, y ese fue mi barrio, el que dio sentido a mi vida. Me lo enseñó todo. Posiblemente soy la persona que soy gracias a eso. Tuve la suerte de vivir la iglesia de los curas obreros, me puse a trabajar a los 15 años y empecé a forjar mi manera de pensar y mi conciencia de clase a través de reuniones, charlas, lecturas y movilizaciones vecinales. Fue entonces cuando vendí una bandurria que me habían traído los Reyes y me compré una guitarra. Era un cantarín. De niño quería ser Manolo Escobar.

"No sé de qué compás te deslizaste, ni en qué estación de metro te perdí". ¿La música sirve para curar o solo para entender lo que duele?

La música siempre me ha salvado. Aprendo a entenderme primero y luego a curarme con ella. 'Violín sin funda' simboliza la crisis que viven muchas personas con depresión: "Se tambalea mi edificio, mi ánimo se derrumba, mi mente pide equilibrio...".

Todo son pensamientos, como la canción 'Soy', que está escrita en Berzocana, en los veranos de los 90 con mis hijos pequeños. Todos los días escribía a la puesta de sol, cuando me encontraba. 'Flor de jara', la primera canción que hago de aproximación real a la tierra, está escrita de madrugada, solo, sentado en la puerta de la casa que fue de mis padres, viendo las estrellas. El canto y la poesía son sanadores del alma y esa es la gran baza que jugamos los que hacemos de esto un oficio.

"Si se calla el cantor los obreros del puerto se persignan". En una entrevista decía su hijo, Pedro Pastor, que en la canción uno se interpreta a sí mismo. ¿Para cantar hay que tomar posición?

No hay que ser nada más que buen músico, pero tienes un altavoz y si tienes capacidad crítica te vas a involucrar. Y lo vas a pagar, porque se paga. Yo lo pagué toda mi vida, pero sabía a lo que me arriesgaba y no me he vendido nunca a nadie. He hecho lo que me ha dado la gana y estoy agradecido a la vida porque me ha permitido vivir de lo que me gusta. Pero antes que cantante soy militante, un militante de Vallecas, obrero, de barrio, de clase, y utilizo la canción desde el primer día para luchar.

"Si vienes conmigo, te doy las Villuercas". ¿Qué le ha dado a usted la vuelta a sus raíces?

Me ha dado cercanía con mi tierra y la posibilidad de aportar desde la poesía un granito de arena a Extremadura. Esa cercanía es impagable y a mí me llena. Me encuentro feliz. Esa canción, 'Te doy las Villuercas', nace de un intento de amor a una extremeña que se convierte en un disco de amor a Extremadura. Lo escribí en 20 días durante la pandemia, en un momento en el que quise soñar y salir del encierro.

"Éramos progres universitarios soñando en una canción". Hubo un tiempo en el que parecía que los cantautores ya no tenían razón de ser. ¿Hemos vuelto al año 81 o aún se puede hacer poesía desde la música?

Entendíamos nuestra actividad como una militancia. Nos metíamos en el sindicato franquista del espectáculo para defender los derechos de los trabajadores de la música. Desde el 75 en adelante estuvimos tomando el sindicato vertical, creando un sindicato unitario de músicos con asambleas de 500 personas, desde Machín hasta Lola Flores. En el año 82 publico el disco 'Amanecer', pero llega otra realidad social, una libertad que la gente vive a tope. Madrid en los 80... la vida cambió completamente. Y entonces voy a la radio y los críticos, que me habían adulado, dicen que los cantautores una vez muerto Franco ya no teníamos razón de ser. Ahora la censura es diferente, pero existe. La música se mueve por algoritmos y por el poder de los grandes medios.

Más tarde, en el año 1994, publicó el disco 'Nacimos para ser libres'. ¿Somos hoy más libres que entonces?

Creo que no. Cuando yo vivía en dictadura estaba vigilado por la policía secreta; venían a todos mis conciertos y se quedaban en una esquina de la calle donde vivía. En aquel tiempo había que pasar todas las censuras: una para grabar, otra para editar y otra para el directo. Les cambiábamos los títulos para engañarlos y la gente joven se buscaba la vida para conocer lo que hacíamos, se grababan en magnetófonos y se copiaban las cintas. Aun en dictadura éramos capaces de sentirnos libres, porque eso era lo que vivíamos en nuestra cercanía, en nuestros pequeños círculos de barrio.

Hoy estamos geolocalizados, saben todo de nosotros. Si quieren matar a un líder en Irán, aprietan un botón y muere esa misma mañana. Si quieren bombardear, tienen algoritmos que les dicen el punto exacto. Estamos abocados en este siglo a una transformación absoluta en la manera de relacionarse del ser humano.

'Flor de Jara'. Usted le ha cantado a Extremadura. La banda Sanguijuelas del Guadiana se ha estrenado hace poco y ya es un símbolo de la vida en los pueblos. ¿Se ve reflejado en su música?

Conozco su nombre y tengo referencia de ellos a través de mi hijo Pedro, que los escucha. Creo que el valor de estos chavales, como de cualquiera que hace música desde su raíz, es que pueden trascender más allá de Extremadura. Yo he hecho el camino a la inversa. Me fui con siete años, me hice cantante a los 16 y durante los 70 ejercí más de vallecano que de extremeño. Mi primer acercamiento creativo a la tierra es 'Flor de jara', una canción inolvidable. Muchos padres y madres me han dicho que sus hijas se llaman Jara por ella. Ahí empiezo a contar mis emociones a través de la poesía, la palabra y la música. Ese camino me ha llevado de vuelta a Extremadura. Por eso valoro a estos jóvenes y les animo. Tal y como está el mundo hoy no ganan y, sobre todo, no ganan tiempo.

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