Fuego en la comarca cacereña
Incendio en Las Hurdes, sin más salida que dejar el pueblo: "Caballero, Guardia Civil, tiene que abandonar la vivienda"
La Benemérita ayuda en el desalojo de la comarca cacereña ante la amenaza del fuego, que en el Cottolengo recuerda a la crisis de la pandemia

E. P. E.
"Caballero, Guardia Civil, tiene que abandonar la vivienda". Un agente de la Benemérita, con mascarilla recorre una de las alquerías de Las Hurdes. Desde abajo, avisa a un vecino. Arriba, tras la ventana, se escucha la voz de un hombre: "Ya, ya... Nos lo ha dicho el compañero". El guardia responde: "Vale", y pregunta: "¿Se está vistiendo?". La misma voz responde: "Sí, ya, ya bajamos". Amablemente recibe un "Vale, muchas gracias caballero".
Son testimonios recogidos en un video del cuerpo de seguridad que muestra el trabajo impecable que realiza en momentos de crisis como la que está atravesando la comarca cacereña de Las Hurdes. De una de las alquerías, al Cottolengo, en La Fragosa, en el municipio cacereño de Nuñomoral, que no vivía una situación tan delicada desde el coronavirus. Lo explicaba entonces la madre Josefa, que era superiora de la congregación Servidoras de Jesús.
Con impresionantes vistas al pueblo, en mitad de un enclave paisajístico único, el Cottolengo abrió en Extremadura hace 68 años. Forma parte de un proyecto que impulsó el sacerdote jesuita Jacinto Alegre, quien se inspiró en la labor desarrollada por el italiano José Benito Cottolengo en Turín. El padre Alegre, que no llegó a ver su obra en España porque falleció en 1930, era un catalán que acudía a los hospitales y fue testigo de cómo los enfermos crónicos, con dolencias incurables, no tenían donde ir cuando se marchaban de los centros sanitarios por la falta de camas. Entonces, por mediación del Papa, conoció la obra turinesa. Acoge a niños y adultos, discapacitados y gente abandonada. Desde 1952 han amparado en Las Hurdes a centenares de personas con patologías mentales o físicas.

Imagen de Cottolengo. / El Periódico
Actualmente, la institución religiosa atiende a numerosos ancianos. Todos han tenido que ser desalojados. El papel de la Guardia Civil ha sido crucial. El primer Cottolengo español se inaguró en Barcelona en el año 1932 a través de una familia de seglares, amigos del padre Alegre, que en el lecho de muerte les pidió que mantuvieran su ideario. Lo que empezó siendo una pequeña morada a la que acudían a comer los muchachos al salir de la escuela, porque entonces en España se pasaba mucha hambre, se convirtió en algo tan grande que finalmente los jesuitas vieron que lo idóneo era que las monjas se ocuparan de la obra. Llegó la guerra, y a su finalización, la congregación, que entonces era una pía unión, se ocupa desde ese instante de este proyecto, que cuenta con seis Cottolengos repartidos por la geografía nacional, uno en Lisboa y dos en Colombia.
¿Por qué llegaron a Las Hurdes? «Aún no habíamos ido a misiones y las hermanas deseaban instalarse en un sitio donde hubiera gente pobre. En los años 50 esto estaba muy aislado e incomunicado debido a las montañas. No había carreteras. Todo eso limitaba a la población a la hora de mantener relación con otras personas y tampoco podían desarrollarse y crecer», apuntaba Sor Josefa. «Llegaron a Nuñomoral, quisieron conocer esta tierra y con un burro subieron y dijeron: ‘Aquí es donde queremos fundar’. Hoy en día las cosas han cambiado un montón, pero cuando se hizo la casa, el único teléfono estaba aquí, la primera televisión en blanco y negro también estuvo en el Cottolengo y venían todos los niñitos a verla, la furgoneta y el primer coche que aparecieron fue aquí», destacaba entonces la hermana.
El barranco
Un barranco separa el Cottolengo de los arroyos y saltos de agua, que en la comarca llaman chorros. Delante de este escenario, la hermana narraba que como había demasiada mortalidad infantil se hizo una maternidad en las instalaciones de este centro que ostenta la Medalla de Extremadura. «En aquellos tiempos solo tenían Seguridad Social los que trabajaban. Bastantes mujeres, si había alguna complicación, no tenían dinero para poder dar a luz en Caminomorisco o Plasencia. Traían a los hijos en sus casas y había muchas defunciones. Se cerró cuando todos los españoles tenían derecho a Seguridad Social.
Aquí han nacido miles y miles de niños con la ayuda del médico, don Ignacio, y de dos hermanas que eran enfermeras y se habían especializado en comadronas. Cuando había alguna cosa grave, nuestra furgoneta las llevaba corriendo a Plasencia», decía con gentileza y con el sentido del humor que caracterizaba a esta soriana. Ahora, este rincón único en Extremadura se ve amenazado por las llamas.
Los guardias siguen avanzando por las alquerías. "Guardia Civil. Hola, hay alguien, hola, Guardia Civil". Puerta por puerta. Llamando a todas ellas para comprobar si hay gente. En una de ellas se detiene el guardia. "Señora". Y ella responde: "Dígame". Y el guardia lo tiene claro. "Hay que desalojar el pueblo". Y ella, consternada, inquieta, superada, responde: "¿Nos tenemos que ir?". Y los guardias contestan. "La salida del pueblo es por ahí". No hay otra salida más que la de marchar.
Fuente: El Periódico de Extremadura
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