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Años de pupitre

Los últimos de la EGB en Extremadura: de "la escuela de los cagones" al Progresa Adecuadamente

Maestros y antiguos alumnos recuerdan la enseñanza que marcó a varias generaciones durante casi tres décadas en una región de cartillas Rayas, cromos de Arconada, altares de la Virgen y niños que todavía seguían hasta octavo antes de coger el autobús de la ESO

Imagen del Colegio Licenciados Reunidos de Cáceres, en las aulas de Gómez Becerra en los años 90. Fue mixto desde 1983.

Imagen del Colegio Licenciados Reunidos de Cáceres, en las aulas de Gómez Becerra en los años 90. Fue mixto desde 1983. / Cedida por Licenciados Reunidos.

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Cáceres

Cuando la EGB echó a andar, Extremadura todavía estaba aprendiendo a mirarse como región. Cáceres derribaba la pérgola de Cánovas y perdía los jardines de la plaza Mayor a imperativos del desarrollo urbanístico, mientras miles de estudiantes salían a la calle pidiendo una universidad popia y la vida seguía midiéndose por el colegio, la misa y la hora de volver a casa. En las aulas los niños formaban en fila antes de entrar, guardaban en la cartera el rotring, los cromos de fútbol en los que Arconada o Butragueño eran las grandes insignias y las cartillas Rayas, creadas por don Ángel Rodríguez, un maestro de Serradilla, para enseñar a leer y escribir a generaciones enteras con el "mi mamá me mima".

Mamen Clemente entró en aquella escuela en 1986, cuando aprobó las oposiciones de magisterio. Primero pasó por Moraleja y Jaraíz de la Vera. A finales de los 80 llegó a un colegio en Robledillo en la que solo eran tres maestros para todos los niños del pueblo. Ella daba Infantil y lo que ahora es primero de Primaria. La jornada era partida, y cuando hacía bueno se llevaba a los alumnos al campo por las tardes. "Había una callejita que llevaba hasta un pinar lleno de setas, era una emoción enorme para ellos. Entonces no había tanto protocolo, eran otros tiempos", recuerda ahora.

Desde el otro lado del pupitre, Montaña Mariscal vivió esa misma enseñanza en Navalvillar de Pela, cerca de Don Benito. Antes de entrar en primero pasó por párvulos en Aldeacentenera, el pueblo de su padre, porque en Pela ni siquiera existía todavía una educación infantil como ahora. Allí se hablaba de la "escuela de los cagones", y los niños llevaban incluso su propia silla por falta de mobiliario.

Flores de mayo, catecismo y vainica

Luego, con seis años, pasó al colegio público. La maestra llenaba la pizarra y los alumnos copiaban los deberes porque no había fotocopias ni fichas preparadas. Las cuentas, los problemas, los ejercicios de Lengua o la lección que tocara al día siguiente se escribían a mano, y por las tardes, hasta la edad de hacer la comunión, también se preguntaba el catecismo. Había que aprenderlo, soltarlo delante de la profesora y seguir después con el resto de tareas. En mayo, en aquel centro de Pela, las niñas llevaban flores a la Virgen y cantaban cada tarde, con el altar colocado en clase.

La Educación General Básica fue, para varias generaciones, una manera de crecer entre los 70, los 80 y primeros de los 90. Mientras la región se convertía en autonomía, veía por primera vez ondear su bandera y recibía a don Juan Carlos y doña Sofía en su primera visita oficial como Reyes, en muchas aulas seguían mandando las tizas blancas, los mapas, los crucifijos y una autoridad que empezaba en clase y continuaba en casa.

Chavales juegan al fútbol durante el recreo en el antiguo colegio del Madruelo de Cáceres.

Chavales juegan al fútbol durante el recreo en el antiguo colegio del Madruelo de Cáceres. / Cedida

La infancia era también el retrato de un país que dejaba atrás la dictadura franquista y se adentraba de lleno en la Transición, aunque en los centros los cambios llegaran a otro ritmo. Antonio Barrigón, que continúa dando clase en el colegio Licenciados Reunidos de Cáceres a alumnos de tercero y cuarto de Primaria, empezó a trabajar en 1996, en los últimos coletazos de la EGB. "Cuando Adolfo Suárez llega al Gobierno, una de las primeras cosas que hace es democratizar el sistema educativo. Entonces, obviamente, fue el cambio de los cambios", recuerda.

Paso por la bañera y a ver el 'Un, dos, tres'

En aquellas aulas, donde todavía quedaban pupitres de madera, gomas Milán y resquicios de enciclopedias Álvarez o Espasa, la enseñanza se parecía en poco a la de ahora. "El grado de exigencia era infinitamente mayor. Si suspendías más de dos asignaturas repetías curso; ahora el alumno solo puede hacerlo dos veces en toda la etapa obligatoria, es decir, hasta el final de la Secundaria", señala Barrigón. Ambos docentes coinciden en que aquella generación contaba con una cultura general más asentada: "Aquellos libros gordos obligaban a estudiar y había unos valores muy arraigados, tanto en el centro educativo como en la familia. Al docente se le tenía mucho más respeto, hoy en día eso se ha ido perdiendo un poquito", añade el profesor.

No había Netflix ni móviles. Los niños pasaban por la bañera una vez a la semana, el viernes antes de sentarse a ver el 'Un, dos, tres' en aquella televisión de dos canales, o el domingo para ir a misa. Por las tardes, a la hora de merendar, estaban 'Un globo, dos globos, tres globos', 'Barrio Sésamo' y las series que fueron llegando a partir de mediados de los setenta. Después de clase, muchos seguían jugando en la calle y dentro del aula el tiempo se vivía de otra manera; había menos asignaturas y el tutor pasaba casi toda la jornada con el mismo grupo.

Hasta principios de los noventa, explica Mamen Clemente, "los niños no tenían Educación Física como ahora, tampoco idiomas hasta sexto". La maestra vivió los primeros cambios que anticipaban la llegada de la Secundaria en los años de Juan Carlos Rodríguez Ibarra como presidente de la Junta y del himno regional, que empezaba a poner letra a la tierra. Decía así: "Nuestras voces se alzan, nuestro cielo se llena de banderas verde, blanca y negra. Extremadura, patria de glorias. Extremadura, suelo de historia".

Aparecieron entonces nuevas especialidades. Esta cacereña había estudiado Matemáticas y Ciencias, pero en los últimos años de la EGB obtuvo la habilitación de Música gracias a sus estudios de conservatorio. "Recuerdo aquella educación como algo totalmente diferente, se trabajaba de una manera más globalizada".

Tostada con mantequilla y azúcar

Eran las meriendas de cuajada o pan con chocolate, los desayunos de tostada con mantequilla y azúcar, la foto de los Reyes en las aulas, los castigos "de cara a la pared" y una educación en la que muchas cosas se aprendían cantando: "España limita al norte con los Pirineos, al este con el Mediterráneo, al oeste con Portugal...". Tampoco había entonces tantas actividades ni visitas a los colegios, y el entorno familiar era distinto. "No había la protección que tienen ahora los niños. Los padres querían que sus hijos aprendieran y no había problema ninguno si tú un día los dejabas un rato porque no habían terminado algo", añade Clemente.

Don Luis de Dios con su clase de EGB. Años 70.

Don Luis de Dios con su clase de EGB. Años 70. / Cedida por Colegio Licenciados Reunidos (Cáceres).

También la separación entre niños y niñas pertenecía a ese mundo que ahora parece una fotografía en blanco y negro. En tercero de EGB, Montaña Mariscal aprendió costura, vainica y bordados. En el patio jugaban a la goma, a la comba, al piso con una piedra lisa que se guardaba como un tesoro o al bote.

En clase no se podía hablar ni cuchichear y las aulas se ordenaban como una pequeña jerarquía, con los que iban mejor delante, los que iban peor atrás y una tierra intermedia de alumnos que subían o bajaban según la falta de ortografía. Si una palabra se escribía mal, se copiaba veinte veces.

Los 90: adiós a la EGB

Con la llegada de los 90, Extremadura empezó también a despedirse de algunos símbolos de la época. Cerraban cines míticos como el Astoria de Cáceres o el Rialto de Don Benito, Badajoz estrenaba poco después su primer vuelo a Madrid y Cáceres vivía las noches agitadas de La Madrila, cuando la exigencia del cierre de los bares a las tres de la mañana acabó en disturbios y reunió a un millar de jóvenes entre copas y pancartas. Cambiaban el ocio, las ciudades y la forma de estar en la calle. Y, casi al mismo tiempo, llegó la LOGSE, que supondría el final de la EGB y reorganizaría por completo la enseñanza obligatoria, ampliándola hasta los 16 años.

Antonio Barrigón, profesor en el Colegio Licenciados, empezó en los últimos coletazos de la EGB.

Antonio Barrigón, profesor en el Colegio Licenciados, empezó en los últimos coletazos de la EGB. / CARLOS GIL

En la región aquella transición se vivió con dificultades porque no fue solo un cambio de siglas. Muchos alumnos de pueblos pequeños dejaron de cursar séptimo y octavo en sus colegios para empezar a desplazarse diariamente a institutos de otras localidades. "Fue un trauma para muchas familias", explica Barrigón. "Niños de doce años tenían que madrugar más, coger transporte público y mezclarse de repente con alumnos mucho mayores".

También se transformaron las propias escuelas. Algunos maestros tuvieron que marcharse a institutos, desaparecieron cursos enteros en colegios rurales y comenzaron a introducirse nuevas metodologías y formas de evaluar que muchos docentes todavía recuerdan con polémica. Mamen Clemente menciona especialmente la llegada del 'progresa adecuadamente' y el 'necesita mejorar', unas calificaciones que, en su opinión, desdibujaron durante años la cultura del esfuerzo. "Un sobresaliente tenía el mismo PA que uno que iba justo. Muchos padres no entendían aquello".

La repesca o pa septiembre

Poco a poco, el sistema de "la repesca" o el "pa septiembre" se fue dejando atrás para dar lugar a la opción de pasar de curso con varias asignaturas suspensas, algo que a Clemente le deja la sensación de que la opinión de los padres empezó a pesar más que la del maestro: "En primero y segundo de Primaria se aprenden todas las bases, que son fundamentales para dominar la lectura y la escritura".

Mamen Clemente, profesora de Música en Cáceres, empezó dando clase en EGB.

Mamen Clemente, profesora de Música en Cáceres, empezó dando clase en EGB. / R.M.

Pero incluso los profesores que miran hacia atrás con severidad saben que aquella escuela no puede contarse como si todo lo que vino después hubiera sido una pérdida. Barrigón lo dice casi como una advertencia contra la nostalgia. "No es que la EGB fuera lo mejor y esto no sea bueno. Hay que saber adaptarse a todos los tiempos". La enseñanza actual, reconoce, ha ganado herramientas que entonces no existían, como pizarras digitales, planes tecnológicos, recursos audiovisuales, trabajos en grupo y una manera distinta de aprender, porque antes el conocimiento estaba casi siempre en el maestro y ahora, como resume él, "quien más sabe es el amigo Google".

En los pueblos agrícolas, además, estudiar hasta el final no era siempre lo normal. En Navalvillar de Pela, donde la aceituna y el campo marcaban buena parte de la vida familiar, algunos alumnos dejaban las clases en sexto con un certificado de escolaridad y se iban a trabajar con sus padres. Pero al mismo tiempo había en muchas casas una idea casi obstinada de que los hijos tenían que llegar más lejos que sus padres, y las becas permitieron que muchos chicos y chicas de aquella generación estudiaran carreras, salieran del pueblo o encontraran otro camino.

Y estos son los últimos de la EGB. Una generación que vio terminar aquel sistema cuando Extremadura ya tenía universidad, autonomía, bandera e himno, mientras atrás quedaban las cartillas, el catecismo y aquellas aulas menos llenas en las que los niños también aprendían a esperar o a obedecer. Este 2026 se cumplen 29 años de una enseñanza de la que la mayoría se siente orgullosa y que hoy, cuando se recuerda, sigue sonando a una región que ya no existe, pero que todavía explica muchas de las cosas que somos.

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