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La situación de la mujer en el campo

Las extremeñas ya lideran una de cada cuatro explotaciones agrarias: "Somos esenciales en el mundo rural"

Desde que en el 2016 entrara en vigor en Extremadura la titularidad compartida, 162 hacen uso de esta herramienta

Asistentes a un curso organizado por Fademur para mujeres emprendedoras.

Asistentes a un curso organizado por Fademur para mujeres emprendedoras. / EL PERIÓDICO

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Mérida

En 2026 se cumplen diez años desde que la Junta de Extremadura aprobó el decreto sobre titularidad compartida de las explotaciones agrarias, una norma concebida para promover la igualdad real y efectiva de las mujeres en el medio rural. Una década después, las extremeñas figuran ya al frente de una de cada cuatro explotaciones agrarias de la comunidad, aunque la implantación de la cotitularidad sigue siendo aún reducida.

Según la última Encuesta sobre la Estructura de las Explotaciones Agrícolas del INE, con datos de 2023, Extremadura cuenta con 47.848 explotaciones agrarias, de las que 11.507 (24%) tienen como titular a una mujer. El dato confirma el avance de la presencia femenina en un sector históricamente masculinizado, pero evidencia que queda recorrido para que ese peso se refleje en derechos, reconocimiento y acceso a recursos.

El aniversario del decreto coincide además con la celebración del Año Internacional de las Agricultoras, un contexto que la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur) quiere convertir en una oportunidad real para mejorar la vida de las mujeres del campo. La presidenta de la organización, Teresa López, advierte de que esta conmemoración no debe quedarse en una simple visibilización simbólica ni en «declaraciones vacías», sino traducirse en diagnósticos más precisos, medidas concretas y presupuesto.

La dirigente defiende que este año debe servir para «sacar a la luz el papel imprescindible que desempeñan las mujeres en el sector», pero también para corregir desigualdades que siguen muy presentes en el ámbito agrario. «Queremos que todo esto sirva para que al final de este año tengamos compromisos concretos y mejore la realidad y el futuro de las mujeres agricultoras», subraya.

El decreto

En la región, una de las principales herramientas para avanzar en esa dirección fue precisamente el decreto aprobado hace una década. La norma reconoce jurídica y económicamente la participación de la mujer en la actividad agraria y define la explotación agraria de titularidad compartida como una unidad económica, sin personalidad jurídica y susceptible de imposición fiscal, constituida por un matrimonio o una pareja unida por análoga relación de afectividad para la gestión conjunta.

Además, el decreto creó un registro de titularidad compartida regional para dar cobertura legal y visibilidad a mujeres que durante años han trabajado en explotaciones familiares sin figurar oficialmente. Sin embargo, el desarrollo de esta figura sigue siendo modesto. Según los datos de marzo del Registro de Explotaciones Agrarias de Titularidad Compartida del Ministerio (RETICOM), en la región hay 162 explotaciones de titularidad compartida, de las que 94 están en Badajoz y 68 en Cáceres.

La cifra contrasta con el peso real que las mujeres tienen ya en la actividad agraria. La secretaria de Fademur Extremadura, Cecilia Carrasco, destaca que la cotitularidad no solo garantiza acceso a la Seguridad Social, sino también derechos de explotación, fiscales, económicos y patrimoniales. Subraya que esta figura resulta clave para reconocer el trabajo de muchas mujeres que, además de participar en las tareas agrarias o ganaderas, sostienen la gestión burocrática, las ayudas y la administración diaria de las explotaciones.

Carrasco considera que el avance de la titularidad compartida ha sido lento por razones culturales y por falta de información sobre sus ventajas: «Muchas mujeres se han conformado durante años con fórmulas que les permitían cotizar, pero no les otorgaban derechos reales sobre la explotación familiar, pese a aportar tierras, trabajo o recursos económicos».

Estatuto regional

En este sentido, Fademur ha reactivado su reclamación de un estatuto de la mujer rural en Extremadura. Carrasco defiende esta medida como una norma que permita abordar de manera integral los problemas de las mujeres en los pueblos. «Hablamos de la doble discriminación, por el hecho de ser mujeres y por vivir en el medio rural», sostiene, una desventaja que afecta al acceso al empleo, la formación, el transporte o los servicios públicos.

A juicio de la secretaria regional, ese futuro estatuto debería contemplar no solo a las mujeres en edad laboral, sino al conjunto de la población femenina rural. «En los pueblos no solamente viven mujeres hasta los 65 años, viven niñas, adolescentes y mayores», señala. Por eso, Fademur mira con atención a otros modelos autonómicos y considera que el caso asturiano es uno de los más completos.

Según López, las mujeres tienen que hacer frente a obstáculos estructurales, ya que tienen mayores dificultades para acceder al crédito, a la tecnología y a la formación, así como el peso de los cuidados familiares, especialmente en el medio rural, donde escasean los servicios públicos de apoyo. En este sentido, Fademur reclama acompasar las políticas agrarias con otras medidas que refuercen la vida en los pueblos, como más transporte público, mejor conectividad y servicios básicos que permitan fijar población.

El avance de las mujeres en el campo no puede desligarse de la lucha contra la despoblación. López señala que desde 2018 hay 200.000 mujeres más residiendo en pueblos de menos de 5.000 habitantes, muchos de ellos en riesgo de despoblación. En este punto, resalta el regreso de mujeres con formación superior que están impulsando nuevos proyectos vinculados al sector agroalimentario, la transformación y la producción, con apuestas por la calidad, la sostenibilidad, la agricultura regenerativa o la venta directa.

Ese relevo, según defiende la organización, está ayudando a transformar el campo con modelos más innovadores, más tecnológicos y también más diversificados. «La mujer ha perdido un poco el miedo a lo que es la agricultura y la ganadería, a eso de que es cosa de hombres», afirma Carrasco. Sin embargo, advierten de que el impulso emprendedor no basta si no va acompañado de condiciones adecuadas de vida en los pueblos. La presidenta reclama acompasar la PAC con otras medidas que refuercen la vida en el medio rural, como más servicios públicos, transporte y conectividad.

Por último, la organización también liga el futuro de las mujeres rurales a la seguridad y al bienestar en los pueblos. López defendió que estos espacios deben ser «lugares amables para las mujeres» y reclama más sensibilización, protocolos específicos y mecanismos de protección frente a la violencia machista.

Petri Monge

Petri Monge, ganadera y agricultora profesional, ha convertido su trayectoria vital en un alegato a favor de la mujer en el mundo rural. Natural de La Zarza y residente en la vecina Alange, representa a una nueva generación de mujeres que abren camino en sectores tradicionalmente masculinizados sin renunciar a sus raíces. Su discurso parte de la experiencia y de una certeza que repite con firmeza: «En cualquier ámbito aún necesitamos igualdad real. Me da igual agricultura, me da igual banquera, como camarera. Esa es la verdad».

«La mujer siempre lo tenemos un poco más difícil», sostiene la agricultora. En el mundo rural, esas dificultades se reflejan muchas veces en situaciones cotidianas que revelan una discriminación aún normalizada. «El otro día fui a comprar leña y me preguntaron que dónde estaba mi marido», recuerda. Una frase aparentemente simple que resume, a su juicio, cuánto queda todavía por avanzar.

La agricultora Petri Monge, en su cultivo de pistachos.

La agricultora Petri Monge, en su cultivo de pistachos. / EL PERIÓDICO

Pese a esas dificultades, Monge defiende el campo como un espacio de oportunidades, futuro y calidad de vida. Lleva cinco años vinculada al cultivo del pistacho y también trabaja con drones, pues en 2021 se convirtió en una de las 200 primeras mujeres españolas en obtener el certificado que permitía utilizar drones para el control de explotaciones agrarias. De esta forma, apuesta por una agricultura más innovadora y moderna, aunque reconoce que la inversión tecnológica «es súper cara».

Desde esa experiencia, lanza un mensaje de ánimo tanto a quienes viven en las ciudades como, especialmente, a las mujeres: «Invito a todo el mundo a que venga a repoblar los pueblos, a que vuelva a haber niños por las calles». Para ella, aunque el mundo rural esté más empobrecido, ofrece una calidad de vida «muy alta» y un modelo ligado a una «economía circular sostenible». No solo reclama respeto y visibilidad para las mujeres del campo, sino también una mirada nueva hacia los pueblos.

Cree que el medio rural necesita población, oportunidades y, sobre todo, mujeres dispuestas a ocupar el lugar que les corresponde. «Animo a todas las mujeres a que participen, a que vengan a este mundo, porque es muy satisfactorio», subraya. En su voz resuena la defensa de una igualdad todavía pendiente, pero también la convicción de que el futuro del campo pasa por reconocer el trabajo y el liderazgo femenino.

María Eugenia Búrdalos

María Eugenia Búrdalos lleva diez años dedicada a la agricultura en Almoharín, donde gestiona una plantación de higueras cuya producción vende a través de la cooperativa del pueblo. Aunque no procede de una familia agricultora, decidió ponerse al frente de las fincas de sus padres y abrirse camino en un sector en el que reivindica con firmeza el papel femenino. «El campo no solamente es de hombres, también es de las mujeres y aportamos mucho», defiende, convencida de que la presencia de la mujer en el sector agrario extremeño está ayudando a «cambiar miradas y cambiar visiones».

La ganadera María Eugenia Búrdalos, en su granja de gallinas camperas.

La ganadera María Eugenia Búrdalos, en su granja de gallinas camperas. / EL PERIÓDICO

Hace casi tres años amplió su proyecto profesional con la creación de Huecoex, una granja de gallinas camperas nacida de una experiencia personal marcada por la discapacidad auditiva de su hijo. Búrdalos explica que este proyecto surgió «cuando el silencio de mi hijo se convirtió en lucha» y con él quiso transmitir «un mensaje de ilusión, de diversidad y de visibilidad a la discapacidad». Pero esa iniciativa también reforzó su posición como mujer en el mundo rural, un espacio en el que asegura que todavía hay quien sigue dudando de la capacidad de las mujeres para liderar proyectos propios.

La agricultora extremeña admite que no ha tenido especiales problemas con las ayudas, pero sí con la percepción de parte del entorno. «No me veían capaz», recuerda, aludiendo a quienes pensaban que por ser joven, mujer y madre de un niño con necesidades especiales sería muy difícil sacar adelante una empresa en el campo. «Soy una madre presente, no una madre ausente», subraya, al tiempo que deja claro que no está dispuesta a renunciar a su vida profesional. «No quiero que mi hijo tenga el día de mañana la vida no vivida de su madre», afirma.

Búrdalos anima a otras mujeres a incorporarse al sector agrario y a no dejarse frenar por los prejuicios. «Que no se desanimen por ser un mundo de hombres, los mitos están cambiando y cada vez hay más mujeres», asegura. También insiste en la importancia de apoyarse en redes y asociaciones para avanzar en un camino que sigue siendo exigente. Su mensaje es claro: «No estamos solas».

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