72 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. La crítica
'Electra Jonda': la tragedia griega en el espejo del cante jondo
El montaje fusiona teatro, música, flamenco y danza para dar una nueva vida al mito clásico, trasladando la acción a un cortijo andaluz

El espectáculo 'Electra Jonda', de Juan Guerrero Zamora, en adaptación de su hija, la actriz Alejandra Torray, y dirigido por Manuel Canseco, es el segundo espectáculo de la 72 edición del Festival. Coproducido por los Teatros del Canal de la Comunidad de Madrid y el propio Festival, supone la recuperación de un texto prácticamente desconocido.
Su interés no reside únicamente en rescatar la obra de uno de los grandes hombres de teatro españoles del siglo XX, sino en demostrar que la tragedia clásica sigue siendo capaz de renacer sin perder su esencia. Quizá su prolongado silencio se explique, al menos en parte, por la censura que durante décadas condenó al olvido tantas voces de nuestra dramaturgia.
Guerrero Zamora no adapta servilmente ninguna de las tres grandes Electras. Dialoga con Esquilo, Sófocles y Eurípides para levantar una tragedia propia. Del primero hereda el peso de la maldición familiar; del segundo, la firmeza moral de Electra; del tercero, unos personajes más humanos, atravesados por la culpa y la contradicción. El resultado no es una suma de influencias, sino una relectura profundamente española del mito.
Su mayor hallazgo consiste en trasladar la acción a una Andalucía rural donde el flamenco, el cante jondo, el mundo del toro bravo y personajes como el Ciego o Casandra sustituyen con naturalidad los códigos de la tragedia antigua. El cortijo andaluz no es un mero decorado: es la prueba de que el honor, la sangre, la memoria y el destino siguen latiendo bajo otros paisajes. El mito deja así de ser arqueología para convertirse en experiencia viva.
También el adjetivo jonda cobra aquí todo su significado. No designa únicamente un género musical, sino una forma de comprender el sufrimiento. El cante jondo y la tragedia griega nacen de la misma necesidad de transformar el dolor en belleza. Por eso, el cante, la guitarra y la danza no adornan la acción: la sostienen. Son la traducción contemporánea del antiguo coro.
Eje moral del drama
En esa misma línea, la construcción de los personajes responde a una voluntad de síntesis. Electra continúa siendo el eje moral del drama, pero a su alrededor cobran una extraordinaria fuerza simbólica Casandra, el Ciego, el Aya y el propio coro. Casandra deja de ser solo la profetisa para convertirse en la voz cantada del destino; el Ciego encarna la conciencia interior; y el coro abandona su condición de simple comentarista para participar activamente en el conflicto mediante la música y el movimiento. Todo ello confiere a la obra una dimensión de intensa poesía escénica.
La puesta en escena de Manuel Canseco confirma plenamente esta lectura. Su dilatada experiencia en el Teatro Romano de Mérida —donde ha dirigido diez espectáculos desde 1977 y fue director del Festival entre 1990 y 1992— le permite afrontar el texto desde el respeto y la madurez, sin sucumbir a la tentación, tan extendida en nuestros días, de modernizar los clásicos a cualquier precio. Comprende que “Electra Jonda” posee una voz propia y sabe amplificarla sin imponerle la suya.
Su mayor acierto consiste en concebir el montaje como una perfecta síntesis de teatro, música, flamenco y danza. La Compañía Ibérica de Danza, la guitarra de José Luis Montón y el cante no ilustran la acción: la encarnan. El Teatro Romano se transforma en un cortijo andaluz poblado de ecos lorquianos, donde el paisaje, la luz, el movimiento y la música forman un único lenguaje escénico.
En conjunto, 'Electra Jonda' demuestra que la estirpe de los Atridas también puede hablar con acento andaluz sin traicionar a los clásicos. Porque la tragedia, como el buen flamenco, no entiende de fronteras ni de calendarios. Cambian los siglos, cambian los escenarios; la culpa, la memoria y el dolor siguen afinando la misma guitarra.
En el apartado interpretativo sucede algo poco frecuente: el verdadero protagonista no es un actor ni un personaje, sino el espectáculo en su conjunto, entendido como una sola respiración donde palabra, guitarra, cante, danza y silencio laten al mismo compás. Ese es, probablemente, el mayor logro de la propuesta. Todo el reparto —Carolina Lapausa (Electra), Alejandra Torray (Clitemnestra), Daniel Migueláñez (Orestes), Juan Gea (El Ciego), Paula Colorado (Crisótemis), Natalia Jara (Aya), César Lucendo (Egisto) y Ainhoa Molina (el Niño)— trabaja con notable cohesión, siempre al servicio de la obra.
Destaca Alejandra Torray, que compone una Clitemnestra de poderosa presencia escénica. Su naturalidad, el dominio de la palabra y una interpretación llena de matices construyen un personaje desgarrado, fuerte y profundamente humano. Lejos de la imagen convencional de la reina cruel, ofrece una mujer herida, consciente de sus actos y capaz de despertar comprensión sin reclamar indulgencia. Es, sin duda, la creación más compleja y rica de la función.
Magnífico también Juan Gea, el Ciego. Con la serenidad que concede el oficio y una admirable economía de recursos, dota al personaje de una densidad simbólica extraordinaria. Su palabra parece arrojar luz precisamente desde la oscuridad, recordándonos que la verdadera visión rara vez pertenece a los ojos.
Pero el triunfo del montaje pertenece al coro, al cante y a la guitarra. Manuel Segovia firma una coreografía que no acompaña la tragedia: la piensa y la respira. Los doce bailarines de la Compañía Ibérica de Danza recuperan la esencia del coro griego desde el lenguaje del flamenco; no ilustran la acción, sino que la sienten, la padecen y la impulsan.
La voz de Teresa Hernández convierte a Casandra en la memoria cantada del destino. Cuando la palabra ya no basta, comienza el cante; y cuando el cante se eleva, el dolor adquiere una hondura que solo el flamenco sabe nombrar.
Sobre ese tejido sonoro emerge la extraordinaria guitarra de José Luis Montón, un hallazgo musical. No acompaña la tragedia: la cuenta. A veces la precede, otras la comenta y, en los instantes más inspirados, parece adivinarla. Su guitarra desempeña el papel del antiguo aulos griego, traducido al lenguaje del flamenco. Hay momentos en los que una sola nota contiene más verdad dramática que un largo parlamento.
El público respondió con entusiasmo a una propuesta exigente, rica en símbolos y alejada de cualquier concesión a la facilidad. Tal vez no todos descifraran cada una de sus claves, pero sí percibieron su innegable fuerza poética. La ovación final se prolongó durante cerca de cinco minutos, según el siempre fiable —aunque todavía no homologado por la crítica internacional— aplausómetro de mi colaborador y reportero Eloy López. A veces, el mejor crítico no escribe reseñas: simplemente cuenta palmas.
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