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Experiencias en la naturaleza

El regreso del lince ibérico impulsa un nuevo turismo en Extremadura: avistamientos en libertad

El Valle del Matachel se consolida como uno de los mejores lugares de España para observar al felino ibérico en su entorno natural. Atrae fotógrafos y naturalistas de toda Europa y genera una inesperada oportunidad económica para los pueblos de la zona

Lince ibérico avistado en el Valle del Matachel

Lince ibérico avistado en el Valle del Matachel / Agustín Dávila

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David Martín

David Martín

Badajoz

En los últimos inviernos, cuando tradicionalmente el turismo desaparecía en muchas zonas rurales del sur de Extremadura, algo comenzó a cambiar. Casas rurales que solían estar vacías entre enero y febrero empezaron a llenarse de visitantes llegados de distintos puntos de España e incluso del extranjero. No venían por monterías ni por escapadas rurales al uso. Venían a buscar un animal esquivo, símbolo de la conservación en la península: el lince ibérico.

Esa fue la señal que alertó a Olga Manzano, propietaria de la casa Tita Sacramento en Hornachos y presidenta de la asociación empresarial turística del sur de Extremadura. «De repente empecé a tener movimiento en meses que eran temporada muerta. Y muchos visitantes eran extranjeros o fotógrafos de naturaleza», recuerda. Al preguntar el motivo del viaje, la respuesta se repetía: el lince.

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Un proyecto europeo que cambió el territorio

La presencia del felino en la zona no es casual. En 2014, dentro de programas de recuperación de la especie impulsados por la Unión Europea y administraciones públicas, varios ejemplares fueron introducidos en distintas áreas de la península para favorecer su expansión. Uno de esos lugares fue el Valle del Matachel, en la provincia de Badajoz.

Con el paso de los años, la adaptación ha sido notable. Según datos manejados en el territorio y técnicos medioambientales, la población de linces ha crecido de forma significativa en Extremadura, con una concentración especialmente alta en este valle, donde se encuentra una de las mayores densidades de la región. La abundancia de conejo —principal presa del lince— y un entorno natural poco masificado han favorecido su asentamiento.

Lo que nadie esperaba es que esa recuperación ecológica acabara generando también un nuevo modelo de turismo.

Casa rural Tita Sacramento

Casa rural Tita Sacramento / Olga Manzano

Turistas que llegan sin campañas de promoción

En el Valle del Matachel ocurre algo singular: el turismo de observación del lince ha crecido prácticamente sin campañas institucionales ni grandes promociones. La información circula sobre todo entre fotógrafos de fauna, naturalistas y viajeros especializados.

«Los fotógrafos ya están viniendo. No hemos tenido que ir a buscarlos», explica Olga Manzano. Muchos de ellos permanecen varios días en la zona, recorren caminos rurales, esperan durante horas en miradores naturales y regresan a alojamientos rurales de pueblos cercanos como Hornachos, Puebla del Prior o Llera.

No es el visitante habitual de fin de semana. Es un perfil distinto: viajeros que pasan largas jornadas en el campo, buscan tranquilidad, gastan en comercios locales y prolongan su estancia. «Son personas que vienen cuatro o cinco días, que consumen en los pueblos y que generan movimiento en meses en los que antes no había actividad», señala.

Un avistamiento que puede ocurrir casi por sorpresa

A diferencia de otros destinos consolidados para observar lince en España, como Sierra de Andújar, en el Matachel la experiencia suele ser más tranquila y menos masificada.

El visitante llega atraído por la naturaleza en general —aves rapaces, paisaje, rutas— y, en ocasiones, el encuentro con el lince aparece de forma inesperada. «Estás observando águilas, viendo conejos o disfrutando del paisaje y, de repente, aparece», describe Manzano. Esa posibilidad real de avistamiento es precisamente uno de los grandes atractivos del territorio.

La propia empresaria recuerda la primera vez que se encontró con uno durante un paseo: «Me avisaron de que había un gato grande y cuando lo vi fue algo impresionante. Nunca había visto un animal así en libertad».

Un destino emergente que aún se está organizando

Ante este crecimiento espontáneo, empresarios locales y asociaciones turísticas han comenzado a reunirse con administraciones públicas para planificar el futuro del territorio. El objetivo es doble: proteger al animal y ordenar el turismo.

La idea pasa por crear rutas señalizadas, miradores, puntos de observación y recomendaciones claras para el visitante, siempre priorizando la conservación del lince y evitando molestias a la especie. También se plantea coordinar a empresas de guías, alojamientos y actividades para ofrecer experiencias vinculadas a la naturaleza del valle.

«Esto es un regalo que nos hemos encontrado», resume Manzano. «Pero hay que hacerlo bien, con reglas claras y cuidando al animal».

Lince ibérico avistado en el agua

Lince ibérico avistado en el agua / Agustín Dávila

Naturaleza, economía rural y futuro

El impacto ya empieza a notarse en la economía local. Pequeños negocios, alojamientos y servicios turísticos ven cómo la llegada de visitantes en meses tradicionalmente flojos ayuda a mantener actividad y empleo.

En un territorio que comparte el reto de la despoblación con muchas zonas rurales de España, el lince se ha convertido en algo más que un símbolo de conservación: también en una oportunidad.

Extremadura, conocida por su riqueza natural y por un modelo turístico poco masificado, encuentra en este fenómeno una nueva vía de desarrollo basada en la biodiversidad. Y en el Valle del Matachel, donde hace una década el lince apenas era un recuerdo en los libros de fauna, hoy es ya el protagonista de un turismo que sigue creciendo en silencio, cámara en mano y con la paciencia que exige observar a uno de los animales más emblemáticos de la península.

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